Pero no necesitaba mirarse para saber que ya era demasiado tarde. Se acordó de Serguéi Ivánovich, que la distinguía con una particular estima, y del bueno de Turovtsin, amigo de Stiva, que la había ayudado a cuidar de sus hijos cuando cogieron la escarlatina y que estaba enamorado de ella. Había también un muchacho muy joven que, como su marido le había dicho en broma, había juzgado que era la más guapa de las tres hermanas. Y por su imaginación desfilaron las historias de amor más apasionadas e inverosímiles. «Anna ha actuado bien, y no seré yo quien le haga ningún reproche. Es feliz, hace feliz a otra persona, y no se ha abandonado como yo. Seguro que no ha perdido su lozanía ni su inteligencia y que sigue mostrándose abierta a todo», pensaba Daria Aleksándrovna, y una sonrisa maliciosa y satisfecha asomó a sus labios, porque, al tiempo que repasaba el idilio de Anna, se representaba otro casi idéntico, protagonizado por ella misma y un hombre imaginario que la adoraba, suma de diversos hombres conocidos. Lo mismo que Anna, se lo confesaba todo a su marido. Y sonrió al figurarse la cara de sorpresa y perplejidad que pondría Stepán Arkádevich al enterarse de la noticia.
En tales ensoñaciones ocupó el tiempo hasta que llegaron al giro del camino real que conducía a Vozdvízhenskoie.
XVII
El cochero detuvo los caballos y miró hacia la derecha donde, al pie de un carro, en un campo de centeno, había un grupo de campesinos. El administrador hizo intención de apearse, pero luego se lo pensó mejor y se puso a llamar a uno de ellos con gritos imperiosos, haciéndole señas para que se acercara. La brisa levantada por la marcha del vehículo se calmó cuando se detuvieron. Los tábanos se abalanzaron sobre los sudorosos caballos, que trataban rabiosamente de desembarazarse de ellos. El sonido metálico de una guadaña que estaban afilando cesó de golpe. Uno de los campesinos se incorporó y se acercó a la calesa.
—¿Es que no tienes sangre en las venas? —gritó irritado el administrador al campesino, que avanzaba con parsimonia, pisando con los pies descalzos los montículos del camino seco y mal apisonado—. ¡Ya podías darte un poco más de prisa!
El anciano, con los cabellos rizados sujetos por una tira de corteza de árbol, la espalda encorvada y ennegrecida por el sudor, apretó el paso, se aproximó a la calesa y apoyó la atezada mano en el guardabarros.
—¿Vozdvízhenskoie? ¿La casa del señor? ¿La residencia del conde? —replicó—. Está justo al otro lado del recodo. No hay más que girar a la izquierda y, siguiendo uno todo derecho, llega a la avenida. ¿A quién van a ver? ¿Al conde en persona?
—¿Están en casa, amigo? —preguntó Daria Aleksándrovna en términos un tanto vagos, pues no sabía cómo debía referirse a Anna.
—Supongo que sí —respondió el campesino, dando unos pasos y dejando en el polvo del camino una huella perfecta de la planta del pie, con los cinco dedos marcados—. Supongo que sí —repitió, con el deseo evidente de entablar conversación—. Ayer llegaron más invitados. Y en buen número. ¿Qué quieres? —añadió, volviéndose hacia uno de sus compañeros, que le había gritado algo desde el carro—. ¡Ah, sí! Hace poco pasaron por aquí a caballo. Iban a ver la segadora mecánica. Ahora deben de estar en casa. Y ustedes ¿de dónde vienen?
—De muy lejos —respondió el cochero, apeándose del pescante—. Entonces, ¿no queda mucho?
—Ya te he dicho que está ahí mismo. En cuanto salgas... —respondió el campesino, pasando la mano por el guardabarros.
Un mozo sano y robusto se acercó también.
—¿Habrá algún trabajo para la cosecha en vuestras tierras? —preguntó.
—No lo sé, amigo.
—Entonces tienes que girar a la izquierda y luego seguir recto —dijo el campesino, intentando retener a los viajeros, pues quería charlar un rato más.
El cochero sacudió las riendas, pero apenas habían llegado a la curva cuando se oyeron las voces de los dos campesinos:
—¡Alto! ¡Eh, muchacho! ¡Alto!
El cochero se detuvo.
—¡Vienen por ahí! ¡Son ellos! —volvió a gritar el campesino—. ¡Mira qué deprisa van! —añadió, señalando cuatro jinetes y un charabán en el que viajaban dos personas.
Los jinetes eran Vronski, su jockey, Veslovski y Anna; los ocupantes del charabán, la princesa Varvara y Sviazhski. Volvían de los campos, adonde habían ido para ver cómo funcionaba la segadora que acababa de llegar.
Cuando el coche se detuvo, los jinetes aminoraron la marcha. Anna iba delante en compañía de Veslovski, llevando a paso lento su jaca inglesa, pequeña y robusta, de cola corta y crines cuidadas. La magnífica cabeza de Anna, con los cabellos morenos asomando por debajo del alto sombrero, sus anchos hombros, su esbelto talle en el traje negro de amazona y la donosura y serenidad de su porte asombraron a Dolly.
En un primer momento le pareció inconveniente que Anna montara a caballo. Atribuía a la equitación, en el caso de una mujer, cierta dosis de coquetería juvenil que, en su opinión, no cuadraba bien con la situación de Anna; pero cambió de opinión en cuanto la contempló de cerca. A pesar de su elegancia, todo resultaba tan sencillo, sereno y digno, no sólo en la postura, sino también en el vestido y los ademanes, que no podía pensarse en algo más natural.
Al lado de Anna, montado en un fogoso corcel de color gris, como los del cuerpo de caballería, iba Vásenka Veslovski, con su gorrita escocesa de cintas flotantes, las gruesas piernas extendidas hacia delante, por lo visto muy satisfecho de sí mismo. Daria Aleksándrovna no pudo reprimir una alegre sonrisa al reconocerlo. Los seguía Vronski, a lomos de un purasangre bayo, al parecer excitado por el galope. Vronski trataba de refrenarlo, tirando de las riendas.
Un hombrecillo vestido de jockeycerraba la marcha. Sviazhski y la princesa, en un charabán nuevecito tirado por un trotón negro de gran tamaño, estaban a punto de alcanzar a los jinetes.
En el momento en que Anna reconoció la pequeña figura de Dolly, agazapada en un rincón de la vieja calesa, su rostro se iluminó con una alegre sonrisa. Se le escapó un grito, se estremeció en la silla y lanzó su jaca al galope. Al llegar a la altura de la calesa, descabalgó por su propio pie y, recogiendo la falda de su traje de amazona, corrió al encuentro de su amiga.
—¡Pensaba que eras tú, pero no acababa de creérmelo! ¡Qué felicidad! ¡No puedes imaginarte la alegría que me has dado! —decía, tan pronto acercando su rostro al de Dolly y besándola como apartándose y contemplándola con una sonrisa—. ¡Qué alegría, Alekséi! —añadió, volviéndose hacia Vronski, que se había apeado del caballo y se aproximaba a ellas.
Vronski se acercó a Dolly con el sombrero de copa gris en la mano.