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—Buenas noches, mamá. He venido a verla —dijo con frialdad.

—¿Por qué no vas a faire la cour à madame Karénine? 96—añadió, cuando la princesa Sorókina se alejó—. Elle fait sensation. On oublie la Patti pour elle. 97

—Mamá, le he pedido que no me hable de eso —repuso Vronski, frunciendo el ceño.

—No hago más que repetir lo que dice todo el mundo.

Vronski no contestó. Se limitó a cambiar unas palabras con la princesa Sorókina y a continuación salió. En la puerta se encontró con su hermano.

—¡Ah, Alekséi! —exclamó éste—, ¡Qué vileza! Es una estúpida, nada más... Me disponía a ir a ver a la señora Karénina. Vamos juntos.

Vronski no le escuchaba. Bajó la escalera con pasos rápidos. Era consciente de que tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Aunque estaba furioso con Anna por haberlos puesto a los dos en una posición falsa, le daba pena que sufriera. Una vez en el patio de butacas, se dirigió al palco de Anna. Strémov, de pie al lado del palco, estaba hablando con ella.

—Ya no quedan buenos tenores. Le moule en est brisé. 98

Vronski saludó a Anna y se detuvo para saludar a Strémov.

—Por lo visto ha llegado usted tarde y se ha perdido la mejor aria —le dijo Anna, mirándole con ironía, o al menos así se lo pareció a él.

—No entiendo mucho de estas cosas —repuso él, mirándola con dureza.

—Tampoco el príncipe Yashvín —dijo Anna, sonriendo—. Dice que la Patti canta demasiado alto. Gracias —añadió, cogiendo con su pequeña mano, enfundada en un guante largo, el programa que Vronski había recogido del suelo, y de pronto su hermoso rostro se estremeció. Se levantó y se retiró al fondo del palco.

En el transcurso del segundo acto, dándose cuenta de que el palco de Anna se había quedado vacío, Vronski abandonó el patio de butacas, entre los siseos del público, que escuchaba en silencio la cavatina, y se marchó al hotel.

Anna ya había llegado. Cuando él entró en su habitación, la encontró sola, con el mismo vestido que había lucido en el teatro. Estaba sentada en el primer sillón, al lado de la pared, y miraba al frente. Se volvió hacia él y acto seguido retomó la postura anterior.

—Anna —dijo Vronski.

—¡La culpa de todo la tienes tú! —gritó Anna con lágrimas de desesperación y de rabia, poniéndose en pie.

—Te pedí, te supliqué que no fueras. Sabía que podía ocurrir algo desagradable...

—¡Desagradable! —gritó Anna—. ¡Ha sido horrible! Por mucho que viva, no lo olvidaré jamás. Esa mujer dijo que era una deshonra estar sentada a mi lado.

—¿Y qué puede esperarse de una estúpida? —dijo Vronski—. Pero ¿por qué arriesgarse y desafiar...?

—Me repugna tu sangre fría. No tendrías que haberme expuesto a una situación así. Si me quisieras...

—¡Anna! ¿Qué tiene que ver mi amor con esto...?

—Si me quisieras como yo te quiero a ti, si sufrieras como yo... —dijo ella, mirándole con una expresión de temor.

Aunque no se le había pasado el enfado, a Vronski le dio pena de ella. Le aseguró que la amaba, porque comprendía que era lo único que podía calmarla en esos momentos. No le dirigió ningún reproche, pero en el fondo de su alma le echaba la culpa de lo que había pasado.

Anna escuchaba con avidez esas protestas de amor, tan banales que a Vronski le daba vergüenza pronunciarlas, y poco a poco se fue calmando.

Al día siguiente partieron para el campo completamente reconciliados.

