En los palcos estaban las mismas señoras de siempre, con los mismos oficiales detrás; las mismas mujeres con vestidos multicolores (sólo Dios sabía quiénes eran), los mismos uniformes, las mismas levitas, la misma muchedumbre sucia en el gallinero; entre toda esa gente que copaba los palcos y las primeras filas sólo había cuarenta hombres y mujeres de verdad. Vronski fijó inmediatamente su atención en esos oasis y se puso a saludar a unos y a otros.
Como el acto había concluido, antes de entrar en el palco de su hermano, se dirigió a la primera fila de butacas. Serpujovski, que estaba apoyado en las candilejas, la rodilla doblada, dando golpecitos en la pared con el tacón, lo había visto de lejos y lo había llamado con una sonrisa.
Vronski aún no había visto a Anna, entre otras cosas porque no hacía nada por encontrarla. Pero, por la dirección de las miradas, sabía dónde estaba. Se volvía con aire distraído a uno y otro lado, pero sin preocuparse de ella. Buscaba con los ojos a Alekséi Aleksándrovich. Pero, para su fortuna, Karenin no había acudido ese día a la representación.
—¡Qué poco te ha quedado de tu pasado militar! —le dijo Serpujovski—. Pareces un diplomático, un artista o algo por el estilo.
—Sí, nada más volver a Rusia, me he puesto el frac —respondió Vronski, sonriendo y sacando lentamente los gemelos.
—Reconozco que en ese sentido te envidio. Cuando vuelvo del extranjero y me pongo esto —dijo Serpujovski, tocándose las charreteras—, me da pena de mi libertad perdida.
Hacía ya tiempo que Serpujovski había dejado de preocuparse de la carrera militar de Vronski, pero seguía apreciándole lo mismo que antes, y en esa ocasión se mostró especialmente amable con él.
—Qué lástima que te hayas perdido el primer acto.
Vronski, sin prestar demasiada atención a lo que decía, recorría con los gemelos el patio de butacas y los palcos. De pronto vio la cabeza de Anna, orgullosa, sorprendentemente bella y risueña, rodeada de encajes. A su lado había una señora con un turbante y un anciano calvo que pestañeaba enfadado. Anna estaba en la quinta platea, a unos veinte pasos de él. Sentada en la parte delantera y vuelta ligeramente, le decía algo a Yashvín. La postura de la cabeza, los hombros anchos y hermosos, la vivacidad contenida de sus brillantes ojos y todo su rostro le recordaron cómo era cuando la vio en el baile de Moscú. Pero los sentimientos que le inspiraba ahora su belleza eran completamente distintos. Se había desvanecido ese aire de misterio que la rodeaba, y su belleza, aunque le atraía aún más que antes, también le ofendía. Aunque Anna no miraba hacia donde él estaba, él sabía que ya lo había visto.
Cuando volvió a dirigir los gemelos hacia allí, advirtió que la princesa Varvara, muy colorada, se reía de un modo muy poco natural, sin dejar de mirar el palco de al lado. Anna, golpeando con el abanico cerrado el terciopelo rojo de la barandilla, miraba a lo lejos, tratando de no ver lo que ocurría en el otro palco. Yashvín tenía esa expresión que solía adoptar cuando perdía en el juego. Con el ceño fruncido, se metía cada vez más la guía izquierda del bigote en la boca, al tiempo que miraba de reojo el palco vecino, ocupado por los Kartásov. Los conocía y sabía que Anna los conocía también. Kartásova, una mujer pequeña y delgada, estaba de pie, de espaldas a Anna, y se ponía la capa que le tendía su marido. Pálida, con cara de enfado, decía algo muy agitada. Kartásov, un hombre grueso y calvo, hacía cuanto podía por calmar a su mujer, y se volvía cada dos por tres hacia Anna. La esposa de Kartásov abandonó el palco, pero él se demoró un buen rato, buscando la mirada de Anna, pues por lo visto deseaba saludarla. Pero ella hacía como si no se diera cuenta y, vuelta en la silla, hablaba con Yashvín, que inclinaba su cabeza rapada. Kartásov salió sin saludar y el palco quedó vacío.
Aunque Vronski no había presenciado lo que había sucedido entre Anna y los Kartásov, se dio cuenta de que había sido algo humillante para ella. Así lo indicaba no sólo lo que había visto, sino sobre todo la expresión de Anna, que había hecho acopio de sus últimas fuerzas, como bien sabía él, para desempeñar su papel hasta el final. Había conseguido aparentar serenidad. Quienes no la conocieran ni tuvieran relación con su círculo de amistades, quienes no hubieran oído las expresiones de las mujeres, apenadas, sorprendidas e indignadas de que Anna hubiera tenido la osadía de presentarse en sociedad con esa llamativa mantilla de encaje y en todo el esplendor de su belleza, habrían admirado la calma y la hermosura de esa mujer, sin sospechar que la embargaba la misma vergüenza que a un malhechor expuesto en la picota.
Consciente de que se había producido un incidente, pero sin saber exactamente lo que había pasado, Vronski era presa de una cruel agitación. Impaciente por enterarse de los detalles, se dirigió al palco de su hermano, eligiendo a propósito la salida más alejada del palco de Anna. En su camino, se topó con el coronel de su antiguo regimiento, que estaba hablando con dos conocidos. Vronski oyó pronunciar el nombre de Karénina y advirtió el apresuramiento con que el coronel lo llamaba en voz alta, al tiempo que cambiaba con sus interlocutores una mirada significativa.
—¡Ah, Vronski! ¿Cuándo vas a pasarte por el regimiento? No podemos dejarte marchar sin celebrar un banquete. Eres uno de los nuestros —dijo.
—Lo siento mucho, pero esta vez no tengo tiempo. Habrá que dejarlo para otra ocasión —replicó Vronski, subiendo a toda prisa las escaleras que conducían al palco de su hermano, donde se encontraba la vieja condesa, su madre, con sus ricitos color acero. En el pasillo se topó con Varia y con la princesa Sorókina.
Después de dejar a la princesa Sorókina con su suegra, Varia le tendió la mano a su cuñado y, sin perder un instante, se puso a contarle lo que a éste le interesaba. Rara vez la había visto Vronski tan agitada.
—Me parece que ha sido vil y repugnante. La señora Kartásova no tenía ningún derecho a portarse así. La señora Karénina... —empezó diciendo.
—Pero ¿qué ha pasado? No sé nada.
—¿Cómo? ¿No lo has oído?
—Como ves, siempre soy el último en enterarme.
—¿Puede haber alguien más malvado que esa señora Kartásova?
—Pero ¿qué es lo que ha hecho?
—Me lo ha contado mi marido... Ha ofendido a la señora Karénina. Kartásov se puso a hablar con ella desde su palco, y su mujer le montó una escena. Dicen que pronunció en voz alta un comentario ofensivo y a continuación salió.
—Conde, su madre le llama —dijo la princesa Sorókina, asomándose a la puerta del palco.
—Te estaba esperando —le dijo su madre, con una sonrisa burlona—. ¡No se te ve el pelo!
Vronski vio que su madre no podía reprimir una sonrisa de alegría.