—Sí, nunca creí que fueran tan emocionantes —respondió Anna, ruborizándose.
En ese momento todos los presentes se levantaron para salir al jardín.
—Yo me quedo aquí —dijo Liza sonriendo y sentándose al lado de Anna—. ¿Usted tampoco va? ¡No sé qué placer encuentran enjugar al criquet!
—A mí me gusta —replicó Anna.
—¿Y qué hace usted para no aburrirse? Basta con mirarla para sentirse alegre. Usted vive; yo, en cambio, me aburro.
—¿Cómo es posible? ¡Si disfruta usted de la compañía más alegre de todo San Petersburgo! —dijo Anna.
—Puede que los que no pertenezcan a nuestro círculo se aburran todavía más. En nuestro caso, al menos en el mío, no sólo no nos divertimos, sino que nos aburrimos mucho, muchísimo.
Safo encendió un cigarrillo y salió al jardín con los dos jóvenes. Betsy y Strémov se quedaron a tomar el té.
—¿Cómo puede decir usted que se aburre? —preguntó Betsy—. Según Safo, se lo pasaron muy bien ayer en su casa.
—¡Ah, no me hable! ¡Fue una pesadez! —replicó Liza Merkálova—. Fuimos todos a mi casa después de las carreras. ¡Y siempre las mismas cosas! ¡Siempre las mismas caras! Nos pasamos toda la tarde apoltronados en los sofás. ¿Qué diversión va a ser ésa? ¿Y qué hace usted para no aburrirse? —prosiguió, dirigiéndose de nuevo a Anna—. Basta con mirarla para darse cuenta de que puede ser usted feliz o desdichada, pero que no se aburre. Dígame, ¿cómo lo hace?
—No hago nada —respondió Anna, ruborizándose ante esas preguntas tan inoportunas.
—Es la mejor solución —intervino Strémov.
Era un hombre pequeño, de unos cincuenta años, con el pelo entrecano, bien conservado, con un rostro inteligente y expresivo que compensaba un tanto su fealdad. Liza Merkálova era sobrina de su mujer, y Strémov pasaba con ella todo su tiempo libre. Como era un hombre listo y muy curtido en sociedad, al encontrarse con Anna Karénina, esposa de su adversario político, extremó sus atenciones con ella.
—El mejor remedio es no hacer nada —insistió, con una sonrisa sutil—. Hace tiempo que se lo tengo dicho —añadió, dirigiéndose a Liza Merkálova—: para no aburrirse es necesario pensar que uno no se va a aburrir. Lo mismo les sucede a quienes padecen de insomnio: no deben pensar que no van a dormirse. Eso es lo que acaba de decirle Anna Arkádevna.
—Me habría gustado mucho decir algo así —replicó Anna con una sonrisa—, porque no sólo es ingenioso, sino también muy cierto.
—Pero, dígame, ¿por qué es tan difícil dormir y tan fácil aburrirse?
—Tanto para dormir bien como para divertirse es preciso trabajar.
—¿Y para qué voy a trabajar cuando nadie necesita mi trabajo? Y yo no quiero fingir. Además, no se me da bien.
—Es usted incorregible —dijo Strémov, sin mirarla, y volvió a dirigirse a Anna.
Como no había coincidido mucho con ella, sólo podía decirle banalidades: le preguntaba cuándo había vuelto a San Petersburgo o se interesaba por su amistad con la condesa Lidia Ivánovna, en un tono que dejaba patente su deseo de mostrarse afable y respetuoso.
Entró Tushkévich y les anunció que los demás invitados los estaban esperando para empezar la partida.
—Por favor, no se vaya usted —rogó Liza Merkálova, al enterarse de que Anna se iba.
Strémov se unió a sus súplicas.
—Será un contraste demasiado grande dejar esta reunión para ir a casa de la vieja Vrede —dijo—. Además, su presencia allí sólo servirá para desatar su maledicencia; en cambio, aquí despierta usted sentimientos de índole muy distinta, mucho más elevados.
Anna se quedó pensativa unos instantes. Los elogios de ese hombre inteligente, la ingenua e infantil simpatía que le manifestaba Liza Merkálova y todo ese ambiente mundano al que estaba acostumbrada le parecieron tan agradables, en contraposición con la penosa situación que la aguardaba, que por un momento se mostró indecisa: ¿no sería mejor quedarse, aplazar el doloroso momento de la explicación? Pero, al considerar lo que la esperaba en casa, una vez sola, si no tomaba una decisión, y repasar en la memoria ese momento terrible en que se había arrancado los cabellos con ambas manos, se despidió y se marchó.
XIX
A pesar de su vida social aparentemente frívola, Vronski odiaba el desorden. Ya en sus tiempos en el cuerpo de pajes, había sufrido la humillación de que le negaran un crédito que había solicitado para pagar una deuda. Desde entonces no había vuelto a verse en semejante situación.
Para que nada se le escapara de las manos, se recluía unas cuatro o cinco veces al año, dependiendo de las circunstancias, y ponía en orden sus asuntos. A eso lo llamaba «echar cuentas» o faire la lessive. 54
Al día siguiente de las carreras se despertó tarde. Sin afeitarse ni lavarse, se echó una guerrera sobre los hombros, distribuyó sobre la mesa el dinero, las cuentas y las cartas y se metió en faena. Petritski, sabiendo que en tales momentos su compañero solía estar de mal humor, se vistió en silencio y salió sin molestarle, en cuanto se despertó y lo vio sentado al escritorio.
