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También había menos puntos de control. Las nuevas provincias en estas zonas escasamente pobladas cubrían áreas mucho más grandes que las del Norte, y su gente parecía menos preocupada por cosas tales como el Registro. Theremon y Siferra se vieron sometidos a un serio interrogatorio tan sólo dos veces en los siguientes cinco días. En los demás puntos de control simplemente se les hizo señas de que pasaran sin siquiera tener que mostrar los papeles que Beenay les había proporcionado.

Incluso el tiempo estaba de su lado. Era suave y cálido casi cada día: unas pocas lluvias ligeras y de escasa duración de tanto en tanto, pero nada que causara serios inconvenientes. Podían caminar durante cuatro horas, hacer una pausa para una comida ligera, caminar otras cuatro, comer de nuevo, caminar, detenerse para seis horas o así de sueño —haciendo turnos, uno sentado y vigilando durante unas horas, luego el otro—, y luego levantarse y reemprender la marcha. Como máquinas. Los soles aparecían y desaparecían a su eterno ritmo, ahora Patru y Trey y Dovim, ahora Onos y Sitha y Tano, ahora Onos y Dovim, ahora Trey y Patru, ahora cuatro soles a la vez…, la interminable sucesión, el gran desfile de los cielos. Theremon no tenía la menor idea de cuántos días habían pasado desde que abandonaran el Refugio. La idea en sí de fechas, calendarios, días, semanas, meses…, todo le parecía extraño y arcaico y abrumador, algo salido de un mundo antiguo.

Siferra, tras su momento de temor y aprensión, estaba alegre de nuevo.

Aquello iba a ser sencillísimo. Iban a llegar a Amgando sin ningún problema.

Estaban cruzando un distrito conocido ahora como la Hoya del Manantial…, o quizá se llamara el Jardín del Bosquecillo; habían oído nombres distintos de la gente que habían encontrado a lo largo del camino. Era una región agrícola, abierta y ondulada, y había pocas señales aquí de la infernal devastación que había asolado las regiones urbanizadas: una ocasional granja dañada por el fuego, o una horda de animales de granja al parecer sin cuidar, y eso era con mucho lo peor. El aire era suave y fresco, la luz de los soles brillante y fuerte. De no ser por la ausencia del tráfico de vehículos en la autopista, era posible pensar que no había ocurrido nada extraordinario.

—¿Habremos llegado ya a mitad de camino de Amgando? —preguntó Siferra.

—Todavía no. Hace rato que no vemos ningún indicador, pero supongo que…

Se detuvo de pronto.

—¿Qué ocurre, Theremon?

—Mira. Ahí, a la derecha. A lo largo de la carretera secundaria que avanza desde el Oeste.

Miraron por encima del borde de la autopista. Allá abajo, a unos pocos cientos de metros, una larga hilera de camiones estaba apareada a un lado de la carretera secundaria, allá donde iba a conectar con la autopista. Había un amplio y bullicioso campamento allí: tiendas, un gran fuego de campaña, algunos hombres cortando troncos.

Dos o trescientas personas, quizás. Y todas ellas vistiendo ropajes negros con capucha.

Theremon y Siferra intercambiaron absortas miradas.

—¡Apóstoles! —susurró ella.

—Sí. Agáchate. Sobre manos y rodillas. Escóndete tras la protección.

—Pero, ¿cómo han conseguido llegar tan rápido hasta tan al Sur? ¡La parte superior de la autopista está completamente bloqueada!

Theremon negó con la cabeza.

—No tomaron la autopista. Mira ahí…, tienen camiones que funcionan. Ahí hay otro que llega en este momento. Dioses, parece extraño, ¿no?, ver un vehículo moviéndose realmente. Y oír de nuevo el sonido de un motor después de todo este tiempo. —Se dio cuenta de que empezaba a temblar—. Consiguieron mantener toda una flota de camiones libre de daños, y reservas de combustible. Y evidentemente bajaron desde Saro rodeando la ciudad por el Oeste, siguiendo pequeñas carreteras secundarias. Ahora vienen a coger aquí la autopista, que supongo que debe de estar abierta desde aquí hasta Amgando. Podrán estar allí esta tarde.

