Sin embargo, sí existe una situación en la que la libido masculina se penaliza catalogándola de «promiscua»: en el caso gay. El tópico de que las relaciones amatorias entre varones vienen condenadas de antemano por la promiscuidad de los miembros levanta los recelos entre los propios amantes. La promiscuidad es el preliminar de la sospecha.
No debemos olvidar que, no hace demasiado, ser gay era convertirse en un posible sujeto «contaminante». En los días en los que el sida colmaba las portadas de los periódicos, darle la mano a un gay era exponerse a un contagio irremediable. Aproximadamente lo mismo que puede ocurrir hoy al sentarse junto a un fumador activo. La causa de ese estigma era y sigue siendo la promiscuidad. La propia promiscuidad deviene el estigma.
En el portal, aceptó mi ofrecimiento y subió al piso. Fumamos un último cigarrillo de marihuana y me comentó, entre risas tontas, que su novio debía de empezar a estar preocupado. Debo reconocer que el comentario hizo desaparecer en mí, de manera súbita, los efectos de la hierba. Me levanté y le dije que sí, que muy posiblemente su pareja estaría inquieta y que era mejor que se marchase. Marcos notó mi enfado y me explicó que se encontraba confuso con la atracción que sentía por mí. Apoyé mi mano sobre su entrepierna. Deslicé suavemente la cremallera y sostuve con la mano su miembro erecto. Me pidió que esperara un momento… y empezó a hablarme de Ramón.
Sigo en contacto esporádico con Marcos. Solemos hablar de sexo y de su situación emocional. Se casó con Ramón no hace mucho. Me encontraba en Inglaterra cuando se produjo el enlace, pero, por lo que me dijo, la ceremonia fue hermosa.
Hace poco, volvió a agradecerme que sostuviera, aquel día y durante un rato, su pene erecto entre mis manos. Al parecer, le enseñó algunas cosas, entre otras que su amor por Ramón no era un asunto de género y que su fidelidad hacia él no era un problema de deseo.
Marcos me enseñó a mí muchas otras, como que queda mucho por comprender y que en las relaciones intergénero o en el colectivo humano LGBT, no valen los confusos juegos de palabras, y que, quizá, los acrónimos se queden cortos.
El sexo entraña muchos peligros
Esa mañana, cuando encendí la tele en el hotel de Buenos Aires donde me alojaba, daban la noticia del suicidio colectivo de los miembros de aquella secta. Se acercaba el tercer milenio y esperaban una catástrofe ecológica que pondría un final apocalíptico a la era que vivíamos. La policía retiraba los cuerpos cubiertos por sábanas de los adictos, ante la sorpresa de los vecinos. Del líder de la hermandad no se sabía nada. Sólo que no estaba entre los fallecidos.
Nada nos hace más dóciles que el miedo. Ni nada más temerosos que el desconocimiento. «Todo es ruido para quien tiene miedo», dejó dicho Sófocles.
Durante un tiempo viví a costa de Esteban. Lo había conocido al poco de haber saldado, tras mi paso por la prostitución, las importantes deudas que tenía acumuladas, a causa de que me fijara en quien no debía, pero quería.
En Esteban no se agrupaban demasiadas gracias. Salvo quizá la del dinero… y esa gracia sólo suele hacerle gracia a quien la tiene. Esteban era lo que se dice un pelmazo. Un activo pasivo, uno de estos tipos que, presentándose como sumisos y comprensivos, pretenden que tu vida gire, ininterrumpidamente, alrededor de ellos. Uno de esos que dominan, o lo pretenden, desde el llanto, de los que comen no a una dentellada como los tiburones, sino a mordisquitos continuos, como las ratas. Uno de esos que lo que únicamente quieren es quererse a ellos mismos a través del otro, de los que se ponen a tu entera disposición sólo para que tú hagas lo mismo con ellos. De los que ofrecen amor de pago sin descuento por pronto pago. Y hablan de amor porque no saben amar. Una de esas personas mucho más fáciles de encontrar que de describir. Un pelmazo.
Educamos desde el miedo mucho más que desde el entendimiento. Desde la culpa neurotizadora mucho más que desde la satisfacción. Le enseñamos a un niño que meter los dedos en el enchufe le provocará una descarga letal, pero olvidamos contarle que la luz eléctrica es la que le permite vernos la cara cuando le arropamos por la noche.
