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A Kitty, como siempre, le daba pena separarse dos días de Levin, pero, al ver su animación, su soberbia figura, que parecía especialmente robusta y vigorosa con sus botas de caza y su blusa blanca, y esa resplandeciente excitación propia de los cazadores, tan incomprensible para ella, se olvidó de su tristeza y, pensando sólo en la alegría de su marido, lo despidió con jovialidad.

—¡Perdón, señores! —dijo Levin, saliendo a la escalinata—. ¿Han puesto el almuerzo en el carro? ¿Por qué han enganchado el alazán a la derecha? Bueno, da lo mismo. ¡Laska, vale ya! ¡Túmbate! Llévatelos con las novillas —añadió, dirigiéndose al vaquero, que esperaba en la entrada para preguntarle lo que debía hacer con los bueyes—. Perdonen ustedes, aquí viene otro de estos tunantes.

Levin se apeó del coche, en el que ya había tomado asiento, y salió al encuentro de un carpintero, que venía con una vara de medir en la mano.

—¿Por qué no viniste ayer a mi despacho? Ahora me estás entreteniendo. Bueno, ¿qué quieres?

—Con su permiso, vamos a añadir otro tramo más. Tres peldaños a lo sumo. De este modo encajará perfectamente y será mucho más segura.

—Tendrías que haberme escuchado —replicó con enfado Levin—. Te dije que primero pusieras las tabicas y después hicieras los peldaños. Ahora ya no puede arreglarse. Tienes que hacer una nueva siguiendo mis indicaciones.

El carpintero había estropeado la escalera de un pabellón en construcción, porque la había hecho por separado, sin tener en cuenta la altura, y, al colocarla en su lugar, los peldaños habían quedado demasiado inclinados. Ahora quería reparar su error añadiendo tres peldaños.

—Quedará mucho mejor —dijo.

—Pero ¿adonde va a llegar la escalera con tres peldaños más?

—Adonde tenga que llegar, señor —respondió el carpintero con una sonrisa desdeñosa—. Partirá desde abajo, desde luego —añadió con un gesto persuasivo—. Irá subiendo poco a poco y llegará hasta arriba.

—Pero esos tres peldaños la alargarán... ¿Dónde terminará?

—Como empezaremos desde abajo, quedará bien —insistió el carpintero en tono persuasivo, sin dar su brazo a torcer.

—Llegará hasta el techo y a la pared.

—Pero, señor, si la vamos a empezar desde abajo. Subirá poco a poco y llegará al lugar oportuno.

Con la baqueta de su fusil, Levin se puso a dibujar la escalera en el polvo del camino.

—¿Lo ves ahora?

—Haré lo que usted me ordene —dijo el carpintero, con un brillo repentino en los ojos. Por lo visto, se había dado cuenta de una vez de lo que pasaba—. ¡Según parece, tendré que construir una nueva!

—Bueno, hazla como te he dicho —le gritó Levin, acomodándose en el coche—. ¡Vámonos! ¡Filipp, sujeta a los perros!

Al dejar atrás todas sus preocupaciones familiares y domésticas, Levin no cabía en sí de gozo y tantas eran las expectativas que albergaba que no le apetecía ni hablar. Además, era presa de la emoción reconcentrada de los cazadores cuando se acerca el momento de la verdad. En esos instantes lo único que le importaba era si encontrarían caza en el pantano de Kólpeno, cómo se comportaría Laska en comparación con Krak y si él mismo daría la talla. Otras cuestiones le venían a la cabeza: ¿no quedaría en mal lugar ante ese nuevo conocido? ¿No daría muestras Oblonski de mejor puntería que él?

Oblonski albergaba preocupaciones análogas y también guardaba silencio. Sólo Vásenka Veslovski seguía con su alegre charla. Al escucharlo ahora, Levin se sintió avergonzado de lo injusto que había sido con él la víspera. Vásenka era un muchacho realmente encantador, sencillo, bondadoso y muy jovial. Si Levin lo hubiera conocido en sus tiempos de soltero, habría congeniado con él. Le desagradaba un poco su actitud ociosa ante la vida y esa especie de elegancia desenvuelta. Era como si se considerara superior y sumamente importante por el hecho de llevar las uñas largas, esa gorra escocesa y el resto de su equipo; pero su bondad y su nobleza hacían que le perdonara uno todas esas cosas. Levin apreciaba su buena educación, su manera impecable de pronunciar el francés y el inglés, y en no menor medida que era un hombre de su propio círculo.

