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Una salvedad: las maneras de representar nuestro estar sexual no predeterminan un juicio moral ni estético. Un crimen es un crimen por bien o mal planificado que esté y una genialidad es una genialidad independientemente del tiempo que se tarde en elaborar. Erotismo y pornografía son dos métodos de exhibición, dos propuestas para hacer visible, no dos juicios de valor sobre la moralidad del que los construye o del que los aprecia.

El visitante la abrazó por detrás, y mi vecina apoyó las manos sobre el quicio de la ventana con un gesto de satisfacción. Su cara se asomó al exterior unos centímetros. Me pegué contra la pared evitando ser descubierta, mientras apartaba ligeramente la cortina de mi ventana para que mi vista se filtrase por el hueco que dejaba. Vi como, desde atrás, le sujetaba un pecho con la mano izquierda mientras le bajaba con la derecha el tanga. Los oí musitar y jadear cuando él empezó a acercarse desde atrás. El empuje hizo que ella estirase los brazos proyectándose hacia arriba, de forma que el encuadre cambió. Perdí su cara, pero gané la línea superior de su pubis oscuro.

El erotismo de los adúlteros fue, aquella noche, mi pornografía.

Si al erotismo le pone nombre el amoroso Eros y a la pornografía una puta cualquiera, parece que los inventores de estos términos tenían claro lo que querían designar con ambos, pero detrás del erotismo o la pornografía, no hay un virtuoso o un depravado, sólo alguien con o sin talento y delante, no hay un esteta o un vicioso, sólo alguien que mira por la cortina o deja de observar.

Las flores del mal, antes que mal, son flores…

La religión y el sexo no se llevan bien

Aquella pieza era sin duda el inicio de la banderola que culminaba el mástil. Sin embargo, Raisha se empeñaba en ponerla a los pies del pato, entre el reflejo del agua y el nenúfar. «¿No ves que no encaja? Esa pieza no coincide con las otras con las que la estás poniendo… tiene que ir en el palo.» Raisha hacía oídos sordos. Le daba la vuelta a la pieza y volvía a intentar colocarla en el mismo sitio. Luego, la dejaba de lado y seguía con otras, hasta que sus dedos volvían a topar, como sin querer, con ella. Cuando sonó el timbre y nos dispusimos a salir al salón, Raisha, enfurecida, tiró la pieza. «Pero ¿por qué, en lugar de tirarla, no la pones donde te indico?», le pregunté, mientras acababa de abrocharme la blusa. «Porque esta jodida pieza no me gusta», respondió.

Resolviendo un puzle de quinientas piezas en uno de los tiempos muertos que pasábamos en el burdel.

A veces, preferimos ser fieles a nuestra estupidez que resolver un conflicto.

Raisha, una jovencita caprichosa que llevaba dos años trabajando en la «casa» cuando yo entré, era una de ellas. De origen ruso, pero de padre italiano y madre lituana, no se llevaba bien con Louise. Sin embargo, Louise se había ofrecido a mejorar su castellano, a permitirle dormir en su piso y no en la pensión de mala muerte donde vivía, y a cuidar a la pequeña hija de Raisha cuando ella trabajaba, para que no tuviera que dejarla en manos de un amigo búlgaro de intenciones muy poco claras. Pero Raisha no consentía en trabar amistad con Louise. Bajo su animadversión hacia Louise, se escondía el miedo de Raisha, su inseguridad por considerarla más guapa y más hábil que ella y su amargura por no comprender la amabilidad gratuita de Louise. Raisha, sin embargo, no paraba de hablar de ella todo el día (aunque fuera para criticarla) y no se perdía un solo gesto de Louise para regularizar su estado de ánimo en función de él (si Louise sonreía, ella fruncía el ceño, si Louise reía, ella se lamentaba).

Solemos hacer incompatible con nosotros lo que no queremos entender, y nos conforta más sentir miedo a lo que no entendemos que satisfacción por lo comprendido. A la religión, con el sexo, le ocurre lo mismo. Quizá sea por eso por lo que las religiones de la mortificación y la castidad son las que más dependen de la sexualidad humana.

