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Burkin hizo una nueva pausa, se envolvió en una nube de humo y prosiguió:

—¡Sí, como lo oye usted, a punto de casarse!

—¡No, usted bromea! —contestó Iván Ivanovich.

—¡Palabra de honor! Mire usted cómo fue. Un día llegó a la ciudad un nuevo profesor de Geografía e Historia, un tal Mijail Savich Kovalenko. Lo acompañaba su hermana, llamada Vasia. Eran de origen ucranio; el hermano era un mocetón, joven aún, muy moreno, con unas manos enormes; sólo con mirarle se adivinaba que tenía voz de bajo, y, en efecto, cuando hablaba, su voz parecía salir de un tonel vacío: «bu-bu-bu...» La hermana era mayor, de unos treinta años, también muy alta, morena, de ojos negros, de mejillas sonrosadas; en fin, una muchacha muy apetitosa. Hablaba por los codos, era muy risueña, cantaba canciones ucranias. Daba gusto oír su risa franca y alegre: ¡ja, ja, ja!

Conocimos a los Kovalenko en un baile que dio el director del colegio con motivo de su cumpleaños. Entre los profesores de aspecto severo, que se conducían incluso en los bailes como si cumpliesen un penoso deber, aquella señorita parecía una Afrodita, surgida de las espumas del mar. Reía, bailaba, animaba el salón con la música de su voz sonora. Nos cantó algunas canciones ucranias. En fin, nos encantó a todos, sin exceptuar a Belikov. El profesor se sentó junto a ella y le dijo, con una sonrisa suave:

—La lengua ucrania, por su sonoridad y su melodía, se parece a la lengua griega.

Aquello halagó a Varenka, que empezó a hablarle,con énfasis y entusiasmo, de su casa en Ucrania; de su madre, que vivía allí; de las sandías, de los pepinos y de otras exquisiteces que se criaban en su huerto. No se criaban por aquí cosas tan exquisitas.

—¡Y si viera usted qué magnífica sopa de legumbres comemos en nuestra bella Ucrania!

Oyendo su conversación se nos ocurrió a todos, de pronto, la misma idea:

—¡Y si los casáramos! —me dijo, por lo bajo, la mujer del director.

Diríase que hasta aquella noche no habíamos parado mientes en el celibato de Belikov. Estábamos asombrados de no haber pensado hasta entonces en aquel aspecto de su vida íntima. ¿Qué opinión tendría de la mujer? ¿Cómo resolvería tan grave problema? Hasta aquel momento no nos habíamos hecho tales preguntas, acaso creyendo imposible que un hombre que llevaba en todo tiempo clanclas y se ocultaba temeroso en su concha pudiera enamorarse.

—Hace mucho tiempo que él ha pasado de los cuarenta; ella tiene treinta años —añadió la directora—. Creo que se casaría con él muy gustosa.

¡Dios mío, cuántas tonterías, cuántas estupideces se hacen en provincias sólo para pasar el rato; cuántas cosas inútiles, y a veces absurdas, se inventan sin otra razón que no tener qué hacer! ¿Cómo demonios se nos ocurrió la idea de casar a Belikov, a quien ni siquiera se podía uno imaginar en el papel de marido, de padre de familia? Y no obstante, todo el mundo se aplicó con ardor a la realización del proyecto. La directora, la inspectora y las mujeres de los profesores se animaron de pronto, y hasta se embellecieron, como si hubieran encontrado súbitamente un ideal que llenase su vida.

Algunos días después la directora tomó un palco en el teatro e invitó a Belikov y a Varenka. Varenka, haciéndose aire con el abanico, parecía feliz, alegre; él estaba tan abatido y asustado, que diríase que acababa de ser sacado de su casa a tirones.

Transcurridas algunos días más las señoras se empeñaron en que yo diese un baile en mi casa e invitase a Belikov y a Varia.

