—¡Claro, claro! —exclamó Serpujovski, riéndose—. Como te he dicho antes, estoy al corriente de tus andanzas. Me he enterado de que has rechazado un puesto... Naturalmente, no censuro tu proceder. Pero las cosas hay que hacerlas de cierta manera. Y, aunque creo que no se te puede reprochar nada, te equivocaste en las formas.
—A lo hecho, pecho. Ya sabes que nunca me arrepiento de nada. Además, estoy bien así.
—Sí, por el momento. Pero no te bastará sólo con eso. A tu hermano no se me ocurriría hablarle así. Es un buen muchacho, como nuestro anfitrión. ¡Ahí lo tienes! —añadió, prestando oídos a los gritos de «¡hurra!»—. Es feliz con esta vida. Pero a ti no puede satisfacerte.
—No he dicho que me satisfaga.
—Y no se trata sólo de eso. Las personas como tú son necesarias.
—¿Para quién?
—¿Para quién? Para la sociedad. Rusia necesita hombres, necesita un partido. En caso contrario, todo se irá a pique.
—¿A qué te refieres? ¿Al partido que ha formado Berténev para oponerse a los comunistas rusos?
—No —dijo Serpujovski, frunciendo el ceño, molesto de que su amigo le hubiera creído capaz de tamaña estupidez—. Tout ça est une blague. 56Eso ha existido siempre y siempre existirá. No hay tales comunistas. Pero los intrigantes siempre tienen que inventarse un partido peligroso y dañino. Es algo tan viejo como el mundo. No, se necesita un partido capaz de llevar al poder a hombres independientes, como tú y como yo.
—Pero ¿por qué? —Vronski nombró a algunas de las personas que ejercían el poder—. ¿Acaso no son ellos también personas independientes?
—No, porque no tienen o no han tenido desde su nacimiento nombre alguno ni medios de fortuna, porque no han estado nunca tan cerca del sol como nosotros. Se les puede comprar con dinero o con prebendas. Y para conservar su puesto tienen que inventarse una orientación política. Por eso proponen ideas y programas en los que no creen ni ellos mismos y que causan grandes perjuicios. No son más que pretextos para asegurarse una vivienda oficial y un sueldo. Cela n'est plus fin que ça 57cuando se da uno cuenta de su juego. Puede que yo sea peor y más tonto que ellos, aunque no veo por qué razón. Pero tanto tú como yo gozamos de una importante ventaja: a nosotros es más difícil comprarnos. Y esa clase de personas es más necesaria que nunca.
Vronski escuchaba con atención, pero no era tanto el sentido de las palabras lo que le atraía como la manera que tenía Serpujovski de encarar la cuestión: ya se veía peleando por el poder y se había creado sus simpatías y antipatías en las altas esferas. Para él, en cambio, no había más horizonte que los intereses de su escuadrón. Vronski también se dio cuenta de lo poderoso que podía llegar a ser Serpujovski, con su indudable capacidad para reflexionar y comprender las cosas, con su inteligencia y su don de palabra, tan raras en la esfera en la que se movían. Y, por mucha vergüenza que le diera, tuvo que reconocer que le envidiaba.
—En cualquier caso, a mí me falta una cosa importante —respondió—: el deseo de poder. Lo tenía antes, pero lo he perdido.
—Perdóname, pero eso no es verdad —dijo Serpujovski, sonriendo.
—¡Sí, es verdad! ¡Es verdad! Sobre todo ahora —añadió Vronski, con la mayor sinceridad.
—Puede que sea verdad ahora. Pero ese ahorano durará siempre.
—Es posible —repuso Vronski.
—Tú dices que es posible—prosiguió Serpujovski, como si hubiera adivinado el pensamiento de su amigo—, y yo te digo que es seguro. Por eso quería verte. Has actuado como debías hacerlo. Lo entiendo, pero no te conviene perseverar. Sólo te pido que me des carte blanche. No pretendo desempeñar contigo el papel de protector... Aunque ¿por qué no iba a hacerlo? ¡Cuántas veces no me habrás protegido tú! Espero que nuestra amistad esté por encima de esas cosas. Sí —añadió, sonriéndole con ternura, como una mujer—, dame carie blanche, abandona tu regimiento y yo tiraré de ti sin que te des cuenta.
