No obstante, como no podía dejar de pensar que todo aquello era una estupidez, no encontró ningún tema de conversación y guardó silencio todo el rato.
—¿No va a asistir usted a la reunión pública? Dicen que será muy interesante —dijo la condesa.
—No, pero he prometido a mi belle soeurque la recogería allí —replicó Levin.
Se produjo un silencio. La madre y una de las hijas intercambiaron una mirada.
«Bueno, creo que ahora es el momento de irse», pensó Levin, poniéndose en pie.
Las señoras le estrecharon la mano y le rogaron que transmitiera a su mujer mille choses 170de su parte.
Mientras le sujetaba la pelliza, el portero le preguntó:
—¿Dónde se aloja el señor?
Y a continuación anotó la dirección en una libreta grande y bien encuadernada.
«Ni que decir tiene que todo esto me da igual, pero en cualquier caso es embarazoso y terriblemente estúpido», pensó Levin, consolándose con la idea de que todo el mundo hacía lo mismo. Y se dirigió a la reunión pública del Comité, donde tenía que recoger a su cuñada para volver juntos a casa.
En la reunión pública del Comité había mucha gente y casi toda la buena sociedad. Levin llegó a tiempo para oír el informe que, según decía todo el mundo, era muy interesante. Cuando terminó la lectura, se formaron diversos grupos. Levin se encontró con Sviazhski, que insistió en que acudiera esa misma tarde a una reunión de la Sociedad Agrícola en la que iba a leerse un documento muy importante, con Stepán Arkádevich, que acababa de llegar de las carreras, y con muchos otros conocidos. Levin expuso y escuchó diversos juicios sobre la reunión, sobre una comedia nueva y sobre un proceso. Al hablar de esa última cuestión, la fatiga mental que empezaba a experimentar le hizo cometer un error que luego lamentó más de una vez. Después de referirse a la condena que iba a imponerse a un extranjero que había sido juzgado en Rusia y de expresar el parecer de que sería injusto castigarlo con la expulsión del país, repitió una frase que había oído la víspera mientras charlaba con un conocido.
—Creo que expulsarlo sería como castigar a un lucio arrojándolo al agua —dijo Levin. Sólo más tarde se dio cuenta de que esa idea, que había soltado como si fuera suya, procedía de una fábula de Krilov 171, y que el conocido al que se la había oído la había leído en un artículo de periódico.
Después de llevar a Natalia a su casa, donde encontró a Kitty feliz y contenta, se dirigió al casino.
VII
Levin llegó justo a tiempo, pues en ese mismo momento entraban diversos socios e invitados. Hacía mucho tiempo que no ponía el pie en el casino, desde la época en que concluyó sus estudios universitarios, cuando vivía en Moscú y frecuentaba la alta sociedad. Guardaba un recuerdo bastante preciso del edificio y de los detalles externos de la decoración, pero se había olvidado por completo de la impresión que le causaba en aquellos tiempos. No obstante, en cuanto entró en el espacioso patio semicircular, se apeó del coche y se internó en el vestíbulo, donde un conserje con una banda al pecho salió a recibirle, le abrió la puerta sin hacer ruido y le saludó; en cuanto vio en la portería los chanclos y las pellizas de los socios, que habían comprendido que les costaba menos trabajo quitárselos abajo que subir con ellos; en cuanto oyó el misterioso tañido que anunciaba su llegada y contempló la estatua en el rellano, mientras subía por la alfombrada escalera de peldaños bajos, y vislumbraba en la puerta de arriba a un tercer portero que le resultaba familiar, ya mayor y con la librea del casino, que le abrió la puerta sin prisas pero sin excesiva demora, mientras lo examinaba, se sintió imbuido del viejo ambiente del casino, un ambiente de reposo, bienestar y decoro.
—Su sombrero, por favor —le dijo el portero. Levin, había olvidado la norma del casino de dejar el sombrero en la portería—. Hace tiempo que no le veíamos por aquí. El príncipe lo inscribió a usted ayer. Stepán Arkádevich no ha llegado todavía.