 

SEXTA PARTE

 

I

Daria Aleksándrovna estaba pasando el verano con los niños en Pokróvskoie, en casa de su hermana Kitty. La casa de campo de Yergushovo se había derrumbado, y los Levin la habían convencido para que pasara el verano con ellos. Stepán Arkádevich aceptó entusiasmado la proposición. Dijo que, aunque lo lamentaba mucho, su trabajo le impedía pasar el verano en el campo con su familia, lo que habría constituido su mayor felicidad, y se quedó en Moscú, aunque de vez en cuando iba a casa de los Levin por un par de días. Además de los Oblonski, los niños y la institutriz, también estaba allí la vieja princesa, que consideraba su deber cuidar de su inexperta hija, dado el estadoen el que se encontraba. También les acompañaba Várenka, la amiga de Kitty en Soden, que había cumplido su promesa de visitarla cuando se casara y estaba pasando una temporada con ella. Todas esas personas eran familiares y amigos de la mujer de Levin. Y, aunque éste les tenía cariño a todos, le daba un poco de pena que el orden de vida de los Levin hubiera desaparecido por completo con el desembarco del «elemento Scherbatski», como lo llamaba en su fuero interno. Ese verano sólo tenía a su lado a uno de los suyos, Serguéi Ivánovich, pero incluso éste era más un representante de los Kóznishev que de los Levin, de manera que del espíritu de los Levin no quedaba nada.

En la casa de Levin, desierta desde hacía mucho tiempo, había ahora tanta gente que casi no quedaba una habitación libre. Casi todos los días la vieja princesa, al sentarse a la mesa, contaba a los comensales, y ponía a comer aparte al nieto que hacía el número trece. Kitty, que se había convertido en una diligente ama de casa, se las veía y se las deseaba para abastecerse de pollos, pavos y patos con los que satisfacer el apetito de lobo de los veraneantes, grandes y pequeños.

Toda la familia estaba ya a la mesa. Los hijos de Dolly, la institutriz y Várenka hacían planes para ir a buscar setas. Serguéi Ivánovich, que gozaba entre los invitados de un respeto rayano en la admiración por su inteligencia y conocimientos, sorprendió a todos mezclándose en esa conversación.

—Llévenme con ustedes. Me gusta mucho recoger setas —dijo, mirando a Varvara—. 99En mi opinión, es una ocupación muy agradable.

—Pues claro. Con mucho gusto —respondió ésta, ruborizándose.

Kitty y Dolly cambiaron una mirada significativa. La proposición de ese hombre inteligente y erudito de ir a buscar setas con Várenka confirmaba ciertas sospechas que albergaba Kitty en los últimos tiempos. Temiendo que reparasen en su mirada, se apresuró a dirigirle la palabra a su madre. Después de la comida Serguéi Ivánovich se sentó con su taza de café al pie de la ventana del salón y prosiguió una conversación iniciada con su hermano, sin dejar de mirar a la puerta, por la que debían salir los niños. Levin se había sentado en el alféizar, al lado de su hermano.

Kitty estaba de pie, a pocos pasos de su marido, esperando con impaciencia el final de esa aburrida conversación para decirle algo.

—Desde que te has casado has cambiado mucho, y además para mejor —dijo Serguéi Ivánovich, que no parecía demasiado interesado en la charla, y a continuación dedicó una sonrisa a Kitty—. Pero sigues fiel a tu costumbre de defender las teorías más paradójicas.

—Katia, no te conviene estar de pie —le dijo su marido, acercándole una silla y mirándola con aire significativo.

—Bueno, tengo que dejaros —añadió su hermano, al ver que los niños corrían a su encuentro, precedidos de Tania, que galopaba de lado, con las medias muy estiradas, agitando una cesta y el sombrero de Serguéi Ivánovich.

Tania se acercó con atrevimiento y, con los ojos hermosos y brillantes, tan parecidos a los de su padre, le tendió el sombrero e hizo como si fuera a ponérselo, aunque atenuó el descaro de su gesto con una sonrisa dulce y tímida.

—Várenka le está esperando —dijo, poniéndole el sombrero con mucho cuidado, una vez que la sonrisa de Serguéi Ivánovich le dio a entender que se lo permitía.

Várenka estaba en la puerta, con un vestido de percal amarillo y un pañuelo blanco en la cabeza.

—Ya voy, ya voy, Varvara Andréievna —dijo Serguéi Ivánovich, apurando su taza de café y metiéndose en el bolsillo el pañuelo y la pitillera.