Una vez enterado de que el médico no se había levantado, Levin sopesó diversos planes, y al final se decantó por el siguiente: que Kuzmá fuese a buscar a otro médico con una nota, mientras él se dirigía a la farmacia a comprar opio. Y, si al regresar el médico aún no se había levantado, despertarlo a cualquier precio, sobornando al criado o empleando la fuerza, en caso de que no diese su brazo a torcer.
En la farmacia un cochero aguardaba que un mancebo de botica muy delgado le entregara unos polvos, que encerraba en unas cápsulas con la misma indiferencia con que el lacayo limpiaba los cristales. En un primer momento el mancebo se negó a despacharle el opio. Levin trató de convencerlo sin precipitarse ni acalorarse, mencionando el nombre del médico y de la comadrona y explicándole para qué lo quería. El mancebo pidió consejo en alemán y, después de recibir una respuesta afirmativa desde el otro lado del tabique, cogió un frasco y un embudo, vertió con parsimonia parte de su contenido en un recipiente más pequeño, pegó la etiqueta, lo selló, a pesar de los ruegos de Levin para que no lo hiciera, y hasta se dispuso a envolverlo. En ese momento Levin perdió la paciencia: le arrebató con decisión el recipiente de las manos y salió corriendo por la gran puerta acristalada. El médico seguía sin levantarse y el lacayo, que se ocupaba ahora de extender una alfombra, se negó a despertarlo. Levin sacó poco a poco un billete de diez rublos y, pronunciando muy despacio las palabras, aunque sin perder tiempo, trató de explicarle que Piotr Dmítrevich (¡qué majestuoso y señero le parecía ahora ese nombre que antaño se le había antojado tan insignificante!) le había prometido acudir a su casa a cualquier hora y que seguramente no se enfadaría si lo despertaba en ese preciso instante.
El criado se mostró conforme y subió al piso de arriba, no sin antes rogar a Levin que pasara al recibidor.
Levin oía cómo al otro lado de la puerta el médico tosía, iba de un lado para otro, se lavaba y decía algo. Transcurrieron unos tres minutos, que le parecieron más largos que una hora entera. Ya no podía esperar más.
—¡Piotr Dmítrevich, Piotr Dmítrevich! —exclamó con voz suplicante por la puerta abierta—. Por el amor de Dios, perdóneme. Recíbame como esté. Han pasado ya más de dos horas.
—¡Ya voy, ya voy! —respondió el médico, y Levin se quedó asombrado al ver que lo decía sonriendo.
—Será un momento...
—En seguida.
El médico necesitó dos minutos para calzarse las botas y dos más para ponerse el traje y peinarse.
—¡Piotr Dmítrevich! —empezó de nuevo Levin con voz quejumbrosa, pero en ese momento apareció el médico vestido y peinado. «Estos hombres no tienen conciencia —pensó—. ¡A quién se le ocurre peinarse cuando una persona se está muriendo!»
—¡Buenos días! —le dijo el médico, tendiéndole la mano con la mayor parsimonia del mundo, como si quisiera burlarse de Levin—. No tenga prisa. ¿Y bien?
Tratando de ser lo más preciso posible, Levin pasó a contarle muchos detalles innecesarios del estado de su mujer, interrumpiéndose a cada momento para suplicarle que saliera inmediatamente con él.
—Pero no tenga usted prisa. Estoy seguro de que mi presencia no será necesaria. En cualquier caso, como se lo he prometido, iré con usted. No obstante, no hay razón para que nos apresuremos. Siéntese usted, haga el favor. ¿Le apetece una taza de café? —Levin le miró, preguntándole con los ojos si se estaba burlando de él. Pero no era ésa la intención del médico—. Lo sé, lo sé —añadió, sonriendo—. Yo también soy padre de familia. Pero en estos momentos los maridos somos las personas más dignas de lástima. El marido de una de mis pacientes se marcha siempre a la cuadra cuando su mujer va a dar a luz.
—Pero ¿cómo lo ve usted, Piotr Dmítrevich? ¿Cree usted que todo saldrá bien?
—Así lo indican los datos.
—¿Por qué no nos vamos ya? —preguntó Levin, mirando con irritación al criado, que traía el café.
—Esperemos una horita.
—¡No, por el amor de Dios!
—Bueno, pues déjeme al menos que me tome el café.
El médico cogió la taza. Ambos guardaron silencio.
—Parece que a los turcos les están dando una buena paliza. ¿Ha leído usted el telegrama de ayer? —preguntó el médico, mientras masticaba un bollo.
—¡No puedo más! —exclamó Levin, poniéndose en pie de un salto—. Entonces, ¿vendrá a nuestra casa dentro de un cuarto de hora?
—Palabra de honor.
—¿Palabra de honor?