Vásenka estaba encantado con el caballo del Don enganchado en la izquierda y no dejaba de alabarlo.

—¡Qué agradable sería cabalgar por la estepa a lomos de un caballo así. ¿No es verdad? —decía.

Cabalgar en un caballo de la estepa se le antojaba algo salvaje y poético, aunque la realidad no era ni mucho menos así. Pero esa ingenuidad, unida a su belleza, su agradable sonrisa y la gracia de sus movimientos ejercían un enorme atractivo. Ya fuera que el carácter de ese joven le hubiera caído simpático o que se esforzara por encontrar algo bueno en él, para redimir su pecado de la víspera, el caso es que Levin se encontraba a gusto en su compañía.

Después de recorrer tres verstas, Veslovski echó en falta sus cigarros y su cartera. No sabía si los había perdido o los había olvidado en la mesa. Llevaba trescientos setenta rublos en la cartera, de ahí su inquietud.

—¿Sabe lo que le digo, Levin? Me voy a llegar hasta la casa en ese caballo del Don. Será magnífico. ¿Qué le parece? —preguntó, dispuesto a poner en práctica su plan.

—No, ¿para qué? —respondió Levin, considerando que Vásenka debía de pesar no menos de noventa kilos—. Enviaré al cochero.

Despacharon al cochero y Levin se hizo cargo de las riendas.

 

IX

—Entonces, ¿cuál será nuestro itinerario? Explícanoslo con detalle —dijo Stepán Arkádevich.

—El plan es el siguiente: iremos primero hasta Gvózdevo. A este lado del pueblo nos encontraremos con un pantano en el que abundan las agachadizas, y al otro con unas marismas magníficas para la caza de las becadas, y en las que también suele haber agachadizas. Ahora hace calor, pero como llegaremos a la caída de la tarde (el lugar queda a unas veinte verstas), podremos salir al campo en seguida. Pasaremos la noche allí y por la mañana nos dirigiremos a los pantanos grandes.

—¿Y no hay nada por el camino?

—Sí, pero nos entretendríamos. Y hace demasiado calor. Hay dos lugares preciosos, pero no creo que haya mucha caza.

A Levin le apetecía pasar por esos dos sitios, pero estaban más cerca de casa y podía ir por allí en cualquier momento; además, eran tan pequeños que apenas habría espacio para que dispararan los tres. Por eso había tratado de engañarles, diciendo que no merecía la pena pasar por allí. Cuando llegaron al pantano pequeño, Levin quiso pasar de largo, pero Stepán Arkádevich, con su ojo de cazador experimentado, reparó en seguida en unos juncos que se divisaban desde el camino.

—¿Por qué no hacemos un alto? —dijo, señalando el pantano.

—¡Sí, Levin, por favor! ¡Sería estupendo! —le rogó Vásenka Veslovski, y Levin acabó cediendo.

En cuanto se detuvieron, los perros echaron a correr uno en pos del otro en dirección al pantano.

—¡Krak! ¡Laska!

Los perros volvieron.

—Habrá poco espacio para los tres. Yo me quedaré aquí —dijo Levin, con la esperanza de que no encontraran nada, a no ser algunas avefrías, que habían levantado el vuelo al acercarse los perros, y trazaban círculos por encima de las aguas, lanzando graznidos lastimeros.

—¡No! ¡Vamos, Levin! Iremos juntos —insistió Veslovski.

—Les aseguro que no habrá sitio para los tres. ¡Laska, ven aquí! ¡Laska! ¿No necesitan otro perro?

Levin se quedó al lado del coche, contemplando con envidia a los cazadores, que recorrieron todo el pantano, pero sólo encontraron una gallina de agua y varias avefrías. Vásenka consiguió abatir una.