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Después de ponderar y descartar la idea del duelo, Alekséi Aleksándrovich pasó a analizar la cuestión del divorcio, otra de las soluciones que habían elegido algunos maridos burlados. Tras repasar todos los casos que recordaba (había muchos en la alta sociedad, que Karenin conocía bien), no encontró ninguno que respondiera al propósito que él tenía en mente. En todos los casos el marido había cedido o vendido a la mujer infiel, y, aunque ésta no tenía derecho a casarse de nuevo, el caso es que entablaba una relación ficticia, seudolegítima, con su nuevo cónyuge. Alekséi Aleksándrovich se daba cuenta de que, en su caso, sería imposible obtener un divorcio legal, es decir, sin otras consecuencias que el repudio de la esposa adúltera. Comprendía que las complicadas condiciones de su vida no le permitirían proporcionar las zafias pruebas que exigía la ley para determinar la culpabilidad de la esposa. Era consciente de que el propio refinamiento de su vida le impediría hacer uso de las pruebas, suponiendo que las hubiere, porque el principal perjudicado por las revelaciones, a ojos de la opinión publica, no sería su esposa, sino él.

Una petición de divorcio sólo conduciría a un proceso escandaloso, del que se aprovecharían sus enemigos para calumniarlo y menoscabar su prestigio. En suma, el principal fin que perseguía, resolver la situación con las menores complicaciones posibles, tampoco lo lograría por medio del divorcio. Además, una simple petición de divorcio, independientemente del resultado, implicaba que la mujer rompía sus vínculos con el marido y podía unirse a su amante. Y, por más que Alekséi Aleksándrovich afirmara no sentir más que indiferencia y desprecio por Anna, no había logrado expulsarla del todo de su corazón. En suma, no deseaba que pudiera unirse a Vronski sin impedimentos, pues de ese modo su falta redundaría en su propio beneficio. Ese pensamiento le resultaba tan ofensivo que, sólo con imaginárselo, gimió de dolor, se incorporó, cambió de postura y pasó un buen rato con el ceño fruncido, las piernas huesudas y ateridas envueltas en la esponjosa manta.

«Además del divorcio formal, podría seguir el ejemplo de Karibánov, Paskudin y el bueno de Dram, es decir, separarme de mi mujer», siguió pensando Alekséi Aleksándrovich, ya más calmado. Pero esa medida presentaba los mismos inconvenientes que el divorcio, y, lo más importante, también arrojaba a su mujer en brazos de su amante.

—¡No, es imposible! ¡Imposible! —dijo en voz alta, envolviéndose de nuevo en la manta—. Yo no merezco ser desdichado, pero ni él ni ella deben ser felices.