El portero no sólo conocía a Levin, sino que estaba al tanto de quiénes eran sus conocidos y familiares, y en un momento mencionó a todos sus allegados.
Después de atravesar la primera sala, en la que había unos biombos, y la habitación de la derecha, donde se vendía fruta, Levin, adelantando a un anciano que andaba muy despacio, entró en el ruidoso comedor, atestado de gente.
Pasó a lo largo de las mesas, casi todas ocupadas, mirando a los presentes. Había gente de lo más diversa, viejos y jóvenes, algunos amigos suyos y otros a los que apenas conocía. No vio un solo semblante ceñudo o atribulado. Era como si hubieran dejado en la portería, junto con el sombrero, todas sus inquietudes y preocupaciones, como si se hubieran reunido para disfrutar sin prisas de los bienes materiales de la vida. Allí estaban Sviazhski, Scherbatski, Nevedovski, el viejo príncipe, Vronski y Serguéi Ivánovich.
—¡Ah! ¿Por qué llegas tan tarde? —preguntó el príncipe, sonriendo, al tiempo que le tendía la mano por encima del hombro—. ¿Qué tal está Kitty? —añadió, arreglándose la servilleta, que había remetido en el ojal del chaleco.
—Muy bien. Están comiendo en casa las tres juntas.
—¡Ah, Alinas y Nadinas! Bueno, aquí no tenemos sitio. Vete corriendo a esa mesa, queda una silla libre —dijo el viejo príncipe y, volviéndose, cogió con cuidado el plato de sopa de pescado que le ofrecía un camarero.
—¡Levin, aquí! —gritó a cierta distancia una voz bonachona. Era Turovtsin. Estaba sentado en compañía de un militar joven y a su lado había dos sillas reservadas. Levin se acercó de buena gana. Siempre le había caído simpático ese joven bondadoso y juerguista, entre otras cosas porque le recordaba la velada en que había pedido la mano de Kitty. Y ahora, después de esas conversaciones que requerían tanto esfuerzo intelectual, el aspecto campechano de Turovtsin se le antojó especialmente agradable—. Son para usted y para Oblonski. Llegará en seguida.
El militar de ojos alegres y risueños, sentado muy erguido en la silla, era Gaguin. Turovtsin se lo presentó.
—Oblonski siempre llega tarde.
—Ahí está.
—¿Acabas de llegar? —preguntó Oblonski, acercándose rápidamente a ellos—. ¿Qué tal? ¿Has tomado vodka? Pues entonces ven conmigo.
Levin se levantó y fue con él a la mesa grande, donde había diversas botellas de vodka y entremeses de toda clase. Se diría que entre las dos decenas de entremeses distintos no sería difícil encontrar algo de su gusto, pero Stepán Arkádevich pidió algo especial, que un criado de librea le trajo en seguida. Los dos amigos tomaron una copa y volvieron a la mesa.
Mientras aún estaban tomando la sopa de pescado, Gaguin pidió una botella de champán y ordenó al camarero que llenara las cuatro copas. Levin no lo rechazó y hasta encargó otra botella. Estaba hambriento, así que comió y bebió con gran placer, y con más placer aún participó en las alegres y sencillas conversaciones de sus compañeros de mesa. Gaguin, bajando la voz, contó la última anécdota de San Petersburgo, bastante indecente y estúpida, pero tan divertida que Levin estalló en estruendosas carcajadas, atrayendo la atención de los comensales de las mesas cercanas.
—Se parece a esa otra anécdota que termina así: «¡Eso es precisamente lo que no puedo soportar!». ¿La conoces? —preguntó Stepán Arkádevich—. ¡Ah, qué maravilla! Tráenos otra botella —ordenó al camarero y se puso a contar la anécdota en cuestión.
—De parte de Piotr Ilich Vinovski —le interrumpió un viejo criado, mientras depositaba delante de Levin y Oblonski dos finas copas de champán aún espumeante. Stepán Arkádevich cogió la copa y, después de intercambiar una mirada con un hombre calvo, de bigote rojizo, sentado en el otro extremo de la mesa, le saludó con la cabeza y le sonrió.