Educamos en la vida para abstenernos de vivir, no para vivir sin abstenernos. Creamos miedo antes de enseñar lo que hay que temer. Y eso suele producir lo contrario (porque el miedo genera miedosos); aparecen maleducados que muerden por temor a que les puedan morder, que se exceden por temor a quedarse cortos, que hablan a gritos por temor a no ser oídos y que hacen sinsentidos por temor a tener que encontrarles sentido. Sin que hayan aprendido a morder, sin que sepan lo que es el exceso, sin que tengan nada que decir o sin que conozcan el difícil hábito de encontrar el sentido.
En el sexo, todos hemos sido educados en un problema. Porque en el «discurso normativo del sexo» que manejamos, el sexo es un peligro. Hemos hecho del sexo una actividad de riesgo frente a la que hay que manejarse con todas las salvedades del mundo, con todas las aprensiones y con todos los diagnósticos, para que no encendamos el interruptor de la luz, no vaya a ser que nos quedemos pegados al enchufe.
Es por ello por lo que, en la educación sexual y en la comprensión del fenómeno sexual, el gran tema que se aborda es la prevención. Pero la necesaria prevención, para una persona con una capacidad de comprensión normal y no importa de qué edad, se resuelve en dos lecciones: uno, si practicas el coito, usa preservativo, y dos, si el otro, o tú mismo, no queréis, no interaccionéis sexualmente.
Quedarse en la prevención o en la didáctica de la prevención e ilustrar hasta el infinito la condena que conlleva la falta es hacer, de lo que no hay que hacer, lo que es. Es como si, para enseñarnos a hablar, empezaran pronunciándonos los tacos que no hay que decir nunca y nos enseñaran a rotularlos con letra redondilla en nuestras cartillas pautadas. Sin enseñarnos el hecho de que el lenguaje sirve, por ejemplo, para hablar con los que amamos.
Nunca le soplé a Esteban más de lo que yo consideraba justo como retribución por aguantarle la tontería. El estímulo estaba más en saber que podía desplumarlo que en desplumarlo. Además, siempre he sido contenida en mis gastos. Esteban tenía otra particularidad; era un miedoso. Eso le hacía especialmente maleable.
– Voy a dejar el piso; la zona es céntrica, pero he visto uno magnífico, en la zona sur.
Él meditaba un momento. Valoraba la peligrosidad de la nueva ubicación. Se imaginaba a sí mismo transitando a altas horas de la madrugada por sus callejuelas, sin sitio donde aparcar su Mercedes.
Y hacía cualquier cosa para que me mudara a uno de la zona alta. En este caso, pactar con el API el precio del alquiler por lo mismo que yo estaba pagando por el mío, a cambio de colocar al agente en no sé qué consejo de administración.
– … sabes que haría cualquier cosa por ti. Ya podía verse aparcando su Mercedes y andando por los barrios donde se sentía seguro. Y así pude mudarme al piso que había visto hacía dos meses y cuyo alquiler hasta entonces no me podía permitir.
Pero si simular un orgasmo es sencillo, nada cansa más que hablar de amor con alguien que no sabe lo que eso significa.
– Vete a tomar por el culo.
– Pero, cariño, ¿cómo me puedes decir esto con lo que yo te quiero? Ya.
Tardó diez semanas en ser el sugar daddy de Dragana, una conocida mía, serbia de nacionalidad y arribista de profesión, que, por lo que sé, no tuvo reparos en decirle que le quería… A cambio, eso sí, de tener un piso en propiedad y el Mercedes a su nombre. Del sentido desmedido del miedo de un ególatra, Dragana, también, se hizo un abrigo de visón.
En el proceso de anatemizar el sexo, no sólo está el hablar de la prevención del sexo como si se hablara del sexo para hacer de él algo contra lo que prevenirse. Está también el hacerlo autor del delito, como al pobre mayordomo en las novelas de misterio. Cuando hablamos de, por ejemplo, «delitos sexuales», olvidamos que el sexo no comete delitos; que el delito lo comete algún delincuente empleando el sexo, pero no el propio sexo. Delito que, a lo mejor, se cometió en un apartamento o en un automóvil y no por ello hemos creado el «delito apartamentístico» o el «delito automovilístico».