Cuando Levin regresó, se topó con la princesa, que llegaba en esos momentos. Se dirigieron juntos a la puerta del dormitorio. La princesa tenía lágrimas en los ojos y sus manos temblaban. Al ver a Levin, le abrazó y se echó a llorar.
—¿Cómo va todo, mi querida Yelizaveta Petrovna? —preguntó a la comadrona, que salió a su encuentro con el rostro brillante y preocupado, cogiéndola por el brazo.
—Bien —respondió ésta—. Trate de convencerla para que se tumbe. Se encontrará mejor.
Desde el momento en que se había despertado y había comprendido lo que estaba pasando, Levin se había preparado para soportar lo que se le venía encima, sin reflexionar, sin anticipar nada, cerrando el paso con firmeza a cualquier idea y sentimiento; sí, en lugar de incordiar a su mujer, pro curaría calmarla y darle ánimos. Sin preguntarse siquiera qué es lo que iba a suceder y cómo terminaría todo, y ateniéndose a las informaciones que le habían dado sobre el tiempo que solía durar un parto, procuró armarse de paciencia y se preparó para dominar los impulsos de su corazón durante unas cinco horas, algo que le parecía posible. Pero, cuando regresó de casa del médico y vio de nuevo los sufrimientos de Kitty, se puso a repetir cada vez más a menudo: «Señor, perdónanos y ayúdanos», al tiempo que suspiraba y levantaba los ojos al cielo. Tenía miedo de no soportar ese trance, de echarse a llorar o salir corriendo en cualquier momento. Tan grandes eran sus padecimientos. Y sólo había transcurrido una hora.
Pero después de esa hora transcurrió una segunda, y luego una tercera y una cuarta, hasta llegar finalmente a la quinta que se había fijado como plazo máximo para su paciencia. Y la situación no había variado lo más mínimo. Seguía armándose de paciencia, porque no podía hacer otra cosa, y no dejaba de pensar que había llegado al límite de su aguante y que el corazón iba a estallarle de un momento a otro, incapaz de soportar tantos sufrimientos.
Pero pasaron unos minutos más, y luego horas y horas, y sus padecimientos y su horror iban en aumento, y su tensión era cada vez mayor.
Todas las condiciones de la vida cotidiana, sin las cuales no era posible imaginar nada, habían dejado de existir para Levin. Había perdido la noción del tiempo. Ahora los minutos —esos minutos en que ella lo llamaba a su lado y él le cogía la mano sudada, que tan pronto apretaba la suya con una fuerza extraordinaria como la rechazaba— le parecían horas, y las horas se le antojaban minutos. Se sorprendió cuando Yelizaveta Petrovna le pidió que encendiera una vela detrás del biombo, y entonces se dio cuenta de que ya eran las cinco de la tarde. Su perplejidad no habría sido menor si le hubieran dicho que eran las diez de la mañana. No habría sido capaz de decir dónde había estado todo ese tiempo y qué había sucedido a su alrededor. Veía el rostro inflamado de Kitty, que tan pronto expresaba perplejidad y sufrimiento como sonreía, tratando de clamarlo. También veía a la princesa, colorada, tensa, con los rizos grises despeinados y los ojos llenos de lágrimas, que se esforzaba en contener, mordiéndose los labios; veía a Dolly, al médico, que fumaba gruesos cigarrillos, a Yelizaveta Petrovna, con su rostro firme, resuelto y tranquilizador, y al viejo príncipe, que se paseaba por la sala con el ceño fruncido. Pero no sabía cómo entraban y salían, dónde estaban. La princesa tan pronto estaba con el médico en el dormitorio como en el despacho, donde se había puesto la mesa; a veces era Dolly quien ocupaba su puesto. Levin también recordaba que lo habían enviado a algún lugar. En una ocasión le pidieron que cambiara de sitio una mesa y un sofá. Y Levin puso en ello los cinco sentidos, pensando que era algo que Kitty necesitaba. Sólo más tarde se dio cuenta de que se trataba de su propio lecho. Más tarde lo enviaron al despacho para que le preguntara algo al médico, quien, después de responderle, se puso a hablarle de los desórdenes que se habían producido en la asamblea municipal. También lo mandaron al dormitorio de la princesa en busca de un icono con marco de plata dorada. Con ayuda de la vieja doncella de la princesa, se había encaramado a un aparador para cogerlo y había roto la lamparilla. Después de que la doncella le tranquilizara tanto con respecto a su mujer como a la lamparilla, llevó el icono al dormitorio de Kitty y lo puso a la cabecera, fijándolo con mucho cuidado detrás de las almohadas. Pero no habría sido capaz de decir dónde, cuándo y por qué había sucedido todo eso. Tampoco entendía por qué la princesa le había cogido la mano y, con una mirada compasiva, le pedía que se tranquilizara, por qué Dolly intentaba convencerle de que comiera un poco y lo sacaba de la habitación, ni siquiera por qué el médico lo miraba con aire grave y tanta piedad y le ofrecía unas gotas.