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—Qué bien presentado —dijo, examinando y desenvolviendo una pastilla de jabón de olor que Agafia Mijáilovna había puesto para el invitado y que éste no había usado—. Fíjate, es una obra de arte. —Sí, en nuestros días asistimos a toda suerte de mejoras —dijo Stepán Arkádevich, separando los húmedos labios en un bostezo beatífico—. Los teatros, por ejemplo, y todos esos lugares de diversión... ¡Ah, ah, ah! —volvió a bostezar—. Hay luz eléctrica en todas partes... ¡Ah, ah!

—Sí, luz eléctrica —repuso Levin—. Sí. Bueno, ¿y dónde está ahora Vronski? —preguntó de pronto, poniendo el jabón en su sitio. —¿Vronski? —preguntó Stepán Arkádevich, dejando de bostezar—. En San Petersburgo. Se fue poco después de que te marcharas tú y desde entonces no ha vuelto a poner los pies en Moscú. Mira, Kostia, voy a decirte la verdad —prosiguió, acodándose en la mesa y apoyando en la mano su hermoso y rubicundo rostro, en el que los ojos bondadosos, húmedos y soñolientos centelleaban como dos estrellas—. La culpa de todo la tienes ni En cuanto viste a un rival, te asustaste. Pero vuelvo a decirte lo que ya te dije entonces: no sé cuál de los dos tenía más posibilidades. ¿Por qué no tomaste la iniciativa? Como te dije aquella vez... —Y bostezó sólo con las mandíbulas, sin abrir la boca.

«¿Sabrá o no sabrá que pedí su mano? —pensó Levin, mirándole—. Sí, habla con cierta astucia, como un diplomático», y, dándose cuenta de que se ponía colorado, le miró a los ojos sin pronunciar palabra.

—Aun en caso de que hubiera sentido cierta inclinación por él, no habría sido más que un encaprichamiento superficial —continuó Oblonski—. Fue su madre, no ella, quien se dejó seducir por sus maneras aristocráticas y la brillante posición que ocuparía Kitty en la sociedad.

Levin frunció el ceño. La ofensa del rechazo le abrasó de pronto el corazón, como una herida fresca y reciente. Por fortuna estaba en casa, y entre esas cuatro paredes se sentía más seguro.

—Espera, espera —replicó, interrumpiendo a Oblonski—. Dices que es un aristócrata. Pero, permíteme que te pregunte: ¿en qué consiste la aristocracia de Vronski o de cualquier otra persona? ¿Y acaso puede justificar el desprecio que se me ha mostrado? Consideras que Vronski es un aristócrata, pero yo no comparto tu opinión. Un hombre cuyo padre salió de la nada gracias a sucias intrigas y cuya madre ha estado liada Dios sabe con cuántos... No, perdona, pero yo considero aristócratas a las personas que, como yo, pueden hacer gala de tres o cuatro generaciones honradas, que se distinguen por su alto grado de educación (el talento y la inteligencia son otra cosa), que no se inclinan ante nadie ni tienen necesidad de nadie, como mi padre y mi abuelo. Y conozco a muchos hombres así. Regalas treinta mil rublos a Riabinin y consideras mezquino que cuente los árboles de mis bosques. Pero tú recibirás rentas de tus tierras y no sé qué más, mientras que yo no recibiré nada. Por eso aprecio lo que he recibido de mis antepasados y lo que he obtenido con mi trabajo... Los aristócratas somos nosotros, no quienes viven de la limosna de los poderosos de este mundo y los que se dejan comprar por un par de monedas.

—¿A quién estás atacando? Comparto tu opinión —respondió Stepán Arkádevich con tono sincero y alegre, aunque se daba cuenta de que Levin le incluía también a él entre aquellos a quienes podía comprarse por un par de monedas. En cualquier caso, la animación de su amigo le gustaba de veras—. ¿A quién atacas? Muchas de las cosas que has dicho de Vronski no son ciertas, pero no se trata de eso. Te lo diré sin rodeos: tendrías que venirte conmigo a Moscú y...

—No, no sé si estás enterado de lo que sucedió, pero me da igual. Ya que ha salido el tema, te diré que me declaré y fui rechazado. En estos momentos Katerina Aleksándrovna sólo es para mí un recuerdo penoso y humillante.

—¿Por qué? ¡Vaya bobada!

