Sin pensárselo dos veces, Anna se sentó a la mesa y, sin leer la carta de Betsy, añadió debajo: «Necesito verle. Vaya al jardín de la señora Vrede. Estaré allí a las seis».
Acto seguido selló la carta. Cuando Betsy regresó, llamó a un criado para que la llevara.
Mientras tomaban el té, que les sirvieron en una mesa-bandeja, en el fresco saloncito, las dos mujeres entablaron esa cosy chatcon que la princesa había prometido entretener a su amiga hasta que llegaran los demás invitados. Se ocupaban de las personas a las que esperaban, en particular de Liza Merkálova.
—Es muy agradable y siempre me ha caído bien —dijo Anna.
—Debe usted quererla. Ella la adora a usted. Ayer se acercó a mí después de las carreras y me dijo que lamentaba mucho que no hubieran coincidido. Dice que es usted toda una heroína de novela y que, si fuese hombre, cometería mil locuras por usted. Y Strémov le contesta que ya las comete, aunque no lo sea.
—Pero haga el favor de explicarme una cosa que no he podido entender nunca —dijo Anna, después de una breve pausa, y el tono de su voz indicaba claramente que no se trataba de una pregunta ociosa, sino de algo a lo que concedía una enorme importancia—. Dígame, por favor, ¿qué relación tiene con el príncipe Kaluzhki, ese al que llaman Mishka? No los he tratado mucho. ¿Qué hay entre ellos?
Betsy sonrió con los ojos y miró atentamente a Anna.
—Es la nueva moda —respondió—. Todos la han adoptado. Esas señoras se han puesto el mundo por montera. Pero hay distintas maneras de hacerlo.
—Sí, pero ¿qué relación tiene con Kaluzhki?
Betsy, de pronto, soltó una carcajada jovial e irreprimible, algo que le sucedía rara vez.
—Está invadiendo usted los dominios de la princesa Miágkaia. Es una pregunta propia de un enfant terrible—dijo Betsy. A pesar de sus esfuerzos evidentes, no pudo contenerse y estalló en una risotada contagiosa, típica de las personas que se ríen poco—. Habrá que preguntárselo a ellos —añadió entre lágrimas.
—Puede tomárselo usted a broma —dijo Anna, que al final había acabado contagiándose, aun sin quererlo, del buen humor de la princesa Tverskaia—, pero no lo he entendido nunca. No entiendo el papel del marido en esta historia.
—¿El marido? El marido de Liza Merkálova le lleva la manta de viaje y siempre está dispuesto a atenderla en todo. Y, en cuanto a lo demás, nadie se da por enterado. Ya sabe usted que en la buena sociedad no se habla ni se piensa en ciertos detalles del arreglo personal. Pues lo mismo pasa con este tema.
—¿Acudirá usted a la fiesta de los Rolandski? —preguntó Anna, para cambiar de conversación.
—Creo que no —respondió Betsy y, sin mirar a su amiga, empezó a llenar cuidadosamente de té aromático las tacitas transparentes. Le alargó una a Anna y acto seguido sacó un cigarrillo, lo metió en una boquilla de plata y lo encendió—. Como ve usted, me encuentro en una situación privilegiada —añadió, ya sin reírse, mientras cogía la taza—. La entiendo a usted y entiendo también a Liza. Liza es una de esas naturalezas ingenuas, infantiles, que no comprenden lo que está bien y lo que está mal. Al menos, no lo comprendía cuando era más joven. Y ahora se da cuenta de que ese desconocimiento la beneficia. Puede que ahora finja no comprender —prosiguió con una sonrisa sutil—. Sea como fuere, la beneficia. ¿Qué quiere usted? Una misma cosa se puede considerar desde un punto de vista trágico, convirtiéndola en un tormento, o aceptarla con sencillez y hasta con alegría. Puede que se deje usted llevar por un dramatismo excesivo a la hora de analizar los acontecimientos.
—¡Cómo me gustaría conocer a los demás como me conozco a mí misma! —dijo Anna con expresión seria y pensativa—. ¿Soy peor o mejor que los demás? Creo que soy peor.
—¡Un enfant terrible, un enfant terrible! —repitió Betsy—. Ya están aquí.
