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—Esperemos un poco —respondió Levin.

—Como quieras.

Estaban a una distancia de quince pasos.

—¡Stiva! —exclamo Levin de pronto, de manera inesperada—. Todavía no me has dicho si se ha casado tu cuñada o cuándo se va a casar.

Se sentía tan sereno y seguro de sí mismo que estaba convencido de que ninguna respuesta podría afectarle. Pero en ningún caso esperaba lo que escuchó de labios de Stepán Arkádevich.

—Ni se ha casado ni piensa casarse. Está muy enferma, y los médicos la han enviado al extranjero. Hasta se teme por su vida.

—¡Qué me dices! —exclamó Levin—. ¿Y está muy enferma? ¿Qué le pasa? Y cómo...

Mientras los dos amigos hablaban, Laska, aguzando las orejas, miraba el cielo y luego se volvía a ellos con expresión de reproche.

«Vaya momento de ponerse a charlar. Ya viene una... Sí, ahí está. La van a dejar escapar», pensaba Laska.

En ese momento los cazadores oyeron un silbido penetrante, que casi les hizo daño en los oídos, y ambos echaron mano de sus escopetas Centellearon dos relámpagos y resonaron dos disparos al mismo tiempo La chocha, que volaba a gran altura, plegó las alas por un instante y cayó en la espesura, quebrando los brotes tiernos.

—¡Estupendo! ¡Le hemos acertado a la vez! —exclamó Levin y salió corriendo con Laska en busca de la pieza.

«¿Qué era eso que me ha disgustado? —se preguntaba—. Ah, sí, Kitty está enferma... Es una pena, pero ¿qué se le va a hacer?»

—¡Ah, la has encontrado! ¡Qué lista eres! —dijo, tomando el ave, aún caliente, de las fauces de Laska, y metiéndola en el morral, casi lleno—. ¡La he encontrado, Stiva! —gritó.

 

XVI

De camino a casa, Levin se informó de todos los detalles de la enfermedad de Kitty y de los planes de los Scherbatski. Aunque le avergonzaba reconocerlo, esas novedades le causaron un secreto placer. Le alegraba que aún quedara alguna esperanza y, sobre todo, que ella, que tanto daño le había hecho, también estuviera sufriendo. Pero, cuando Stepán Arkádevich le habló de las causas de la enfermedad y mencionó el nombre de Vronski, le interrumpió:

—No tengo ningún derecho a enterarme de esos secretos de familia. Además, tampoco me interesan.

Stepán Arkádevich esbozó una sonrisa apenas perceptible: había captado en los rasgos de Levin uno de esos bruscos cambios de humor, a los que ya estaba acostumbrado, que le hacían pasar, en cuestión de segundos, de la alegría a la tristeza.

—¿Has ultimado la venta del bosque con Riabinin? —preguntó Levin.

—Sí. El precio es inmejorable: treinta y ocho mil rublos. Ocho mil por adelantado, y el resto en un plazo de seis años. Llevo ya mucho tiempo ocupándome de ese asunto. Nadie me ofrecía más. —Vamos, que has vendido el bosque regalado —replicó Levin, sombrío. —¿Por qué dices eso? —preguntó Stepán Arkádevich con una sonrisa benévola: sabía que ahora a su amigo todo le parecería mal.

—Porque ese bosque vale por lo menos quinientos rublos la hectárea —respondió Levin.

—¡Ah, estos propietarios rurales! —bromeó Stepán Arkádevich—. ¡Siempre ese tono de desprecio por los que venimos de la ciudad! Pero, cuando se trata de cerrar un asunto, nos las arreglamos mejor que nadie. Créeme, lo he calculado todo, y la venta me parece tan ventajosa que hasta tengo miedo de que el comprador se eche atrás. Ten en cuenta que no es un bosque maderable —añadió, convencido de que esa sola palabra, «maderable», bastaría para desbaratar todas las dudas de Levin—, sino de leña. No dará más de treinta estéreos por hectárea, y Riabinin me la paga a doscientos rublos.

Levin sonrió con desprecio. «Conozco muy bien esa manera de hablar de todos esos señores de la ciudad —pensó—. Vienen al campo un par de veces cada diez años, se aprenden dos o tres expresiones de la vida rural, las emplean tanto si viene a cuento como si no y están plenamente convencidos de que lo saben todo. "Maderable, treinta estéreos." Dice palabras cuyo significado no conoce.»