Los celos que le habían atormentado en esas semanas de incertidumbre desaparecieron cuando las palabras de su mujer le arrancaron la muela con dolor. Ahora ese sentimiento había cedido su lugar a otro: el deseo de que Anna no sólo no saliera triunfante, sino que recibiera el castigo que merecía por su bajeza. No se atrevía a reconocerlo, pero en lo más profundo de su alma quería que sufriera por haber destruido su tranquilidad y atentado contra su honor. Volvió a sopesar las condiciones del duelo, del divorcio y de la separación, y, después de rechazarlos una vez más, se convenció de que sólo había una salida: seguir viviendo con ella, ocultar a la sociedad lo que había sucedido, emplear todas las medidas a su alcance para poner fin a esa relación y, sobre todo, aunque no se lo reconociera a sí mismo, castigarla. «Debo anunciarle que, después de haber analizado la penosa situación en que ha puesto a la familia, he llegado a la conclusión de que cualquier otra solución sería peor para ambas partes que el statu quo aparente, que acepto respetar, pero con la estricta condición de que se someta usted a mi voluntad, es decir, que interrumpa cualquier relación con su amante.» Una vez tomada tal decisión, y a modo de refuerzo, Alekséi Aleksándrovich recurrió a otro argumento de bastante peso: «Es la única manera de actuar en consonancia con los preceptos de la religión —se dijo—. No repudio a la mujer adúltera, le ofrezco la posibilidad de enmendarse e incluso —por doloroso que sea para mí— le consagro parte de mis fuerzas para que se corrija y se salve.» Aunque sabía de sobra que no podía ejercer ninguna influencia moral sobre su esposa, que todos esos intentos de regeneración no conducirían a nada más que a nuevas mentiras, que, a lo largo de esos momentos penosos, no había pensado ni una sola vez en buscar consuelo en la religión, ahora que su decisión coincidía, según creía, con los mandamientos de la Iglesia, la sanción religiosa a su manera de obrar le proporcionaba una enorme satisfacción y cierta serenidad. Le agradaba pensar que en una encrucijada vital de tanta importancia nadie podría acusarle de no haber procedido de acuerdo con los principios de la religión, cuyo estandarte siempre había llevado muy alto, en medio de la indiferencia y la apatía generalizadas. Siguió analizando la situación desde otros ángulos y llegó a la conclusión de que no había motivo para que las relaciones con su mujer sufrieran cambio alguno. Desde luego, jamás se haría merecedora de su respeto. Pero no había razón para que se destrozara la vida y sufriera por culpa de una mujer perversa y adúltera. «Sí, el tiempo lo cura todo, dejemos que obre su labor —se dijo Alekséi Aleksándrovich—. Un día nuestras relaciones volverán a ser las de antes, es decir, mi vida retomará su curso habitual como si no hubiera sucedido nada. Ella debe ser desgraciada, pero yo no, puesto que no tengo ninguna culpa.»

 

XIV

Cuando el coche se acercaba a San Petersburgo, Alekséi Aleksándrovich no sólo había tomado ya una decisión firme, sino que había redactado en su cabeza la carta que escribiría a su mujer. Al entrar en la portería echó un vistazo a los papeles y documentos que le habían traído del Ministerio y mandó que se los llevaran a su despacho.

—Dé órdenes de que desenganchen y no deje pasar a nadie —respondió a la pregunta del portero, recalcando la última palabra con cierta satisfacción, señal de que estaba de buen humor.

Una vez en su despacho, Alekséi Aleksándrovich lo recorrió de un extremo a otro un par de veces, se detuvo delante del enorme escritorio, en el que ardían seis velas que su ayuda de cámara acababa de encender, crujió los dedos, se sentó y cogió papel y pluma. Después de acodarse en la mesa, ladeó la cabeza y, al cabo de unos instantes de reflexión, se puso a escribir, sin detenerse ni un segundo. Escribía en francés, sin dirigirse directamente a ella, empleando el pronombre «usted», que no tenía esa frialdad de su equivalente en ruso.

En nuestra última entrevista le expresé mi intención de comunicarle mi decisión respecto al asunto de nuestra conversación. Después de reflexionar detenidamente en todos los detalles, le escribo para cumplir mi promesa. Mi decisión es la siguiente: cualquiera que haya sido su conducta, considero que no tengo derecho a romper unos lazos que un poder superior ha sancionado. La familia no puede estar a merced del capricho, la arbitrariedad e incluso el crimen de uno de los cónyuges. En resumidas cuentas, nuestra vida debe seguir su curso habitual, lo que redundará en su propio beneficio, en el mío y en el de nuestro hijo. Estoy firmemente convencido de que se arrepiente usted de haber cometido el acto que me obliga a escribirle esta carta y de que me ayudará en mi propósito de arrancar de raíz el motivo de nuestra discordia y olvidar el pasado. En caso contrario, puede imaginarse lo que les espera tanto a usted como a su hijo. Espero que podamos hablar más detalladamente de la cuestión en nuestro próximo encuentro. Como la temporada de veraneo se acerca a su fin, le ruego que regrese a San Petersburgo lo antes posible, el martes a más tardar. Me ocuparé de dar todas las disposiciones necesarias para su traslado. Le ruego entienda que concedo una importancia particular al cumplimiento de mi petición.