—Yo no sé nada, princesa. Haga lo que le parezca —dijo éste.
—Hay que decidir cuándo os vais a trasladar.
—La verdad es que no tengo ni idea. Lo único que sé es que nacen millones de niños fuera de Moscú, sin la ayuda de ningún médico... así que...
—En ese caso...
—Se hará lo que Kitty quiera.
—¡Con Kitty no se puede hablar de estas cosas! ¿Acaso quieres que la asuste? Esta primavera Natalia Golítsina murió por culpa de un mal comadrón.
—Haré lo que usted me diga —replicó Levin con aire sombrío.
La princesa siguió hablando, pero él ya no la escuchaba. Aunque la conversación con la princesa había conseguido irritarlo, su descontento no se debía a esas palabras, sino a lo que veía al lado del samovar.
«No, esto no puede seguir así», pensaba, mirando de vez en cuando a Vásenka que, inclinado sobre Kitty, le decía algo con su encantadora sonrisa, mientras ella se ruborizaba y daba muestras de inquietud.
Había algo inconveniente en la postura de Vásenka, así como en su mirada y su sonrisa. Levin percibía incluso algo inconveniente en la postura y la mirada de Kitty. Y de nuevo todo se volvió oscuro a sus ojos. De nuevo, igual que dos días antes, sin la menor transición, cayó de las alturas de la felicidad, de la serenidad y de la dignidad al abismo de la desesperación, la humillación y la ira. De nuevo todo el mundo se le volvió repulsivo.
—Haga lo que le parezca, princesa —dijo, volviéndose otra vez.
—¡Cuánto pesa el sombrero de Monómaco! 120—le dijo en tono de broma Stepán Arkádevich, aludiendo, por lo visto, no sólo a la conversación con la princesa, sino a la agitación de Levin, en la que había reparado—. ¡Qué tarde te has levantado hoy, Dolly!
Todos se pusieron en pie para saludar a Daria Aleksándrovna. Vásenka, con esa falta de cortesía propia de la generación joven, se levantó sólo un instante, le dirigió un breve saludo y, riéndose de algún comentario, prosiguió la conversación iniciada con Kitty.
—Masha me ha dejado extenuada. Ha dormido mal y hoy está muy caprichosa —replicó Dolly.
Lo mismo que el día anterior, Vásenka y Kitty hablaban de Anna y se preguntaban si era posible situar el amor por encima de las convenciones sociales. Kitty encontraba desagradable esa conversación. Le inquietaba tanto el contenido como el tono, y en mayor medida aún el efecto que tendría en su marido. Pero era demasiado ingenua y sencilla para ponerle fin e incluso para ocultar el placer que le causaban las atenciones del invitado. Quería interrumpir la conversación, pero no sabía cómo hacerlo. Veía que su marido estaba pendiente de todos sus gestos y palabras y que los interpretaría del peor modo posible. Y, en efecto, cuando le preguntó a Dolly qué le pasaba a Masha, y Vásenka, esperando que acabara esa charla que consideraba tan aburrida, se quedó mirando con indiferencia a Dolly, Levin juzgó que esa pregunta era poco natural y que ponía de manifiesto una hipocresía repugnante.
—¿Vamos a ir hoy a buscar setas? —preguntó Dolly.
—Sí, vamos. Yo también iré —dijo Kitty, y se ruborizó. Quiso preguntarle a Vásenka, por cortesía, si les apetecía acompañarlas, pero no lo hizo—. ¿Adonde vas, Kostia? —preguntó con aire culpable, cuando Levin pasó a su lado con pasos decididos. Esa expresión culpable le había confirmado todas sus sospechas.
—En mi ausencia ha venido el mecánico, y todavía no he hablado con él —respondió, sin mirarla.
Bajó por las escaleras, pero aún no había tenido tiempo de salir de su despacho cuando oyó los conocidos pasos de su mujer, que iba a su encuentro con imprudente vivacidad.
—¿Qué quieres? —preguntó Levin con sequedad—. Estamos ocupados.
—Perdóneme —dijo Kitty, dirigiéndose al mecánico alemán—. Tengo que decirle unas palabras a mi marido.
El alemán hizo intención de salir, pero Levin lo detuvo:
—No se moleste.
—¿Sale el tren a las tres? —preguntó el alemán—. No debo perderlo.
Levin, sin responderle, salió con su mujer.
—Bueno, ¿qué es lo que tienes que decirme? —le preguntó en francés.