XVIII
Se oyeron unos pasos, una voz de hombre, luego otra de mujer y risas. Al cabo de unos instantes entraron los invitados a los que estaban esperando: Safo Stolz y un joven rebosante de salud, que respondía al nombre de Vaska. Por lo visto, la carne poco hecha, las trufas y el vino de Borgoña le sentaban bien. Vaska saludó a las damas y las miró, pero sólo unos instantes. Entró en el salón detrás de Safo y la siguió a poca distancia, como si estuviera atado a ella, sin apartar sus ojos brillantes: daba la impresión de que quería comérsela. Safo Stolz, una rubia de ojos negros, con zapatos de tacón alto, avanzó con pasos menudos y decididos en dirección a las mujeres, a quienes estrechó la mano con fuerza, como los hombres.
Era la primera vez que Anna veía a esa nueva celebridad, que le sorprendió por su belleza, el atrevimiento de su vestido y la audacia de sus modales. Llevaba un peinado tan aparatoso, con cabellos propios y postizos, de un suave matiz dorado, que su cabeza tenía casi la misma altura que su busto generoso y muy escotado. Avanzaba con tanto ímpetu que a cada paso las formas de sus rodillas y de sus muslos se marcaban por debajo del vestido. Uno no podía dejar de preguntarse, al ver aquella montaña ondulante de telas, dónde terminaría realmente por detrás ese cuerpo menudo y esbelto, tan descubierto por arriba como oculto por detrás y por debajo.
Betsy se apresuró a presentársela a Anna.
—Figúrese, hemos estado a punto de atropellar a dos soldados —dijo la recién llegada, entre sonrisas y guiños, mientras se arreglaba la cola del vestido, que se había echado demasiado a un lado—. He venido con Vaska... ¡Ah, me olvidaba de que no lo conoce usted! —y Safo lo nombró por su apellido y se lo presentó, ruborizándose y riéndose a carcajadas de haberlo llamado así delante de una desconocida.
El muchacho volvió a saludar a Anna, pero no le dirigió la palabra. En lugar de eso se volvió hacia Safo:
—Ha perdido usted la apuesta. Hemos llegado antes. Haga el favor de pagarme —dijo, sonriendo.
—Ahora no —replicó ella.
—Lo mismo da. Ya se lo cobraré más tarde.
—Bueno, bueno. ¡Ah, sí! —exclamó de pronto, dirigiéndose a la anfitriona— Pues sí que estoy buena... Se me olvidaba... He traído a un invitado. Aquí está.
El joven e inesperado visitante que había traído y olvidado Safo era un personaje tan importante que, a pesar de su corta edad, ambas señoras se levantaron para saludarlo. 53
Era el nuevo admirador de Safo. Lo mismo que Vaska, seguía todos sus pasos.
Poco después llegaron el príncipe Kaluzhki y Liza Merkálova, acompañados de Strémov. Liza era una morena de rostro oriental y aire indolente, con unos ojos maravillosos y enigmáticos, como decía todo el mundo. El vestido negro que llevaba (en el que Anna se fijó en seguida, dándole su aprobación) le sentaba de maravilla a su tipo de belleza. Era tan delicada y lánguida como Safo brusca e impulsiva.
A Anna le parecía mucho más atractiva. Betsy le había dicho que Liza había adoptado el tono de un niño ingenuo, pero, nada más verla, se dio cuenta de que no era verdad. Por muy mimada que estuviera y mucha inocencia que fingiera, era una mujer dulce y afable. Cierto que su actitud no se diferenciaba mucho de la de Safo. También a ella la seguían a todas partes, comiéndosela con los ojos, dos admiradores, uno viejo y otro joven, pero ella estaba por encima del ambiente: tenía el brillo de un diamante auténtico entre baratijas de vidrio. Ese brillo resplandecía en sus ojos fascinantes, verdaderamente enigmáticos. La mirada cansada y a la vez apasionada de esos ojos, rodeados de un cerco oscuro, sorprendían por su sinceridad incuestionable. Cualquiera que se asomaba a esos ojos se figuraba conocerla por entero, y ya no podía dejar de amarla. Al ver a Anna su rostro se iluminó con una sonrisa de felicidad.
—¡Ah, cuánto me alegro de verla! —exclamó, acercándose—. Ayer, en las carreras, habría querido saludarla, pero se marchó usted. Tenía mucho interés en verla precisamente ayer. ¿Verdad que fue terrible? —preguntó, mirando a Anna con esos ojos que parecían revelar toda su alma.