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Procuró conservar la serenidad, pero no le fue posible. Apretaba el gatillo antes de apuntar. Todo iba de mal en peor.

Cuando salió de la marisma para dirigirse a la aliseda donde debía reunirse con Stepán Arkádevich, sólo llevaba cinco piezas en el morral.

Antes de divisar a su amigo, se encontró con Krak, cubierto de cieno negro y pestilente, que saltó por encima de la raíz retorcida de un aliso y se acercó a olfatear a Laska con aire de triunfo. Al poco rato, a la sombra del aliso, apareció la apuesta figura de Stepán Arkádevich. Con el rostro colorado, bañado en sudor, el cuello desabotonado, se dirigía a su encuentro cojeando como antes.

—¿Cómo os ha ido? ¡No habéis dejado de disparar! —dijo con una alegre sonrisa.

—¿Y a ti? —preguntó Levin.

La verdad es que podía haberse ahorrado la pregunta, porque ya había visto el morral, lleno a rebosar.

—No demasiado mal —traía catorce piezas—. ¡Es un pantano magnífico! Seguro que te ha estorbado Veslovski. Es incómodo cazar con otra persona cuando sólo se dispone de un perro —dijo Stepán Arkádevich, tratando de atenuar su victoria.

 

XI

Cuando Levin y Stepán Arkádevich llegaron a la isba del campesino en la que Levin se había alojado siempre, Veslovski ya estaba allí. Sentado en un banco, al que se agarraba con ambas manos, se reía con esa risa suya alegre y contagiosa, mientras un soldado, hermano de la dueña de la casa, le quitaba las botas cubiertas de barro.

—Acabo de llegar. Ils ont été charmants. 111Imagínense, me han dado de beber y de comer. ¡Y qué pan! ¡Una maravilla! Délicieux! En cuanto al vodka, en mi vida lo he tomado mejor. Y no ha habido manera de que aceptaran un poco de dinero. No hacían más que decirme: «No te ofendas», o algo así.

—¿Y por qué iban a tomar su dinero? Le están agasajando. ¿O acaso se cree que tienen el vodka para venderlo? —dijo el soldado, quitándole por fin una de las botas mojadas y el calcetín ennegrecido.

A pesar de la suciedad de la isba, manchada por las botas de los cazadores y los perros, que se lamían los pegotes de barro, del olor a ciénaga y a pólvora y de la falta de tenedores y cuchillos, los cazadores tomaron el té y cenaron con ese apetito con que suelen comer quienes han ido de caza. Una vez aseados y limpios, entraron en un pajar bien barrido, donde los cocheros habían preparado los lechos para los señores.

Aunque ya había caído la noche, ninguno tenía ganas de dormir.

Después de evocar diversos recuerdos de cacerías anteriores y contar algunas anécdotas sobre perros y armas de fuego, la conversación acabó derivando a un tema que interesaba a todos. Como Vásenka había expresado en repetidas ocasiones su entusiasmo por el albergue nocturno, con ese olor a heno, ese carro roto (le parecía roto porque le habían quitado la parte delantera), esos bondadosos campesinos que le habían invitado a vodka y esos perros tumbados cada uno al pie de su amo, Oblonski describió la maravillosa cacería en la que había participado el verano anterior en la finca de Maltus, un conocido magnate del ferrocarril. Les habló de las marismas que el tal Maltus había comprado en la provincia de Tver, de cómo las había convertido en coto privado, de los coches y dog-carts 112que transportaron a los cazadores y del pabellón que habían levantado a la orilla del pantano para almorzar.

—No entiendo cómo no te repugna esa gente —dijo Levin, incorporándose en su lecho de heno—. Ya sé que es muy agradable almorzar con vino de Lafitte, pero ¿es posible que no te desagrade tanto lujo? Todas esas personas amasan su dinero como hacían los recaudadores de impuestos de antaño y se burlan del desprecio público, sabiendo que esas riquezas mal adquiridas servirán para rehabilitarlos.

—¡Totalmente cierto! —exclamó Vásenka Veslovski—. ¡Es verdad! Desde luego, Oblonski lo hace por su bonhomie, 113pero hay quien comenta: «Oblonski frecuenta...».

