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Ennegrecido por el polvo, que se le había pegado al rostro cubierto de sudor, Fiódor gritó algo a modo de respuesta, pero no hizo lo que Levin le pedía.

Éste se acercó al tambor, apartó a Fiódor y se puso a abastecer la máquina él mismo.

Después de trabajar hasta la hora de comer de los campesinos, salió del granero en compañía del abastecedor y entabló conversación con él, deteniéndose al lado de un montón de centeno amarillento dispuesto cuidadosamente en la era para trillar.

El abastecedor venía de una aldea lejana, en la que, hacía tiempo, Levin había cedido tierras para que las explotaran en régimen de cooperativa. Ahora se las había alquilado a un posadero.

Levin le habló a Fiódor de esas tierras y le preguntó si al año siguiente las arrendaría Platón, un campesino rico y bondadoso de esa misma aldea.

—El precio es muy alto. Platón no obtendrá ningún beneficio, Konstantín Dmítrich —respondió el campesino, quitándose unas espigas que se le habían metido dentro de la camisa sudada.

—¿Y cómo es que Kiríllov les saca provecho?

—¿Cómo no va a sacarles provecho Mitiuja —de esa manera despectiva llamó Fiódor al posadero—, Konstantín Dmítrich? Aprieta hasta que obtiene lo suyo. No se compadece de ningún cristiano. En cambio, el tío Fokánich —así llamaba al viejo Platón—, no despelleja a nadie. A uno le presta dinero, a otro le perdona la deuda. Por eso no hace dinero. Es un buen hombre.

—Pero ¿por qué perdona las deudas?

—Bueno, verá, no todos somos iguales. Unos sólo viven para sí mismos; por ejemplo Mitiuja, que no hace más que llenarse la panza. Fokánich, en cambio, es un anciano justo. Vive para el alma. Se acuerda de Dios.

—¿Cómo que se acuerda de Dios? ¿Qué es eso de que vive para el alma? —preguntó Levin casi a gritos.

—Pues ya se sabe: respeta la verdad, sigue la ley de Dios. No todos los hombres somos iguales. Usted, por ejemplo, tampoco es capaz de ofender a nadie...

—¡Bueno, bueno, adiós! —exclamó Levin, tan agitado que casi no podía respirar. Acto seguido se dio la vuelta, cogió su bastón y se alejó rápidamente en dirección a la casa.

Una alegría hasta entonces desconocida se apoderó de él. Al oírle decir a Fiódor que Fokánich vivía para el alma, respetando la verdad y siguiendo la ley de Dios, unos pensamientos confusos, pero de enorme importancia, surgieron en tropel de algún rincón de su ser y, tendiendo todos a un mismo fin, se pusieron a revolotear en su cabeza, cegándole con su luz.

 

XII

Levin iba por el camino real a grandes pasos, atento no tanto a sus pensamientos (todavía no había conseguido ordenarlos) como a su estado de ánimo, desconocido hasta entonces para él.

Las palabras que había pronunciado el campesino habían producido en su alma el efecto de una chispa eléctrica que de pronto hubiera transformado y unido en una sola cosa todo el enjambre de pensamientos descabalados, impotentes e inconexos que le ocupaban en todo momento. Sin que él mismo se diera cuenta, esas ideas habían estado bullendo en su cabeza mientras hablaba del arriendo de las tierras.

Sentía algo nuevo en su alma y, aunque no sabía lo que era, su mera presencia bastaba para llenarlo de alegría.

«No vivir para uno mismo, sino para Dios. ¿Para qué Dios? Para Dios. ¿Es que puede decirse algo más insensato que lo que él ha dicho? Según Fiódor, no hay que vivir para uno mismo, es decir, debemos dejar de lado lo que comprendemos, lo que nos atrae y lo que nos gusta, en beneficio de algo incomprensible, de Dios, al que nadie puede comprender ni definir. ¿Entonces? ¿Es que no he entendido las insensatas palabras de Fiódor? Y, una vez comprendidas, ¿he dudado de su justicia? ¿Me han parecido estúpidas, confusas o imprecisas?

»No, las he comprendido de la misma manera que él; las he comprendido plenamente y con más claridad que cualquier otra cosa en la vida. Jamás las he puesto ni las pondré en cuestión. Y no soy sólo yo. Es la única cosa que todo el mundo comprende plenamente, la única de la que no dudan y en la que están siempre de acuerdo.