«Admirar» significa etimológicamente «mirar hacia»; las religiones de la santa cruzada contra el sexo «admiran» el sexo. Y mucho. Tanto es así que se puede definir una religión por el tratamiento que hace de la sexualidad. Cuando una religión nos dice que la sexualidad es sucia, pecaminosa, viciosa o inmoral, no nos está diciendo que el sexo sea eso, sino que ella es una religión idealista, antimaterialista, irracional y penitente. No conviene olvidar eso.

Tanta es la dependencia que manifiestan hacia el «hecho sexual humano» que, más que religiones, se convierten en auténticos tratados en torno al «uso» de la sexualidad (aunque no figure en su decálogo una sola reflexión sobre la propia sexualidad y en el cristianismo, por ejemplo, lo único que pueda parecerse a un tratado amatorio sean los relatos de pecados recogidos en los libros de confesores). Sólo evitan esta conformación de «tratados morales de la sexualidad» aquellas religiones que son formas de entendimiento, aquellas que son esfuerzos para entender al mundo y al hombre y no formas de usarlo para someterlo.

Es tanta su fijación sobre la sexualidad que estas auténticas escuelas de proselitismo moral revelado creen que sexo y moral son lo mismo, que cualquier acción realizada desde nuestra condición de seres sexuados conlleva implícita una regulación moral sancionadora y una valoración moral inculpatoria. Y acaban confundiendo a los feligreses y a los que no lo son, pero viven inmersos en su cultura de la culpa.

La religión, con demasiada frecuencia, sirve mucho más para «regular» el tráfico que para «religar» al hombre con su sentido de lo absoluto. Tampoco conviene olvidar eso. Cuando de un sentimiento humano perenne y original como el de trascendencia se hace un oficio, ocurren estas cosas; cuando no es el sentimiento al que dejamos hablar, sino a un «oficiante» de él, éste hace, en su nombre, estas cosas. El problema de la religión son los oficiantes religiosos, y el problema de los oficiantes religiosos es que hacen de la religión su sustento.

Louise tenía de cliente a un sacerdote católico. Era un tipo particular que vivía absolutamente obsesionado por dos cosas: el practicar sexo y el evitar pagar los servicios de Louise (quizá por haber hecho voto de pobreza…).

Personalmente, siento cierta inclinación por las personas que son capaces de cuestionarse y de cuestionar los dogmas para obrar en consecuencia con sus creencias. Personalmente, siento repugnancia por los corruptos. El «cura» de Louise era de los segundos. En el burdel, baboseaba sobre todo lo que pasara por sus proximidades, mientras fuera, seguía predicando y exigiendo de los demás mortales contención sexual y recato moral. Nunca vi en sus ojos la más mínima señal de duda.

Cuando Louise, harta ya de su mezquindad y de su cicatería, lo mandó de vuelta a la parroquia, él se echó a los brazos de Raisha. Hicieron magníficas migas. A ella le bastaba con saber que la prefería a Louise y al otro le bastaba con meterla en caliente de franco. Entre los dos hicieron correr el bulo de que Louise padecía de un herpes genital, cosa que hizo que Louise tuviera que acabar abandonando aquella casa.

Interpretar el sexo como algo contaminante no ha sido siempre consustancial al cristianismo. Han sido numerosas las «herejías» que, incluso dentro de esta religión del amor fraternal, han intentado conciliar el uso de la sexualidad con la doctrina evangélica. Pero ya sabemos cómo se las gasta la ortodoxia con la heterodoxia, y si es en el nombre del Padre, más.

Los hermanos y hermanas del Libre Espíritu, una herejía que se funda en el siglo xii, de raíces gnósticas, niegan cualquier autoridad eclesiástica terrenal. En su carácter panteísta, manifiestan la ausencia de pecado (por ser Dios el Todo y estar el pecado ajeno a Él) y hacen efectiva la inmolación del hijo para redimir a los hombres del pecado (Cristo en verdad, con su sacrificio, libró de pecado al hombre). Repudian, por tanto, los sacramentos (inútiles cuando no se «puede» pecar), hacen del infierno y del cielo estados anímicos (el segundo derivado del conocimiento y el primero de la culpa ignorante) y proclaman el gozo como santificación de Dios y el sexo como ofrenda a su manifestación. Libertinos y hedonistas fueron todos pasados por la pica, algunos de ellos, según cuenta Michel Onfray, ajusticiados, otros, como Amaury de Béne, inhumados, quemados sus restos y esparcidos por los pastos. Cualquier cosa en nombre del amor y la caridad cristiana.