—En absoluto —dijo Oblonski con una sonrisa, según advirtió Levin—. No lo considero para nada menos honrado que muchos otros comerciantes o nobles acaudalados. Tanto unos como otros deben su fortuna a su trabajo y a su inteligencia.

—Pero ¿qué clase de trabajo es ése? ¿Acaso puede concedérsele ese nombre a obtener una concesión y revenderla?

—Pues claro que sí. Es un trabajo en el sentido de que, de no ser por él o de otros como él, no habría ferrocarriles.

—Pero no es un trabajo como el de un campesino o un sabio.

—Puede ser, pero no deja de producir resultados: los ferrocarriles. Aunque ya sé que tú los consideras inútiles.

—Ésa es otra cuestión: estoy dispuesto a reconocer que son útiles. Pero juzgo indigna cualquier retribución que no se corresponda con el trabajo realizado.

—¿Y quién puede determinar esa correspondencia?

—Me refiero a las ganancias obtenidas mediante medios ilícitos, recurriendo a la astucia —dijo Levin, dándose cuenta de que no era capaz de trazar una delimitación precisa entre lo que es honrado y lo que no lo es—, como, por ejemplo, las de los bancos —añadió—. Es lo que hacían los recaudadores de impuestos de antaño, adquirir grandes fortunas sin trabajar. El mal es el mismo, sólo las formas han cambiado. Le roi est mort, vive le roi! 114En cuanto se suprimieron los recaudadores de impuestos, surgieron los ferrocarriles y los bancos. En uno y otro caso se trata de ganar dinero sin trabajar.

—Puede que todo eso sea cierto y bastante ingenioso... ¡Échate, Krak! —le gritó Stepán Arkádevich a su perro, que se estaba rascando y removía todo el heno. Sin duda, estaba convencido de la bondad de sus argumentos; por eso conservaba la calma y hablaba sin apresurarse—. Pero no has trazado una línea entre lo que es honrado y lo que no lo es. ¿Es acaso deshonroso que mi sueldo sea más alto que el de mi jefe de despacho, aunque él conoce esos asuntos mejor que yo?

—No lo sé.

—Pues yo te lo voy a decir: el hecho de que tu trabajo en la hacienda te reporte, pongamos, cinco mil rublos, mientras el campesino que nos hospeda, por más que se afane, no obtenga más de cincuenta, es tan poco honrado como que yo gane más que mi jefe de despacho o Maltus reciba más que un ferroviario. Por otro lado, percibo en la sociedad una actitud hostil, absolutamente infundada, contra esas personas y me parece que no es más que envidia...

—No, eso es injusto —intervino Veslovski—. No puede hablarse de envidia, pero hay algo poco limpio en esos asuntos.

—No, perdona —prosiguió Levin—. Dices que es injusto que yo perciba cinco mil y el campesino cincuenta. Y tienes razón. Es injusto, me doy cuenta, pero...

—Así es. ¿Por qué nosotros nos pasamos la vida comiendo, bebiendo, cazando y holgazaneando, mientras él no hace más que trabajar? —le interrumpió Vásenka, que sin duda era la primera vez que pensaba en serio en esa cuestión, y por tanto era completamente sincero.

—Sí, te das cuenta, pero no le cedes tu hacienda —dijo Stepán Arkádevich, con el propósito deliberado, al parecer, de importunar a su amigo.

En los últimos tiempos se había establecido entre los dos cuñados una especie de hostilidad sorda: desde que estaban casados con dos hermanas, era como si hubiera surgido ente ellos una rivalidad sobre cuál organizaba mejor su vida, y ese antagonismo había salido a relucir ahora en la conversación, que empezaba a adquirir un tinte personal.

—No la cedo porque nadie me la pide. Por lo demás, aunque quisiera hacerlo, no podría —replicó Levin—. ¿A quién iba a dársela?

—A este campesino. No la rechazará.

—¿Y cómo iba a dársela? ¿Firmando un acta de compraventa?

—No lo sé. Pero si estás convencido de que no tienes derecho...

—No estoy convencido en absoluto. Al contrario, creo que no tengo derecho a ceder nada, que soy responsable tanto de mi familia como de mis tierras.

—No, permíteme. Si consideras que es moralmente injusto, ¿por qué no actúas en consecuencia?