No la miraba de frente y hacía lo posible por no fijarse en el temblor de los músculos de su cara, en su aspecto lastimoso y abatido.
—Quería... quería decirte que no se puede vivir así. Esto es un tormento... —murmuró.
—Hay criados en la despensa —dijo Levin con enfado—. No me hagas una escena.
—Vamos allí.
Estaban en una habitación de paso. Kitty quiso entrar en la contigua. Pero la inglesa estaba dándole clase a Tania.
—¡Bueno, vayamos al jardín!
Una vez allí, se toparon con un jardinero que estaba rastrillando el sendero. Sin pensar en que aquel hombre estaba viendo el rostro agitado y cubierto de lágrimas de Kitty, y en que parecían dos personas que escapaban de una desgracia, siguieron andando con pasos rápidos, con la sensación de que tenían que explicarse de una vez, disipar los malentendidos, pasar solos unos instantes y librarse de ese tormento.
—¡Así no se puede vivir! ¡Esto es una tortura! Yo sufro, tú sufres. ¿Por qué? —preguntó Kitty, cuando llegaron por fin a un banquito apartado, en un extremo de la avenida de tilos.
—Dime sólo una cosa: ¿había algo indecoroso, indecente y terriblemente humillante en su tono? —preguntó Levin, deteniéndose delante de ella, en la misma postura que había adoptado la otra noche, con los puños apretados contra el pecho.
—Sí —respondió ella con voz trémula—. Pero ¿no te das cuenta, Kostia, de que yo no tengo la culpa? Llevo toda la mañana queriendo adoptar otra actitud, pero esta gente... ¿Por qué han venido? ¡Con lo felices que éramos antes! —añadió, ahogada por los sollozos que sacudían su desgarbado cuerpo.
Cuando pasaron de nuevo a su lado, el jardinero se quedó asombrado: los había visto correr, aunque nadie los perseguía ni tenían razón alguna para huir; y ahora, aunque no podían haber encontrado en ese banco nada especialmente alegre, volvían a casa con rostros serenos y resplandecientes.
XV
Después de acompañar a su mujer al piso de arriba, Levin se dirigió a las dependencias de Dolly. Daria Aleksándrovna, por su parte, se encontraba muy alterada ese día. Recorría la habitación de un extremo al otro y decía con enfado a la niña, que lloraba a lágrima viva en un rincón:
—Te quedarás ahí todo el día, comerás sola, no jugarás con ninguna muñeca y no te haré ningún vestido nuevo —decía, sin saber ya a qué castigo recurrir—. Es una niña insoportable —añadió, dirigiéndose a Levin—. ¿De dónde le vendrán esas malas inclinaciones?
—Pero ¿qué es lo que ha hecho? —preguntó Levin con bastante indiferencia. Quería solicitar el consejo de Dolly sobre la cuestión que le preocupaba y lamentaba haber llegado en un momento tan inoportuno.
—Ha ido a coger frambuesas con Grisha y una vez allí... Ni siquiera puedo decir lo que estaban haciendo. Algo repugnante. ¡Cuánto echo de menos a Miss Elliot! Esta otra niñera es como una máquina, no se ocupa de nada... Figurez vous que'elle... 121
Y Daria Aleksándrovna le contó la travesura de Masha.
—Esto no demuestra nada. No veo ninguna mala inclinación, sólo es una chiquillada —la tranquilizó Levin.
—Pareces disgustado. ¿Para qué has venido a verme? —preguntó Dolly—. ¿Qué pasa allí abajo?
Y por el tono de su pregunta Levin comprendió que le sería fácil exponerle lo que quería.
—No lo sé. Estaba en el jardín con Kitty. Es la segunda vez que discutimos desde que... desde que llegó Stiva. —Dolly le miró con sus ojos inteligentes y comprensivos—. Dime con la mano en el corazón. ¿No había... no en Kitty, sino en ese señor, ese tono que puede ser desagradable, o peor aún, horrible y ofensivo para un marido?
—No sé qué decirte... ¡Quédate en el rincón! —exclamó, dirigiéndose a Masha, que al ver una sonrisa apenas perceptible en el rostro de su madre, se había dado la vuelta—. La opinión de la sociedad sería que se comporta como lo hacen todos los jóvenes. Il fait la cour à une jeune et jolie femme, 122y, si el marido es un hombre de mundo, debe sentirse halagado.