—No me permitiría darte lecciones sobre los documentos de los que os ocupáis en tu oficina —dijo—. Al contrario, en caso necesario te pediría consejo. En cambio, tú te figuras que lo sabes todo de los bosques. Y es un asunto complicado. ¿Has contado los árboles?

—¿Cómo voy a contar los árboles? —replicó Stepán Arkádevich, echándose a reír. En ese momento lo único que deseaba era que su amigo recuperara su buen humor—. Aunque una inteligencia superior pudiera contar la arena del mar, los rayos de los planetas... 27

—Pues te aseguro que la inteligencia superior de Riabinin puede hacerlo. No hay comerciante que no compre un bosque sin contar los árboles, a no ser que le den el bosque regalado, como has hecho tú. Conozco tu bosque. Todos los años voy allí a cazar, y te aseguro que vale quinientos rublos la hectárea, en dinero contante y sonante. Y él te da sólo doscientos, y a plazos. En definitiva, le estás regalando treinta mil rublos.

—Bueno, no exageres —replicó Stepán Arkádevich con voz quejumbrosa—. En ese caso, ¿por qué nadie me ha ofrecido esa suma?

—Porque se ha puesto de acuerdo con los demás comerciantes, a quienes habrá entregado una indemnización. He hecho tratos con todos ellos y los conozco. No son comerciantes, sino especuladores. Riabinin jamás se metería en un negocio que le proporcionara un beneficio de un diez o un quince por ciento. Espera hasta poder comprar por veinte kopeks lo que vale un rublo.

—¡Bueno, basta! Ya veo que estás de mal humor.

—En absoluto —dijo Levin con aire sombrío, en el momento en que llegaban a la casa.

Delante de la entrada había un coche con sólidos refuerzos de hierro y cuero, uncido a un caballo bien cebado, con anchos arneses, en el que descansaba el administrador de Riabinin, un individuo sanguíneo, con el cinturón muy apretado, que también hacía las veces de cochero. Su amo en persona ya había entrado en la casa, y se encontró con los amigos en el vestíbulo. Era un hombre alto y enjuto, de mediana edad, mentón rasurado y prominente, bigote, ojos saltones y turbios. Vestía una levita larga de color azul, con botones en la parte baja de la espalda, y unas botas altas, arrugadas en los tobillos y lisas a la altura de las pantorrillas, con unos gran des chanclos por encima. Se enjugó el rostro con un pañuelo y, cruzando se la levita, que ya sin eso le quedaba muy bien, saludó con una sonrisa a los recién llegados y tendió la mano a Stepán Arkádevich, como si quisiera atrapar alguna cosa.

—Ya ha llegado usted. Estupendo —dijo Stepán Arkádevich, dándole la mano.

—Aunque los caminos están muy mal, no me he atrevido a desobedecen las órdenes de su excelencia. Puedo decir, de una manera positiva, que he hecho todo el viaje a pie, pero he llegado puntual. Mis respetos, Konstantín Dmítrich —añadió, dirigiéndose a Levin, y le tendió también la mano. Pero éste, enfurruñado, hizo como si no se hubiese dado cuenta y se puso a sacar las chochas—. ¿Han estado ustedes de caza? ¿Qué clase de aves son éstas? —preguntó, mirando con desprecio las chochas—. A saber qué gusto tendrán. —Y movió la cabeza con desaprobación, como si dudara de que mereciera la pena ir de caza para cobrar semejantes piezas. —¿Quieres pasar a mi despacho? —preguntó Levin en francés a Stepán Arkádevich, frunciendo el ceño con expresión sombría—. Allí podrán ustedes hablar.

—Vamos donde usted quiera —dijo Riabinin con aire de desdeñosa superioridad, como dando a entender que él no tenía inconveniente en tratar con toda clase de personas y que se encontraba cómodo en cualquier ambiente, no como otros.

Al entrar en el despacho, Riabinin, según tenía acostumbrado, miró a su alrededor, buscando el icono, pero, al no encontrarlo, no se santiguó. Contempló los armarios y las estanterías de libros, y, con esa misma expresión dubitativa con que había examinado las chochas, negó con la cabeza y una sonrisa despectiva: también en este caso le parecía que la cosa no merecía la pena.

—¿Qué, ha traído el dinero? —preguntó Oblonski—. Siéntese.