Sólo tenía claro que se encontraba en una situación semejante a la que había afrontado un año antes en aquella posada de provincias, al pie del lecho de muerte de su hermano Nikolái. Con la única diferencia de que aquello era motivo de tristeza y esto de alegría. Pero tanto aquella tristeza como esta alegría estaban fuera de las condiciones de la existencia cotidiana, eran como una especie de grieta que dejaba traslucir una vida superior. Las penas y sufrimientos que entrañaba el acontecimiento presente no eran menores que las de aquel otro, y el alma, al contemplar ese hecho supremo, se elevaba a cimas igual de inaccesibles, con las que antes no había soñado siquiera y adonde la razón no podía seguirla.
«Señor, perdónanos y ayúdanos», seguía repitiendo para sus adentros, feliz de haber recuperado, a pesar de su largo y en apariencia completo alejamiento de la religión, la misma confianza y sencillez con que se dirigía a Dios en su infancia y primera juventud.
Durante todo ese tiempo se debatió entre dos estados de ánimo distintos. Uno, lejos de Kitty, cuando estaba con el médico, que fumaba un grueso cigarrillo tras otro, apagándolos después en el borde del cenicero, lleno ya de colillas, o cuando charlaba con Dolly y con el príncipe, que le hablaban de comida, de política o de la enfermedad de Maria Petrovna. En tales ocasiones parecía olvidarse por un momento de lo que estaba sucediendo y tenía la sensación de haberse despertado de pronto. Otro, en presencia de Kitty, sentado a su cabecera. Entonces su corazón estaba a punto de estallar, henchido de compasión, y no paraba de suplicarle a Dios. Y, cada vez que en uno de esos momentos de olvido, le llegaba un grito desde el dormitorio, volvía a incurrir en el mismo error en que había caído en el primer momento: se levantaba de un salto y corría a justificarse; pero por el camino recordaba que no tenía la culpa. Y entonces sentía deseos de defenderla, de ayudarla. Pero, cuando la veía, se daba cuenta de que no podía ayudarla y, horrorizado, repetía: «Señor, perdónanos y ayúdanos». Cuanto más tiempo pasaba, más se reforzaban esos dos estados de ánimo: cuando no la tenía delante, se sentía cada vez más tranquilo, y hasta llegaba a olvidarla por completo; en cambio, en su presencia, los sufrimientos se volvían cada vez más insoportables, y también su propia sensación de impotencia. Y él se levantaba de un salto, con la intención de huir a alguna parte; pero al poco rato volvía corriendo a su lado.
A veces, cuando Kitty lo llamaba una y otra vez, Levin la abrazaba. Entonces, al ver su expresión sumisa y risueña y escuchar sus palabras: «Te estoy atormentando», se revolvía contra Dios, aunque al momento se acordaba de su plegaria y volvía a implorarle perdón y misericordia.
XV
Levin no sabía si era pronto o tarde. Todas las velas estaban a punto de consumirse. Dolly acababa de estar en el despacho y le había aconsejado al médico que se echara un rato. Levin, sentado, escuchaba lo que contaba el médico sobre un hipnotizador charlatán y contemplaba la ceniza de su cigarrillo. Era uno de esos períodos de calma y despreocupación. Se había olvidado por completo de lo que estaba sucediendo. Escuchaba el relato del médico y entendía lo que le estaba contando. De pronto resonó un grito que apenas parecía humano. Era tan terrible que Levin ni siquiera se sobresaltó, aunque, conteniendo la respiración, miró al médico con expresión asustada e inquisitiva. Éste ladeó la cabeza, aguzó el oído y sonrió en señal de aprobación. Todo era tan extraordinario que nada sorprendía a Levin. «Seguramente debe ser así», se dijo, sin moverse de su sitio. ¿Quién había proferido ese grito? Se levantó apresuradamente, entró de puntillas en el dormitorio, esquivó a Yelizaveta Petrovna y a la princesa y se quedó de pie en su puesto, a la cabecera. El grito había cesado, pero algo había cambiado, aunque no sabía exactamente qué. En realidad, prefería no saberlo. Pero lo advertía en el rostro de Yelizaveta Petrovna, severo, pálido y con la misma expresión de resolución, aunque las mandíbulas le temblaban ligeramente y no apartaba la vista de Kitty, congestionada y extenuada, con un mechón de cabellos pegados a la frente sudorosa, vuelta hacia Levin, cuya mirada buscaba. Levantó los brazos, cogió las frías manos de su marido entre las suyas sudorosas y las apretó contra su rostro.
—¡No te vayas, no te vayas! ¡No tengo miedo, no tengo miedo! —dijo con precipitación—. Mamá, quítame los pendientes. Me molestan. ¿Verdad que tú no tienes miedo? Rápido, rápido, Yelizaveta Petrovna... —Hablaba muy deprisa e intentaba sonreír. Pero de pronto se le desfiguró el rostro y rechazó a su marido—. ¡Ah, esto es horrible! ¡Me voy a morir, me voy a morir! ¡Vete, vete! —gritó, y una vez más volvió a oírse ese grito inhumano.
Levin se llevó las manos a la cabeza y salió corriendo de la habitación.
—¡No es nada, no es nada! ¡Todo va bien! —le dijo Dolly cuando pasó a su lado.
Pero, por más que le dijeran, Levin sabía que en esos momentos todo estaba perdido. Se quedó en la habitación contigua, con la cabeza apoyada en el marco de la puerta, escuchando esa especie de grito o aullido, que no se parecía a nada de lo que había oído hasta entonces, consciente de que quien gritaba de ese modo era esa criatura desfigurada que antaño había sido Kitty. Hacía ya tiempo que no deseaba tener un hijo. Ahora incluso odiaba a ese niño. Ni siquiera deseaba que Kitty viviera, sólo que acabaran de una vez sus horribles sufrimientos.
—¡Doctor! ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ¡Dios mío! —dijo, cogiendo por un brazo al médico, que entraba en esos momentos.
—Ya está terminando todo —replicó el médico. Y, al pronunciar esas palabras, su expresión era tan severa que Levin creyó entender que Kitty se moría.
Fuera de sí, entró corriendo en el dormitorio. Lo primero que distinguió fue el rostro de Yelizaveta Petrovna, aún más ceñudo y grave. A Kitty no la vio. En el lugar en que había estado hasta entonces había una criatura horrible, no sólo por la tensión de sus rasgos, sino también por los alaridos que profería. Levin apretó la cabeza contra el cabecero, sintiendo que el corazón se le rompía en pedazos. El terrible grito, lejos de acallarse, se hacía cada vez más espantoso; pero de pronto cesó, como si hubiera llegado al límite extremo del horror. Levin no daba crédito a sus propios oídos, pero no cabían dudas: el grito se había extinguido, y sólo se oía un murmullo discreto, un crujido de ropas, respiraciones afanosas y, por último, la voz de Kitty, entrecortada, tierna, viva y feliz, que decía apenas en un susurro: «Todo ha terminado».
Levin levantó la cabeza. Con los brazos inertes sobre la colcha, extraordinariamente bella y serena, Kitty lo miraba en silencio, esforzándose infructuosamente por sonreír.
Y de pronto Levin se sintió transportado de ese mundo misterioso, terrible y extraño en el que había pasado las últimas veintidós horas, a su mundo habitual, el de antes, ahora envuelto en la luz de esa nueva felicidad, tan radiante que apenas pudo soportarla. Las cuerdas, demasiado tensas, se quebraron. Sollozos y lágrimas de alegría, tan imparables como imprevistos, sacudieron todo su cuerpo, y durante un buen rato fue incapaz de pronunciar palabra.