—¡Esta tarde! Theremon, ¿qué vamos a hacer?

—No estoy seguro. Supongo que sólo hay una loca posibilidad. ¿Qué ocurriría si fuéramos hasta ahí abajo e intentáramos apoderamos de uno de esos camiones? E ir nosotros también con él hasta Amgando. Aunque sólo llegáramos dos horas antes que los Apóstoles, habría tiempo para que la mayor parte de la gente de Amgando escapara, ¿no?

—Quizá —dijo Siferra—. Pero parece un plan alocado. ¿Cómo podemos robar un camión? En el momento en que nos vean sabrán que no somos Apóstoles y nos cogerán.

—Lo sé. Lo sé. Déjame pensar. —Al cabo de un momento dijo—: Si pudiéramos alejar a un par de ellos a una cierta distancia de los demás, y apoderamos de sus ropas…, dispararles con nuestras pistolas, si es necesario…, entonces, vestidos como ellos, podríamos simplemente caminar hasta uno de los camiones como si tuviéramos todo el derecho del mundo de hacerlo, y subir a él y marchamos hacia la autopista.

—Nos seguirían en menos de dos minutos.

—Quizá. O quizá, si nos mostráramos tranquilos en todo momento, pensaran que lo que hacíamos era algo perfectamente normal, parte de su plan…, y cuando se dieran cuenta de que no era así nosotros ya estaríamos a cien kilómetros autopista adelante. —La miró, ansioso—. ¿Qué dices, Siferra? ¿Qué otra posibilidad tenemos? ¿Seguir hacia Amgando a pie, cuando para nosotros será un viaje de semanas y semanas, y ellos pueden pasarnos delante en un par de horas?

Ella le miraba como si él hubiera perdido la cabeza.

—Reducir a un par de Apóstoles…, robar uno de sus camiones…, marchar a toda prisa hacia Amgando…, oh, Theremon, nunca funcionará. Tú lo sabes.

—Está bien —dijo él bruscamente—. Tú quédate aquí. Intentaré hacerlo solo. Es la única esperanza que nos queda, Siferra.

Se levantó a medias y empezó a deslizarse por el lado de la autopista hacia la rampa de salida que había a un par de cientos de metros más adelante.

—No… Espera, Theremon.

Él volvió la vista hacia ella y sonrió.

—¿Vienes?

—Sí. ¡Oh, esto es una locura!

—Sí —admitió él—. Lo sé. Pero, ¿qué otra cosa podemos hacer?

Ella tenía razón, por supuesto. El plan era una locura. Sin embargo, no había otra alternativa. Evidentemente el informe que había recibido Beenay estaba embarullado: los Apóstoles nunca habían tenido intención de recorrer la Gran Autopista del Sur provincia a provincia, sino que en vez de ello habían partido directamente hacia Amgando en un enorme convoy armado, tomando carreteras secundarias que, aunque no muy directas, estaban al menos abiertas todavía al transporte rodado. Amgando estaba condenado. El mundo caería en manos de la gente de Mondior.

A menos…, a menos…

Nunca se había imaginado a sí mismo como un héroe. Los héroes eran la gente de la que él escribía en su columna…, gente que funcionaba al límite de sus fuerzas bajo circunstancias extremas, realizando extrañas y milagrosas cosas que los individuos ordinarios ni siquiera soñaban en intentar nunca, y mucho menos en llevar a cabo. Y, ahora, ahí estaba en ese mundo extrañamente transformado, hablando osadamente de reducir a unos cultistas encapuchados con su pistola de aguja, hacerse con un camión militar y partir a toda prisa hacia el parque de Amgando para advertir del inminente ataque… Una locura. Una absoluta locura.

Pero quizá funcionara, por el hecho de que era una locura. Nadie esperaría que dos personas aparecieran de la nada en aquel pacífico paraje bucólico y simplemente escaparan con un camión.

Descendieron la rampa de la autopista, con Theremon a una corta distancia a la cabeza. Un campo de plantas excesivamente crecidas cubría la distancia entre ellos y el campamento de los Apóstoles.