Al salir, el médico se tropezó en la escalera con Sliudin, secretario particular de Alekséi Aleksándrovich, al que conocía bien. Habían sido compañeros en la universidad y, aunque se veían de tarde en tarde, se respetaban y eran buenos amigos. En suma, a nadie mejor que a Sliudin podía hablarle con sinceridad del estado de salud de su paciente.
—Cuánto me alegro de que lo haya reconocido —dijo Sliudin—. No se encuentra bien, y me parece... ¿Cómo lo ha encontrado?
—Pues verá usted —dijo el médico, al tiempo que hacía un gesto a su cochero por encima de la cabeza de Sliudin para que se acercara—. Mire —añadió, cogiendo con sus blancas manos un dedo de sus guantes de cabritilla y estirándolo—. Es muy difícil romper una cuerda cuando no está tensa. Pero, si la estira, basta la presión de un dedo para quebrarla. Y Alekséi Aleksándrovich, con su constancia y su dedicación al trabajo, ha tensado la cuerda hasta no poder más; además hay una presión exterior, y bastante violenta —concluyó enarcando las cejas con aire significativo—. ¿Va a ir usted a las carreras? —preguntó, mientras se acercaba al coche—. Sí, sí, ya sé que perdería mucho tiempo —contestó el médico a algún comentario de Sliudin que no había oído bien.
Después del médico, que le había entretenido tanto, apareció el célebre viajero, y Alekséi Aleksándrovich, valiéndose del folleto que acababa de leer y de sus conocimientos previos sobre la materia, le sorprendió por su amplitud de miras y la riqueza de sus informaciones.
Al mismo tiempo le anunciaron la visita de un mariscal de la nobleza de una provincia, que se encontraba en San Petersburgo y tenía necesidad de hablar con él. Después de su marcha, Alekséi Aleksándrovich pasó a abordar con su secretario las cuestiones del día que aún le quedaban por tratar, y, a continuación, fue a visitar a un personaje encumbrado para discutir un asunto de gran importancia y trascendencia. No regresó hasta las cinco de la tarde, hora a la que solía comer. Comió con su secretario, a quien invitó a su quinta veraniega y a las carreras.
Sin darse cuenta, Alekséi Aleksándrovich procuraba que en sus entrevistas con su mujer estuviera siempre presente una tercera persona.
XXVII
Anna estaba en el piso de arriba, delante del espejo, prendiendo la última cinta del vestido con la ayuda de Ánnushka, cuando oyó el crujido de las ruedas en la grava de la entrada.
«Es aún pronto para que sea Betsy —pensó y, echando un vistazo por la ventana, vio un coche en el que reconoció el sombrero negro y las orejas de Alekséi Aleksándrovich, que conocía tan bien—. ¡Qué inoportuno! ¡Como se le ocurra quedarse a pasar la noche!», se dijo».
Las consecuencias de esa visita inesperada le parecían tan terribles y espantosas que, sin reflexionar un segundo, salió a recibirle con el rostro radiante y expresión alegre, dominada por el espíritu de falsedad y mentira al que tanto se entregaba en los últimos tiempos, y se puso a hablarle sin saber ella misma lo que decía.
—¡Ah, qué detalle por tu parte! —exclamó, tendiéndole la mano a su marido y saludando con una sonrisa a Sliudin, que era casi de la familia—. Espero que te quedes a dormir —tales fueron las primeras palabras que le inspiró el espíritu de la mentira—. Iremos juntos a las carreras. Lo único que siento es que le he prometido a Betsy que iría con ella. Va a pasar a buscarme.
Al oír ese último nombre, Alekséi Aleksándrovich frunció el ceño.
—Ah, no me propongo separar a las inseparables —replicó con su habitual tono burlón—. Iré con Mijaíl Vasílievich. Los médicos me han recomendado ejercicio. Daré un paseo y me imaginaré que aún sigo en el balneario.
—Pero no tienes por qué darte tanta prisa —dijo Anna—. ¿Te apetece una taza de té? —Llamó—. Sirva el té y dígale a Seriozha que ha llegado Alekséi Aleksándrovich. Bueno, ¿cómo te encuentras de salud? Mijaíl Vasílievich, es la primera vez que viene usted por aquí. Mire qué bien se está en la terraza —decía, dirigiéndose tan pronto a uno como a otro, con gran sencillez y naturalidad. Pero hablaba demasiado y con excesiva premura. Ella misma se daba cuenta, sobre todo por la mirada de curiosidad que creyó sorprender en el rostro de Mijaíl Vasílievich cuando éste salió a la terraza. Anna se sentó al lado de su marido—. No tienes muy buen aspecto —dijo.
