Выбрать главу

Anna no respondió. Examinó con atención su rostro y sus manos, recordó con todo detalle la reconciliación de la víspera y las caricias apasionadas. «¡A cuántas mujeres habrá prodigado esas mismas caricias! Y lo que quiere ahora es seguir prodigándolas», pensaba.

—No quieres a tu madre. ¡No son más que palabras, palabras y palabras! —exclamó Anna, mirándole con odio.

—En tal caso habría que...

—Habría que decidirse, y yo ya lo he hecho —dijo Anna, e hizo ademán de marcharse, pero en ese momento entró en la habitación Yashvín. Anna lo saludó y se detuvo.

¿Por qué en un momento tan trascendental, cuando se veía abocada a una situación que podía tener consecuencias nefastas en su vida, y en su alma se había desatado semejante tempestad, le parecía necesario fingir delante de un extraño que tarde o temprano acabaría enterándose de todo? Ni ella misma lo sabía. Pero, en cualquier caso, dominando las pasiones que se habían desencadenado en su interior, se sentó y se puso a hablar con el recién llegado.

—Bueno, ¿cómo va su asunto? ¿Ha cobrado ya la deuda? —le preguntó a Yashvín.

—Va bien, pero parece que no cobraré toda la suma, y el miércoles tengo que marcharme. Y ustedes, ¿cuándo piensan partir? —preguntó Yashvín, mirando a Vronski con el ceño fruncido. Por lo visto, había adivinado que entre los dos había estallado una nueva disputa.

—Creo que pasado mañana —respondió Vronski.

—En cualquier caso, parece que llevan mucho tiempo preparándose.

—Pero esta vez nos hemos decidido —dijo Anna, sin apartar los ojos de Vronski, como dándole a entender que no había ninguna posibilidad de reconciliación—. ¿Es que no le da pena de ese desdichado de Pestsov? —preguntó, continuando la conversación que había entablado con Yashvín.

—Pues la verdad es que no me lo he preguntado, Anna Arkádevna. Tampoco en la guerra te preguntas si te da pena o no. Toda mi fortuna está aquí —dijo, señalando un bolsillo lateral—, y ahora soy un hombre rico. Hoy mismo iré al casino y puede que salga de allí como un mendigo. Pues el que se siente a jugar conmigo también querrá dejarme sin camisa, como yo a él. Será como un combate y ahí está la gracia.

—Y si estuviera usted casado, ¿cómo se lo tomaría su mujer? —preguntó Anna.

Yashvín se echó a reír.

—Precisamente por eso no me he casado nunca ni tengo intención de hacerlo.

—¿Y Helsingfors? —preguntó Vronski, interviniendo en la conversación, y echó un vistazo al rostro risueño de Anna.

Al percibir su mirada, Anna adoptó de pronto una expresión fría y severa, con la que pretendía decirle: «No me he olvidado. Todo sigue igual».

—¿Es que no ha estado enamorado? —le preguntó a Yashvín.

—¡Ah, Señor! ¡Muchas veces! Pero vea usted: hay quien puede sentarse a echar una partida y levantarse de la mesa cuando llega la hora del rendez-vous. Yo, en cambio, puedo ocuparme de asuntos del corazón, pero a condición de que no me impidan llegar a tiempo a la mesa de juego cada tarde. Así he organizado mi vida.

—No, no le pregunto por eso, le hablo del presente —Anna se refería a Helsingfors, pero no quería pronunciar una palabra que había dicho Vronski.

Llegó Vóitov para comprarle un potro a Vronski. Anna aprovechó la circunstancia para levantarse y salir de la habitación.

Antes de marcharse, Vronski pasó a verla. Ella hizo como si estuviera buscando algo en la mesa, pero, avergonzada de fingir, le miró directamente a la cara con frialdad.

—¿Qué quieres? —le preguntó en francés.

—Vengo a coger el certificado de Gambetta. Lo he vendido —respondió Vronski en un tono de voz que decía con mayor claridad que cualquier palabra: «No tengo tiempo para explicaciones; además, no conducirían a nada».

«No tengo la culpa de nada —pensó—. Si quiere mortificarse, tant pis pour elle.» 197

Pero, en el momento de salir, le pareció que le había dirigido la palabra, y su corazón se estremeció de compasión.

—¿Qué dices, Anna? —preguntó.

—Nada —respondió ella con la misma frialdad y serenidad.