»Fiódor dice que Kiríllov, el posadero, vive para llenarse la panza. Es comprensible y razonable. En la medida en que somos seres racionales, sólo vivimos para llenarnos la panza. Y de pronto ese mismo Fiódor dice que esa manera de vivir es reprobable, que hay que vivir para la verdad, para Dios, y yo le entiendo sin necesidad de más explicaciones. Yo, los millones de personas que vivieron en los siglos pasados y los millones que viven ahora, tanto los campesinos y los pobres de espíritu, como los sabios que han meditado y escrito sobre la cuestión, que dicen lo mismo con su lenguaje confuso, todos estamos de acuerdo en una única cosa: para qué se debe vivir y en qué consiste el bien. Yo y millones de personas tenemos una única certeza firme, clara e indudable, una certeza que no puede explicarse por medio de la razón: está fuera de su ámbito, y no tiene causas ni puede tener consecuencias.

»Si el bien tiene una causa, ya no es bien. Si tiene una consecuencia, en forma de recompensa, tampoco lo es. Por tanto, el bien está fuera de la cadena de causas y efectos.

»Eso es lo que sé, eso es lo que todo el mundo sabe.

»¿Acaso puede haber un milagro más grande?

»¿Es posible que haya encontrado la solución de todo? ¿Es posible que mis sufrimientos hayan terminado?», penaba Levin, andando por el camino polvoriento, sin notar el calor ni el cansancio, experimentando una sensación de alivio después de largos padecimientos. La sensación era tan alegre que le parecía inverosímil. Se ahogaba de emoción y, sin fuerzas para seguir adelante, dejó a un lado el camino, se internó en un bosque y se sentó a la sombra de los álamos, sobre la hierba sin segar. Se quitó el sombrero de la cabeza empapada en sudor y se tendió en la áspera y jugosa hierba del bosque, apoyándose en un brazo.

«Sí, tengo que ordenar mis ideas, esforzarme por comprender —pensaba, mirando fijamente la hierba incólume que tenía delante, y, siguiendo los movimientos de un insecto verde que subía por un tallo de grama y veía interrumpido su avance por una hoja de angélica—. Desde el comienzo mismo —se dijo, apartando la hoja de angélica para que el insecto pudiera pasar y acercándole otra hierba—. ¿Por qué estoy tan alegre? ¿Qué es lo que he descubierto?

»Antes decía que en mi cuerpo, en el cuerpo de esa planta y en el de ese insecto (no ha querido trepar por esa hierba, ha desplegado las alas y ha salido volando) se producía un intercambio de materia, de acuerdo con leyes físicas, químicas y fisiológicas. Y que en todos nosotros, como también en los álamos, en las nubes y en las nebulosas se produce una evolución. ¿Evolución de qué? ¿Hacia qué? ¿Una evolución y una lucha infinitas?... ¡Como si pudiera existir una dirección o una lucha infinita! Y me sorprendía que, a pesar de devanarme los sesos intentando comprender, no se me aclarara el sentido de la vida, ni el de mis impulsos y aspiraciones. Cuando el sentido de mis impulsos es tan evidente que se refleja en toda mi vida. De ahí mi sorpresa y alborozo al oír esas palabras del campesino: vivir para Dios, para el alma.

»No he descubierto nada. Únicamente me he enterado de lo que ya sabía. He comprendido esa fuerza que no sólo me ha dado la vida en el pasado, sino que también me la da ahora. Me he liberado del engaño, he encontrado a mi señor.»

Y de forma sucinta Levin pasó revista a los pensamientos que le habían asaltado en el transcurso de esos dos últimos años, empezando por aquella percepción nítida y rotunda de la muerte al ver a su hermano agonizante.

Entonces comprendió claramente por primera vez que todos los hombres, incluido él, no tenían más futuro que el sufrimiento, la muerte y el olvido eterno y llegó a la conclusión de que era imposible vivir así, que no le quedaba más salida que encontrar una explicación para que la vida no le pareciera una burla maligna y diabólica o, en caso contrario, pegarse un tiro.

Pero no hizo ni lo uno ni lo otro, y siguió viviendo, pensando y sintiendo. Y no sólo eso, sino que en esa época hasta llegó a casarse, conoció muchas alegrías y fue feliz, siempre y cuando no pensara en el sentido de su vida.