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—Lo siento, pero me es imposible ir a esa hora —dijo Anna con una sonrisa apenas perceptible.

—La princesa lo lamentará mucho.

—Yo también.

—Supongo que irá usted a oír a la Patti —dijo Tushkévich.

—¿A la Patti? Me ha dado usted una idea. Si pudiera conseguir un palco, iría.

—Yo puedo conseguírselo —afirmó Tushkévich.

—Se lo agradecería muchísimo —replicó Anna—. ¿No quiere usted quedarse a comer?

Vronski se encogió ligeramente de hombros. No entendía nada de lo que hacía Anna. ¿Por qué había traído a la anciana princesa? ¿Por qué invitaba a Tushkévich a comer? Y, lo más sorprendente de todo, ¿por qué le había pedido que le consiguiera un palco? ¿Acaso era posible en su situación presentarse en la ópera para oír a la Patti en día de abono? Se encontraría allí a todos sus conocidos. A la mirada severa que le dirigió, Anna respondió con otra provocativa, entre divertida y desesperada, cuyo significado no fue capaz de entender. Durante la comida ella se mostró exageradamente alegre. Era como si estuviera coqueteando con Tushkévich y Yashvín. Cuando se levantaron de la mesa y Tushkévich fue a buscarle la entrada para el palco, Yashvín y Vronski bajaron a las habitaciones de éste a fumar. Al cabo de un rato, Vronski volvió a subir. Anna ya se había preparado para salir. Llevaba un traje de seda de color claro, con adornos de terciopelo y escote muy pronunciado, que había encargado en París. Una mantilla blanca de rico encaje enmarcaba su rostro, realzando su deslumbrante belleza.

—¿De verdad se propone usted ir al teatro? —preguntó Vronski, tratando de no mirarla.

—¿Y por qué me lo pregunta con esa expresión atemorizada? —respondió Anna, ofendida de nuevo de que no la mirara—. No veo por qué no había de ir.

Era como si no hubiera entendido lo que él quería decirle.

—Claro, no hay ninguna razón para que no vaya —replicó Vronski, frunciendo el ceño.

—Eso es lo que digo yo —dijo Anna, fingiendo no reparar en el tono irónico de Vronski, mientras enrollaba con toda tranquilidad uno de sus largos guantes perfumados.

—¡Anna, por el amor de Dios! ¿Qué le pasa? —dijo Vronski, tratando de hacerla entrar en razón, recurriendo a las mismas palabras que solía emplear su marido en tales situaciones.

—No entiendo lo que pretende usted de mí.

—Sabe usted perfectamente que no puede ir.

—¿Por qué? No voy sola. La princesa Varvara me acompañará. Ha ido a vestirse.

Vronski se encogió de hombros, con una expresión en la que se entremezclaban la incredulidad y la desesperación.

—Pero es que no se da cuenta... —empezó a decir.

—¡No quiero saber nada! —le interrumpió Anna, casi gritando—. No quiero. ¿Acaso me arrepiento de lo que he hecho? No, no, y no. Si me encontrara en la misma situación, volvería a hacer lo mismo. Para nosotros, para usted y para mí, sólo cuenta una cosa: que nos amemos. Lo demás no tiene importancia. ¿Por qué vivimos aquí separados, sin vernos? ¿Por qué no puedo ir adonde me plazca? Te quiero, y lo demás me da lo mismo, siempre que no hayas cambiado —añadió en ruso, con un brillo peculiar en los ojos que Vronski no acertaba a comprender—. ¿Por qué no me miras?

Vronski levantó los ojos. Vio toda la belleza de su rostro y de su atavío, que tanto la favorecía. Pero en ese momento esa hermosura y esa elegancia era precisamente lo que le irritaba.

—Ya sabe usted que mis sentimientos no pueden cambiar, pero le ruego, le imploro que no vaya —replicó él en francés, con voz tierna y suplicante, pero con frialdad en la mirada.

Anna no reparó en sus palabras, sólo en sus ojos, y le respondió con enfado:

—Y yo le suplico que me diga por qué no debo ir.

—Porque puede causarle... —empezó, pero no terminó la frase.

—No entiendo nada. Yashvín n'est pas comprometant, 95y la princesa Varvara no es peor que otras. Aquí está.

 

XXXIII

Esta obstinada negativa en comprender la situación en la que se encontraba hizo que Vronski sintiera por Anna, por primera vez desde que se conocían, un enojo rayano casi en la ira. Lo que más le contrariaba era que no podía expresar la causa de su enfado. Si hubiera dicho claramente lo que pensaba, se habría expresado así: «Presentarse en el teatro con ese vestido, en compañía de una princesa cuya vida todo el mundo conoce, no sólo significa reconocer tu posición de mujer perdida, sino lanzar un desafío a la sociedad, es decir, renunciar a ella para siempre».

No podía decirle eso. «Pero ¿cómo es posible que no lo entienda? ¿Qué es lo que le pasa?», se decía. Se daba cuenta de que, al tiempo que disminuía su respeto por ella, aumentaba la conciencia de su belleza.