—En efecto. Hoy ha estado en casa el médico y me ha hecho perder una hora entera. Tengo la sospecha de que lo ha enviado alguno de mis amigos. Por lo visto, mi salud es preciosa...
—¿Y qué es lo que te ha dicho?
Anna le preguntó por su salud y sus actividades, le recomendó que descansara y le propuso que se instalara con ella en el campo.
Y todo eso lo decía con alegría, cierto apresuramiento y un brillo especial en los ojos; pero Alekséi Aleksándrovich no concedía la menor importancia a ese tono. Se limitaba a escuchar sus palabras y las interpretaba en sentido literal. En cuanto a sus respuestas, eran sencillas, aunque siempre con un matiz irónico. La conversación no tenía nada de particular, pero, con el paso del tiempo, Anna no sería capaz de recordarla sin que la atormentara un doloroso sentimiento de vergüenza.
Entró Seriozha, precedido de su institutriz. Si Alekséi Aleksándrovich hubiera perdido unos instantes en observarle, se habría dado cuenta de la mirada tímida y recelosa con que el niño lo miró primero a él y luego a su madre. Pero, como no quería ver, no se percató de nada.
—¡Ah, jovencito! Cómo has crecido. La verdad es que te estás haciendo todo un hombre. Hola, jovencito.
Y le tendió la mano al azorado niño.
Si ya antes se sentía cohibido en presencia de Alekséi Aleksándrovich, desde que recibía ese tratamiento y se empeñaba en averiguar si Vronski era amigo o enemigo, Seriozha tenía miedo de su padre. Se volvió a su madre como pidiéndole protección. Sólo con ella se sentía a gusto. El señor Karenin, poniendo la mano en el hombro de su hijo, empezó a hablar con la institutriz. Seriozha se sintió completamente desconcertado y Anna se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar. Se había puesto colorada cuando lo vio entrar. Y ahora, al reparar en su turbación, se levantó de un salto, retiró la mano de Alekséi Aleksándrovich del hombro de su hijo, le dio un beso, se lo llevó a la terraza y volvió al poco rato.
—Es hora de irse —dijo, consultando su reloj—. Betsy ya tendría que haber llegado...
—Sí —dijo Alekséi Aleksándrovich, poniéndose en pie, entrelazando las manos y apretando los dedos para que crujieran—. También he venido para traerte el dinero, porque los ruiseñores no se alimentan de fábulas —añadió—. Supongo que te hará falta.
—No, no lo necesito... Sí, la verdad es que sí —replicó Anna, sin mirarle y enrojeciendo hasta la raíz del cabello—. Me imagino que pasarás por aquí después de las carreras.
—¡Pues claro! —contestó Alekséi Aleksándrovich—. Ahí está la princesa Tverskaia, la gala de Peterhof —prosiguió, mirando por la ventana un coche inglés, de caja muy alta y pequeña, tirado por caballos con anteojeras—, ¡Qué maravilla! ¡Qué elegancia! Bueno, nosotros también tenemos que irnos.
La princesa Tverskaia no se bajó del coche. Sólo se apeó su lacayo, con polainas, esclavina y sombrero negro.
—Me voy, adiós —dijo Anna y, después de besar a su hijo, se acercó a su marido y le tendió la mano—. Te agradezco mucho que hayas venido.
Alekséi Aleksándrovich le besó la mano.
—Bueno, hasta la vista. Entonces, vendrás a tomar el té. ¡Estupendo! —añadió Anna, antes de salir, resplandeciente y alegre.
Pero, en cuanto perdió de vista a su marido, se estremeció de repugnancia, sintiendo en la mano el roce de sus labios.
XXVIII
Cuando Alekséi Aleksándrovich apareció en el hipódromo, Anna ya se había acomodado en la tribuna al lado de Betsy, rodeada de lo más granado de la sociedad. Dos hombres, su marido y su amante, constituían los dos polos de su vida, y era capaz de adivinar su presencia sin ayuda de los sentidos. Ya de lejos percibió la proximidad de su marido y siguió involuntariamente su avance en medio de la riada humana. Vio cómo se acercaba a la tribuna, ya respondiendo condescendiente a las reverencias obsequiosas, ya saludando en tono amistoso y despreocupado a sus iguales, ya procurando atraer las miradas de los poderosos de este mundo y quitándose su amplio sombrero hongo, que apoyaba en las puntas de las orejas. Anna conocía sus ademanes, y todos le resultaban igualmente desagradables. «En su alma sólo hay cabida para la ambición y el deseo de triunfo —pensaba—. Y todas esas consideraciones elevadas sobre las luces del conocimiento y la importancia de la religión no son más que un medio para alcanzar su fin.»