Habíamos adquirido la certidumbre de que Varenka se casaría gustosísima con Belikov, con tanto más motivo cuanto que no era muy feliz en casa de su hermano, que era un buen muchacho, pero tenía la manía de discutir acerca de todo. Hermano y hermana se pasaban la vida entregados a acaloradas discusiones, que ni en la calle interrumpían. He aquí, por ejemplo, una escena: Kovalenko, el mocetón robusto, engalanado con una camisa ucrania bordada, desbordante bajo el sombrero la espesa cabellera, marchaba junto a su hermana, en una mano un paquete de libros, en la otra un grueso bastón, espanto de los perros. Ella también llevaba en la mano unos libros.

—Pero, Miguelito, estoy segura de que no has leído ese libro. ¡Te juro que no lo has leído! —decía ella en voz tan alta, que se le oía desde la otra acera.

—¡Y yo te digo que lo he leído! —gritaba el hermano, golpeando el suelo con el bastón.

—¡Dios mío, no comprendo por qué te enfadas, Miguel! No es una discusión de principios, y debías oírme con calma.

—¡Pero si estoy diciéndote que no he leído ese libro y tú te emperras en lo contrario!...

En casa ocurría lo mismo: disputaban, gritaban, se enfadaban, sin que la presencia de personas extrañas los contuviese.

Era muy natural que a Varia la aburriese una vida así. Soñaba con fundar un hogar propio. Además, como ya no era joven, casi había perdido la esperanza de casarse, y aceptaría el matrimonio con cualquiera, aunque fuera con Belikov.

Lo cierto es que se mostraba propicia a nuestro proyecto, y dejaba hacer...

Belikov no cambiaba. Visitaba de cuando en cuando a Kovalenko, como a todos sus demás colegas. Se pasaba horas enteras sin decir esta boca es mía. Varenka le cantaba canciones ucranias, lo miraba soñadoramente con sus grandes ojos negros, y a veces prorrumpía en alegres carcajadas:

—¡Ja, ja, ja!

En empeños de amor, sobre todo cuando hay en ellos miras matrimoniales, la sugestión juega un gran papel. Todos los profesores y las señoras dieron en la flor de asegurarle a Belikov que debía casarse, que no le quedaba otro refugio que el matrimonio; lo felicitábamos, le hablábamos de la necesidad de crear un hogar. Además, Varenka era bastante guapa, inteligente, de buena familia; poseía en Ucrania una finquita. Luego, era la primera mujer que le había manifestado algún cariño, lo que lo conmovió, le hizo perder la cabeza y lo decidió a casarse.

—Aquél era el momento indicado para despojarle de los chanclos y el paraguas —dijo Iván Ivanovich.

—Eso era imposible, como va usted a ver. Pero déjeme contárselo todo... Pues bien: Belikov colocó sobre su mesa el retrato de Varenka. Solía visitarme para hablar de ella, de la vida de familia, de la extrema importancia del matrimonio. Casi diariamente iba a casa de los hermanos Kovalenko; pero no cambió en nada sus costumbres. Por el contrario, su decisión de casarse ejerció sobre él una influencia funesta. Se puso más delgado y más pálido y parecía aún más metido en su funda.

—Bárbara Savichna me gusta —me decía con su leve sonrisa enfermiza—. Harto se me alcanza que todo hombre debe casarse; pero..., mire usted, todo esto es para mí una gran sorpresa; todo ha sucedido de un modo tan inesperado... Hay que pensarlo mucho antes de dar ese paso decisivo...

—¿Para qué pensarlo? —le respondía yo— ¡Cásese usted, y asunto concluido!

—No; el matrimonio es un acto demasiado grave. Ante todo, hay que pesar bien todos los deberes que lleva consigo, todas las responsabilidades... De lo contrario, son de temer consecuencias enojosas... Esto me inquieta de tal modo, que casi no duermo... Además, se lo confieso a usted, tengo un poco de miedo. Ella y su hermano son de una manera de pensar especial... Basta oír sus discusiones... Son demasiado vivas, demasiado violentas... Si me caso con ella, tal vez tenga disgustos. ¡Quién sabe!