—No hablemos más de ello. Te ruego que me perdones si he sido grosero contigo —dijo Levin. Una vez que se había desahogado, había recuperado el buen humor que tenía por la mañana—. ¿No estás enfadado conmigo, verdad, Stiva? Por favor, no te enfades —añadió sonriendo, y cogió su mano.

—¡Qué va, hombre! ¿Por qué iba a enfadarme? Me alegro de que nos hayamos explicado. ¿Y sabes lo que te digo? La caza suele ser buena por la mañana. ¿Por qué no probamos? En vez de dormir, podría ir directamente a la estación desde el lugar en el que nos encontremos. —Estupendo.

 

XVIII

A pesar de que la vida interior de Vronski se concentraba por entero en su pasión, su vida exterior seguía los cauces de siempre, es decir, oscilaba entre los deberes de la vida de sociedad y las obligaciones del servicio. Los intereses del regimiento desempeñaban un papel relevante en su existencia, en primer lugar porque lo estimaba mucho y en segundo porque allí gozaba del cariño de todos. No sólo es que lo quisieran, sino que lo respetaban y estaban orgullosos de él. Les halagaba que un hombre tan rico, tan instruido y tan capaz, que podía triunfar en cualquier ámbito, satisfacer su ambición y su vanidad en todo lo que se propusiera, antepusiera los asuntos del regimiento y las vicisitudes de sus camaradas a cualquier otro aspecto de la vida. Vronski era consciente de los sentimientos que inspiraba en sus compañeros; por eso, además de que le gustaba ese régimen de vida, se creía obligado a no defraudar esas expectativas.

Ni que decir tiene que no hablaba con ninguno de sus compañeros de su amor. No se le escapaba una palabra de más ni siquiera en las juergas más desenfrenadas (por lo demás, nunca se emborrachaba hasta perder el control de sí mismo) y cerraba la boca de los compañeros indiscretos que se permitían alguna alusión. No obstante, toda la ciudad estaba al tanto de esa aventura, todo el mundo sospechaba más o menos sus relaciones con la señora Karénina. La mayoría de los jóvenes le envidiaba precisamente por el aspecto que a él le preocupaba más: la elevada posición del marido y, en consecuencia, el eco de esa intriga amorosa en sociedad.

La mayoría de las mujeres jóvenes, que envidiaban a Anna y estaban hartas de que se alabara su virtud, se alegraban de que se hubieran cumplido sus predicciones y sólo esperaban que la opinión pública cambiara de signo para descargar sobre ella todo el peso de su desprecio. Ya estaban preparando las pellas de barro que le arrojarían cuando llegara el momento. Casi todas las personas de edad y las que ocupaban una posición relevante se mostraban descontentas del escándalo que se avecinaba.

La madre de Vronski, que estaba enterada de la relación, en un principio se había mostrado satisfecha, pues, en su opinión, no había nada mejor que una aventura con una mujer de la alta sociedad para completar la formación de un joven brillante. Por otro lado, Anna, que tanto le había gustado y que sólo hablaba de su hijo, había acabado como acababan todas las mujeres bonitas y decentes, según el modo de pensar de la vieja condesa, y eso también le agradaba. Pero en los últimos tiempos había sabido que su hijo había renunciado a un puesto importante para su carrera con el único fin de quedarse en el regimiento y seguir viendo a Anna; también había llegado a sus oídos que esa decisión había contrariado mucho a algunos personajes influyentes. Fue entonces cuando cambió de opinión. También le disgustaba que, a juzgar por lo que le habían contado de esa relación, no se tratara de ese vínculo brillante y prestigioso que ella habría aprobado, sino más bien de una pasión desesperada, al estilo de la de Werther, según le habían comentado, que podía llevar a su hijo a cometer una tontería. Como no lo veía desde su inopinada partida de Moscú, le había pedido, por medio del hijo mayor, que fuera a visitarla. El hijo mayor también estaba descontento de su hermano. Lo mismo le daba si era un amor profundo o pasajero, apasionado o superficial, inocente o depravado (él mismo, a pesar de que era padre de familia, mantenía a una bailarina, y, por tanto, se mostraba indulgente con esas cosas). Pero sabía que ese amor desagradaba a aquellos que daban el tono en sociedad, y, en consecuencia, censuraba el comportamiento de su hermano.