—Pero si ya te he dicho que no necesito nada —replicó Vronski—. Sólo que todo siga como hasta ahora.
Serpujovski se levantó y se puso delante de él.
—Quieres que todo siga como hasta ahora. Entiendo a lo que te refieres. Pero escúchame: tenemos la misma edad. Es posible que hayas conocido a más mujeres que yo. —La sonrisa y los gestos de Serpujovski indicaban que Vronski no tenía nada que temer, que pondría el dedo en la llaga con las mayores precauciones y cuidados—. Yo estoy casado y, como dejó escrito no recuerdo quién, conociendo a la mujer que amas, conoces mejor a todas las mujeres que si hubieras tratado a miles de ellas.
—¡Ya vamos! —gritó Vronski al oficial que venía a buscarlos de parte del comandante.
Tenía curiosidad por saber adonde quería ir a parar Serpujovski.
—Voy a darte mi opinión. Las mujeres son el principal obstáculo en la carrera de un hombre. Es difícil amar a una mujer y hacer algo de valía. Sólo existe un medio de que el amor no se convierta en una traba: el matrimonio. ¿Cómo podría explicártelo? —dijo Serpujovski, que era muy aficionado a las comparaciones—. ¡Espera! ¡Ya lo tengo! Supongamos que llevas un fardeau 58Sólo podrás mover las manos en caso de que lo lleves a la espalda. Así es el matrimonio. Yo lo he comprendido después de casarme. De pronto me encontré con las manos libres. Pero si uno no se casa, sigue arrastrando ese fardeauy las manos no pueden hacer nada. Fíjate en Mazánkov o en Krúpov. Echaron a perder su carrera por culpa de las mujeres.
—Pero ¡qué mujeres! —exclamó Vronski, recordando a la francesa y a la actriz con las que tenían relaciones los dos personajes mencionados.
—Cuanto más destacada sea la posición de una mujer en sociedad, mayores serán las dificultades. En ese caso ya no se trataría sólo de cargar con un fardeauen las manos, sino de quitárselo a otro.
—Tú nunca has amado —dijo Vronski en voz baja, mirando al frente y pensando en Anna.
—Puede ser. Pero recuerda lo que te he dicho. Y una cosa más: las mujeres son más materialistas que los hombres. Para nosotros el amor es algo grandioso, pero ellas están siempre terre-à-terre. 59¡Ya vamos! ¡Ya vamos! —le dijo a un criado que entró en la habitación, pensando que iba a buscarlos.
Pero el criado traía un billete para Vronski.
—De parte de la princesa Tverskaia.
Vronski abrió el billete y se ruborizó.
—Me ha entrado dolor de cabeza. Me voy a casa —le dijo a Serpujovski.
—Bueno, pues adiós. Entonces, ¿me das carte blanche?
—Ya hablaremos en otra ocasión. Te veré en San Petersburgo.
XXII
Ya eran más de las cinco. Para llegar a tiempo a la cita y no servirse de sus propios caballos, que todo el mundo conocía, Vronski montó en el coche de alquiler de Yashvín y ordenó al cochero que fuera lo más deprisa posible. Era un carruaje viejo de cuatro plazas, bastante espacioso. Se sentó en un rincón, extendió las piernas sobre el asiento delantero y se quedó pensativo.
La vaga conciencia de haber puesto en orden sus asuntos, el vago recuerdo de la amistad y los elogios de Serpujovski, que le consideraba un hombre necesario y, por encima de todo, la inminente entrevista con Anna, contribuyeron a que su estado de ánimo fuera inmejorable. El sentimiento era tan intenso que Vronski no podía dejar de sonreír. Bajó las piernas, las cruzó, se pasó la mano por la pantorrilla, todavía dolorida de la caída de la víspera y, echando la cabeza hacia atrás, respiró varias veces a pleno pulmón.