«Pues si no es nada, tant pis», pensó Vronski, recobrando ese aire displicente, y se volvió para salir. Ya en el umbral, vio el rostro de Anna en el espejo, pálido y con los labios temblorosos. Estuvo a punto de detenerse para decirle una palabra amable, pero sus piernas le llevaron fuera de la habitación antes de que se le ocurriera algún comentario. Pasó todo el día fuera de casa y cuando regresó, a última hora de la tarde, la doncella le dijo que a Anna Arkádevna le dolía la cabeza y que le había rogado que no entrara a verla.

 

XXVI

Nunca había durado una disputa un día entero. Era la primera vez. Y no se trataba de una mera discusión. Era una muestra evidente de un alejamiento definitivo. ¿Cómo era posible que pudiera mirarla como lo había hecho cuando entró en la habitación a coger el certificado? Había visto que estaba desesperada, con el corazón hecho trizas y, sin embargo, había salido en silencio, con esa expresión de indiferencia e impasibilidad. No es que se hubiera vuelto frío con ella, es que la odiaba porque amaba a otra mujer. No cabía la menor duda.

Y, al recordar todas las crueldades que Vronski le había dicho, se imaginaba las que probablemente habría querido y podido decirle, y se irritaba cada vez más.

«No la retengo —podría haberle dicho—. Puede marcharse a donde le plazca. No ha querido divorciarse de su marido seguramente porque quiere volver con él. Pues adelante. Si necesita usted dinero, no tiene más que pedírmelo. ¿Cuántos rublos le hacen falta?»

Las mayores crueldades que podría haberle dicho un hombre grosero se las dijo Vronski en su imaginación, y Anna no podía perdonárselo, como si las hubiera escuchado de sus propios labios.

«Y ayer mismo me hacía promesas de amor, como si fuera un hombre sincero y honrado. ¡Me he desesperado ya tantas veces sin razón alguna!», se decía a continuación.

Excepto las dos horas que le llevó la visita a la señora Wilson, pasó todo el día preguntándose si todo había terminado o había todavía una esperanza de reconciliación, si debía marcharse ese mismo día o convenía verlo una vez más. Lo estuvo esperando todo el día, y, por la noche, al retirarse a su habitación, al ordenar que le dijeran que le dolía la cabeza, había pensado: «Si entra a verme, a pesar de las palabras de la doncella, significará que aún me ama. Si no viene, quedará claro que todo ha terminado. Entonces, ya veré lo que debo hacer...».

Por la noche oyó el rumor del coche, la llamada de Vronski, sus pasos y su conversación con la doncella: se había creído lo que le habían dicho y se había retirado a su habitación sin requerir más detalles. Por tanto, todo había terminado.

Y la muerte se le apareció con toda viveza y claridad como el único medio de restaurar el amor en el corazón de Vronski, de castigarlo y salir victoriosa de la batalla que ese espíritu maligno alojado en su corazón libraba con él.

Ahora le daba todo lo mismo: marcharse a Vozdvízhenskoie o quedarse, que su marido le concediera o le negara el divorcio. Todo eso era ya intrascendente. Sólo una cosa le importaba: castigarlo.

Cuando vertió en un vaso la dosis habitual de opio pensó que bastaría con tomarse todo el frasquito para morir, y la solución le pareció tan sencilla y fácil que se puso a pensar de nuevo con placer en cómo Vronski se atormentaría, se arrepentiría y veneraría su memoria cuando ya fuera demasiado tarde. Yacía en la cama con los ojos abiertos, mirando a la luz de una vela que acababa de consumirse las molduras del techo y la sombra que proyectaba un biombo, y se imaginaba con viveza lo que sentiría Vronski cuando ella hubiera dejado de existir y no fuese más que un recuerdo. «¿Cómo pude decirle esas palabras tan crueles? —se preguntaría—. ¿Cómo pude salir de la habitación sin decirle nada? Pero ahora ya no está. Se ha marchado para siempre de nuestro lado. Está allí...» De pronto la sombra del biombo osciló, se extendió por las molduras y por el techo; otras sombras salieron a su encuentro desde el lado opuesto. Por un instante retrocedieron, pero luego, al poco rato, volvieron a desplazarse con renovada rapidez, vacilaron un poco, se fundieron y todo quedó en penumbras. «¡La muerte!», pensó Anna. Y se apoderó de ella tal horror que durante un buen rato fue incapaz de comprender dónde estaba y de coger con sus manos trémulas una cerilla para encender otra vela en lugar de la que se había consumido y apagado. «¡No, cualquier cosa es mejor con tal de vivir! Yo le quiero y él me quiere. Todo esto pasará», se decía, sintiendo que lágrimas de alegría, motivadas por ese regreso a la vida, rodaban por sus mejillas. Y, para liberarse de la sensación de terror, se dirigió a toda prisa al despacho de Vronski.