Cualquier persona que conoce al detalle las complicaciones de su situación se figura que esos apuros y ese embrollo son una especie de fatalidad personal, y no se le pasa por la cabeza que los demás viven rodeados de las mismas dificultades. Tal era la impresión de Vronski. Y no sin cierto orgullo interior y algún fundamento pensaba que cualquier otro en su lugar se habría entrampado hacía mucho tiempo y se habría visto abocado a cometer alguna mala acción, de haberse encontrado en una posición tan complicada. No obstante, se daba cuenta de que había llegado el momento de hacer cálculos y aclarar las cosas de una vez, antes de que fuera demasiado larde.
En primer lugar, por ser lo más fácil, pasó a ocuparse de su situación financiera. Después de anotar en un pliego de papel de carta, con su letra menuda, las cantidades que debía, las sumó y descubrió que sus deudas ascendían a diecisiete mil rublos y algunos centenares, de los que prescindió en aras de una mayor claridad. A continuación calculó el dinero que tenía en efectivo y en talones de banco, y vio que no le quedaban más de mil ochocientos rublos, y no podía contarse con ningún ingreso antes de Año Nuevo. Después de repasar la lista de deudas, las dividió en tres categorías. A la primera pertenecían las deudas que había que pagar cuanto antes o, al menos, tener el dinero disponible, para saldarlas sin dilación en cuanto se las reclamasen. Esas deudas llegaban casi a los cuatro mil rublos: mil quinientos por el caballo y dos mil quinientos de la fianza de su joven compañero Venetski, que había perdido ese dinero jugando con un tramposo en su presencia. Vronski había querido pagar en el momento, pues llevaba la cantidad encima, pero Venetski y Yashvín habían insistido en que pagarían ellos, porque Vronski no había jugado. Todo eso estaba muy bien, pero él sabía que en tan turbio asunto, en el que sólo había intervenido para responder de palabra por Venetski, necesitaba tener a mano esos dos mil quinientos rublos para tirárselos a la cara a ese fullero y no entrar en discusiones con él. Así pues, para hacer frente a la primera categoría de deudas, la más importante, necesitaba disponer de cuatro mil rublos. En la segunda categoría entraban deudas menos importantes, por un montante de ocho mil rublos. Estaban sobre todo relacionadas con su caballo de carreras: la cuadra, el proveedor de heno y avena, el entrenador inglés, el guarnicionero, etcétera. Para quitarse esa preocupación de encima bastaría con distribuir de momento dos mil rublos. En cuanto a la tercera categoría, en la que entraban las tiendas, los hoteles y el sastre, no le quitaba el sueño. En definitiva, le hacían falta al menos seis mil rublos, y sólo contaba con mil ochocientos. En principio, no eran deudas muy significativas para un hombre como Vronski, con cien mil rublos de renta, como le atribuía todo el mundo. Pero el caso es que no disponía ni mucho menos de tal cantidad. La enorme fortuna de su padre, que producía unos ingresos anuales de doscientos mil rublos, había pasado indivisa a los dos hermanos. Cuando su hermano mayor, que había contraído un sinfín de deudas, se casó con la princesa Varia Chirkova, hija de un decembrista, 55sin medios ni bienes de ningún tipo, Vronski le cedió todas las rentas de la fortuna de su padre, reservándose sólo una cantidad de veinticinco mil rublos anuales. Vronski le dijo entonces a su hermano que le bastaría con esa suma mientras no se casara, algo que probablemente no haría nunca. Y su hermano, comandante de un regimiento que exigía grandes gastos, y que además acababa de casarse, no pudo rechazar ese regalo. La madre, que tenía sus propios medios de fortuna, le pasaba veinte mil rublos más al año. Vronski se gastaba todo el dinero que recibía. En los últimos tiempos, la madre, descontenta de su relación con Anna y de su marcha de Moscú, había dejado de enviarle dinero. Como consecuencia, Vronski, que estaba acostumbrado a gastar cuarenta y cinco mil rublos y que ese año sólo había recibido veinticinco mil, se encontró en una situación bastante complicada. Y para escapar de sus apuros no podía pedirle dinero a su madre. La última carta de ella, que había recibido la víspera, le había irritado de manera especial, pues se había atrevido a insinuar que le ayudaría a alcanzar el éxito en el gran mundo y en su carrera, pero no a llevar una vida que escandalizaba a toda la buena sociedad. Ese intento de comprar su voluntad le había herido en lo más hondo y lo había distanciado aún más de su madre. Pero tampoco podía reconsiderar la generosa oferta que le había hecho a su hermano, aunque se daba cuenta, al sopesar con cierta vaguedad algunas de las consecuencias de su relación con Anna, que había actuado de manera irreflexiva, pues, aunque seguía soltero, era muy probable que necesitara esos cien mil rublos de renta. En cualquier caso, no podía echarse atrás. Le bastaba recordar a la mujer de su hermano, la dulce y encantadora Varia, que siempre que se le presentaba la ocasión le recordaba y le agradecía su magnanimidad, para comprender que era imposible revocar su decisión. Sería algo tan abominable como pegarle a una mujer, robar o mentir. La única solución, que Vronski adoptó sin vacilar, era pedir diez mil rublos a un usurero, algo que no ofrecía ninguna dificultad, reducir gastos y vender los caballos de carreras. Una vez tomada esa decisión, se apresuró a escribir una nota a Rolandski, que más de una vez le había propuesto comprarle los caballos. Luego envió en busca del inglés y del usurero, y destinó el dinero de que disponía a diversos pagos. Una vez resueltos todos esos asuntos, escribió una respuesta fría y seca a la carta de su madre. Luego, sacando de la cartera tres notas de Anna, las leyó de nuevo y las quemó. Recordó entonces la conversación de la víspera y se quedó pensativo.