Volvió a su habitación con el ceño fruncido, se sentó al lado de Yashvín, que había extendido las largas piernas en una silla y bebía coñac con agua de seltz, y pidió que le trajeran lo mismo.

—Me estabas hablando de Poderoso, el caballo de Landovski. Es un animal excelente. Te aconsejo que lo compres —dijo, echando un vistazo al rostro sombrío de su amigo—. Tiene la grupa un poco baja, pero las patas y la cabeza no pueden ser mejores.

—Creo que lo compraré —repuso Vronski.

La conversación sobre caballos le interesó, pero no dejó de pensar en Anna ni un instante: sin querer, prestaba atención al rumor de pasos en el pasillo y miraba el reloj que había encima de la chimenea.

—Anna Arkádevna me manda decirle que se ha ido al teatro, señor.

Yashvín vertió una copa más de coñac en el agua burbujeante, y, después de apurarla, se puso en pie y se abrochó el uniforme.

—Bueno, ¿nos vamos? —preguntó con una discreta sonrisa, que apenas se perfiló por debajo del bigote, con la que quería darle a entender que comprendía la causa de su enfado, pero que no le concedía la menor importancia.

—Yo no voy —respondió Vronski con aire sombrío.

—Pues yo tengo que ir, porque lo he prometido. Adiós, entonces. También puedes ir al patio de butacas. Ocupa el lugar de Krasinski —añadió Yashvín desde la puerta.

—No, tengo cosas que hacer.

«Si ya tiene uno quebraderos de cabeza con una esposa, con una amante ni te cuento», iba pensando Yashvín, cuando salió del hotel.

Una vez solo, Vronski se levantó y se puso a recorrer la habitación de un extremo al otro.

«¿Qué toca hoy? La cuarta función de abono... Yegor acudirá con su mujer y probablemente también mi madre. En resumidas cuentas, estará todo San Petersburgo. Ya habrá entrado, se habrá quitado el abrigo, habrá hecho su aparición en la sala. Tushkévich, Yashvín, Varvara... —se imaginó—. ¿Y yo? Dirán que tengo miedo o que he encargado a Tushkévich que la proteja. Se mire por donde se mire, es una estupidez... ¿Por qué me pone en esa situación?», se preguntó, haciendo un gesto tan brusco con la mano que golpeó la mesita con el agua de seltz y la garrafita de coñac y estuvo a punto de derribarla. Trató de sujetarla, antes de que se viniera abajo, pero no lo consiguió. Enfadado, le pegó un puntapié y llamó al criado.

—Si quieres seguir a mi servicio —le dijo—, cumple con tu obligación. Que no vuelva a repetirse. Tendrías que haber retirado todo esto.

El ayuda de cámara, que no se consideraba culpable, quiso justificarse, pero, al ver la cara de su señor, comprendió que era mejor callar, y, después de unas disculpas apresuradas, se arrodilló sobe la alfombra y se puso a separar las copas y las botellas intactas de las rotas.

—No te corresponde a ti hacer eso. Dile al criado que venga a recogerlo y prepárame el frac.

Vronski entró en el teatro a las ocho y media. El espectáculo estaba en su apogeo. El viejo acomodador le ayudó a quitarse la pelliza y, al reconocerlo, lo llamo «su excelencia» y le dijo que no era necesario que cogiera número, bastaba con que a la salida llamara a Fiódor. Además del acomodador y de dos criados con sendas pellizas al brazo, que escuchaban al lado de la puerta, en el pasillo inundado de luz no había nadie. Al otro lado de la puerta entornada se oían los acordes de la orquesta, que acompañaba con un discreto staccatouna voz femenina que pronunciaba una frase musical con exquisita precisión. En ese momento la puerta se abrió del todo, dando paso a un acomodador, y la frase musical, ya en su final, hirió el oído de Vronski. No obstante, la puerta se cerró en seguida, y Vronski no pudo oír el final de la frase ni de la cadencia, pero por los atronadores aplausos que le llegaban del otro lado comprendió que había terminado. Cuando entró en la sala, brillantemente iluminada por arañas y lámparas de gas de bronce, el estruendo aún continuaba. En el escenario la cantante, deslumbrante con su ristra de diamantes y sus hombros desnudos, saludaba, sonreía y, con la ayuda del tenor, que la sujetaba de la mano, cogía las flores que le arrojaban con bastante torpeza por encima de las candilejas; luego se acercó a un señor peinado con raya al medio, los cabellos brillantes de pomada, que extendió los largos brazos y le ofreció algo. El público, tanto en el patio de butacas como en los palcos, se agitaba, se inclinaba hacia delante, gritaba y aplaudía. El director de orquesta, desde su podio, hacía cuanto podía para que el regalo llegara a su destinataria, al tiempo que se arreglaba la corbata blanca. Vronski llegó al centro del patio de butacas, se detuvo y echó un vistazo a su alrededor. Prestaba menos atención que de costumbre al ambiente, tan conocido y habitual, al escenario, al bullicio, a la muchedumbre abigarrada, anodina y familiar que abarrotaba el teatro.