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Belikov empezó, con mano nerviosa, a abotonarse. En su faz se pintaba el horror. Era la primera vez que se le decían cosas semejantes.

—Puede usted decir lo que le dé la gana —contestó, saliendo—. Pero debo prevenirle: alguien puede haber oído nuestra conversación, y para que no la interprete mal y no haya consecuencias enojosas que lamentar, creo mi deber contárselo todo al señor director.

—¿Quieres denunciarme, canalla? ¡Muy bien, largo!

Hablando así, Kovalenko asió a Belikov por la nuca, y lo empujó con tanta fuerza, que lo hizo caer y rodar por las escaleras. Como eran altas y muy pinas, el pobre profesor de Griego llegó abajo molido. Lo primero que hizo al levantarse fue echarse mano a las narices para convencerse de que no se le habían roto las gafas. Luego, de pronto, vio al pie de la escalera a Varenka con otras dos damas; lo habían visto rodar, lo cual era para él lo más terrible: hubiera preferido descalabrarse o romperse ambas piernas a la perspectiva de ser objeto de las zumbas de toda la ciudad. ¡Todo el mundo se enteraría de que Kovalenko lo había tirado por las escaleras! Todos lo sabrían: el director, las autoridades. Se le haría otra caricatura, la gente se burlaría de él. Aquello acabaría muy maclass="underline" se vería obligado a dimitir. ¡Qué desgracia, Señor!

Varenka, viéndolo mohino, la ropa en desorden, lo miraba sin comprender lo que había sucedido. Creyendo que su caída había obedecido a un traspiés, prorrumpió en carcajadas alegres y sonoras:

—¡Ja, ja, ja!

Aquella hilaridad ruidosa fue el remate de todo: de los proyectos matrimoniales de Belikov y de la propia existencia del profesor.

Belikov ya no oyó ni vio nada.

Llegó a su casa, quitó de encima de la mesa el retrato de Varenka, se acostó y no volvió a levantarse.

Tres días después vino a mi casa su criado Afanasy y me dijo que era necesario ir a buscar un médico pues su amo parecía gravemente enfermo.

Fui a ver a Belikov. Estaba acostado bajo el baldaquino, tapado con la colcha, y guardaba silencio. Todos mis intentos de hacerle hablar fueron vanos: sólo contestaba con síes o noes. Afanasy, junto a la cama, suspiraba sin cesar y exhalaba un fuerte olor a vodka.

Un mes después Belikov falleció.

Le hicimos un entierro solemne. Formaban el cortejo fúnebre escolares de todas las escuelas de la ciudad. En el ataúd, la expresión de su faz era suave, casi alegre: diríase que le complacía verse, al cabo, metido en un estuche del que ya no saldría nunca. ¡Había realizado su ideal!

Como para halagarle, el tiempo, el día del entierro, fue sombrío, lluvioso, y llevábamos todos chanclos y paraguas.

Varenka asistió al entierro; cuando se colocó el ataúd en la tumba vertió algunas lágrimas. Mirándola, me percaté de que las mujeres ucranias, o ríen como locas, o lloran: su humor nunca es tranquilo, sereno.

Confieso que enterrar a gente como Belikov constituye un gran placer. Aunque al volver del cementerio se pintaba en nuestros semblantes la tristeza, como es de rigor en ocasiones semejantes, aquello era una máscara que ocultaba nuestro contento; todos nos sentíamos muy felices, como en nuestra infancia, cuando las personas mayores se ausentaban y nos dejaban por algunas horas o por algunos días en plena libertad. ¡Ah, la libertad! ¡Qué tesoro! Sólo una ligera alusión a la libertad, la vaga esperanza de ser libres, da alas a nuestra alma.

Sí; volvimos del cementerio de muy buen humor, esforzándonos en ocultarlo.

Los días se deslizaron. La vida siguió su curso habituaclass="underline" aquella vida severa, fatigosa, estúpida, entorpecida por toda suerte de prohibiciones, privada de libertad. La muerte de Belikov no la hizo más fácil; Belikov había muerto; pero ¡cuántos hombres enfundados existían aún sobre la Tierra y habían de existir durante mucho tiempo!

—Es verdad —dijo Iván Ivanovich—. Sobre todo, entre nosotros no faltan.

—¡Y no será fácil desembarazarse de ellos!

Burkin salió de la porchada. Era un hombrecillo grueso, completamente calvo, con una gran barba negra que le llegaba hasta cerca de la cintura. Dos perros de caza salieron tras él.

—¡Qué Luna! —dijo mirando al cielo.

Era ya media noche. A la derecha, bajo la blancura lunar, se extendía la aldea; la calle, de cerca de cinco kilómetros, se perdía en la distancia. Todo estaba sumido en un sueño dulce y profundo. Nada se movía, no se oía el menor ruido. Parecía increíble que un silencio tal pudiera existir en la Naturaleza.

Cuando en una noche de luna se contempla la ancha calle aldeana con sus casas y sus montones de trigo, una gran serenidad envuelve el alma. En su reposo, hundida en la noche, la aldea, olvidadas sus penas, cuidados y dolores, se reviste de un suave encanto melancólico; las estrellas la miran con cariño; diríase, en tales momentos, que no existe el mal sobre la tierra, que todo es en ella bienandanza.

A la izquierda, al extremo de la aldea, comenzaba el campo, cuya amplitud se dilataba hasta el horizonte. Y todo aquel enorme espacio, inundado de luna, yacía también en silencio, tranquilo, sumido en un sueño profundo.

—Sí, el pobre Belikov —dijo Iván Ivanovich— era un hombre enfundado... Pero nosotros, que vivimos en esa abominable ciudad, en sucias y estrechas casas, entre papeles inútiles y, con frecuencia, estúpidos, que jugamos a las cartas, ¿no estamos también enfundados? Nosotros, que pasamos la vida entre gandules y parásitos, entre gentes ruines y mujeres ociosas y necias, ¿estamos más al aire libre?... Si quiere usted, le contaré una historia muy interesante a este respecto...

—No, es hora de dormir —contestó Burkin— ¡Hasta mañana!

Entraron en el porche y se acostaron sobre el heno.

—¡No es nada feliz nuestra vida! —suspiró Iván Ivanovich, volviéndole la espalda a Burkin—. Sólo vemos en torno nuestro embusteros e hipócritas, y hay que soportar todo eso; no hay bastante valor para decirle a un idiota que lo es ni para decirle que miente a un embustero; no nos atrevemos a declarar abiertamente que toda nuestra simpatía la merecen los hombres honrados y libres, que, a pesar de todo, en alguna parte han de existir. Mentimos, nos humillamos, sonreímos, cuando de buena gana maldeciríamos, y todo por tener un pedazo de pan, una vivienda, lo que se llama, en fin, una posición. ¡Verdaderamente esta vida es una porquería!

—Eso es ya alta filosofía —repuso, Burkin—. Más vale dormir...

Momentos después roncaba.

Iván Ivanovich no podía dormir. Habiendo intentado en vano conciliar el sueño, se levantó, salió de la porchada y, sentándose en el umbral de la puerta, encendió la pipa.

Un hombre irascible

Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías por el estilo me tienen completamente sin cuidado.