Fedia lanza un chillido y solloza.
—Esto es ya imposible —exclama la madre, levantándose de la mesa y arrojando la servilleta—. No podemos comer tranquilamente. Los manjares se me atragantan.
Se cubre los ojos con un pañuelo y sale del comedor.
—¡Ah!, la señora se ofendió —dice Gilin sonriendo malévolamente—. Es delicada, en verdad, lo es demasiado. ¡Ya lo creo, Amfisa Ivanova! No le gusta a la gente oír las verdades. ¡Seré yo quien acabe por tener la culpa de todo!
Transcurren algunos minutos en completo silencio. Gilin advierte que nadie ha tocado aún la sopa; suspira, se fija en la cara descompuesta y colorada de la institutriz, y le pregunta:
—¿Por qué no come usted, Bárbara Vasiliena? ¡Usted también se habrá ofendido, seguramente! ¿La verdad no es de su agrado? Le pido mil perdones. Yo soy así. Me es imposible mentir. Yo no puedo ser hipócrita. Siempre digo la verdad lisa y llana. Pero noto que aquí mi presencia es desagradable. Cuando yo me hallo presente, nadie se atreve a comer ni a hablar. ¿Por qué no me lo hacen saber? Me marcharé...; me voy...
Gilin se pone en pie, y con aire importante se dirige a la puerta. Al pasar frente a Fedia, que sigue llorando, se detiene, echando atrás la cabeza con arrogancia, y pronuncia estas frases:
—Después de lo ocurrido, puede usted recobrar su libertad. No me interesaré más por su educación. Me lavo las manos. Le pido perdón si, ansiando con toda mi alma su bien, le he molestado, así como a sus educadores. Al mismo tiempo declino para siempre mi responsabilidad por su porvenir.
Fedia solloza con más fuerza. Gilin, cada vez más importante, vuelve la espalda y se retira a una habitación.
Dormido que hubo la siesta, los remordimientos lo asaltan. Se avergüenza de haberse comportado así ante su mujer, ante su hijo, ante Amfisa Ivanova, y hasta teme acordarse de la escena acaecida poco antes. Pero tiene demasiado amor propio y le falta valor para mostrarse sincero, limitándose a refunfuñar.
Al despertar, al día siguiente, se siente muy bien y de buen humor; se lava silbando alegremente. Al entrar en el comedor para desayunarse ve a Fedia, que se levanta y mira a su padre con recelo.
—¿Qué tal, joven? —pregunta Gilin, sentándose—. ¿Qué novedades hay, joven? ¿Todo anda bien?... Ven, chiquitín, besa a tu padre.
Fedia, pálido, serio, se acerca y pone sus labios en la mejilla de su padre. Luego retrocede y torna silencioso a su sitio.
Un portero inteligente
De pie, en el centro de la cocina, el portero moralizaba. Sus oyentes eran los lacayos, el cochero, dos doncellas, el cocinero, la cocinera y dos pinches, sus hijos. Todas las mañanas moralizaba sobre algo, siendo en aquella el tema de su discurso la instrucción.
—¡Todos ustedes —decía, sosteniendo con las manos un gorro con insignia de metal— viven cochinamente!... ¡Se pasan el tiempo ahí sentados y no se les ve más que ignorancia!... ¡No se les ve civilización!... ¡Mischka, jugando al ajedrez! ¡Matriona, cascando nueces!... ¡Nikifor, siempre a vueltas con sus chuflas!... ¿Es eso acaso inteligencia?... ¡Eso no es inteligencia!... ¡Eso es pura tontería!... ¡Ustedes no tienen ni una chispa de inteligencia!... ¿Y por qué?
—¡Desde luego, Filipp Nikandrich —observó el cocinero—, ya se sabe!... ¿Qué inteligencia va a tener uno?... ¡La del mujik!1... ¿Qué va uno a comprender?
—¿Y por qué les falta inteligencia?... ¡Porque no arrancan de un verdadero punto!... ¡No leen libros, y para lo tocante a lo escrito, no tienen ningún sentido!... ¡Si al menos cogieran un librejo, se sentaran y leyeran!... ¡Seguro que son alfabetos y que comprenderían lo que está impreso!... ¡Tú, por ejemplo, Mischka, si cogieras un libro y leyeras..., sería un gran provecho para ti y de mucho gusto para los demás!... ¡En lo libros, sobre todo, hay una extensión muy grande!... Allí verás que te hablan de la Naturaleza, de lo divino, de los países terrestres!... ¡De que si esto se hace de lo otro... de las diversas gentes que hay... de los idiomas que hay!... También del paganismo... ¡Sobre todas las cosas encontrarás tema en los libros... sólo hay que tener ganas de buscarlas!... Pero ustedes... ahí se están sentados junto a la estufa sin hacer más que zampar y beber!... ¡Exactamente como las bestias!... ¡Pfú!...
—Ya es hora de que se vaya a la guardia, Nikandrich —observó la cocinera.
—¡Lo sé!... ¡No eres tú la que tiene que hacerme observaciones!... ¡Esto, por ejemplo!... ¡Digamos, yo!... ¿En qué puedo yo ocuparme a mi edad?... ¿Con qué puede uno satisfacer el alma?... ¡Para eso no hay cosa mejor que un libro o un periódico! Ahora me voy a la guardia... Me estaré tres horas junto a la puerta cochera..., pero ustedes pensarán que me voy a pasar el tiempo bostezando o charlando con las babas. ¡Nada de eso! ¡Yo no soy así!... Cogeré un librito y me pondré a leer muy a gusto. ¡Eso es!
Y Filipp, sacándose del gorro un libro deteriorado, lo deslizó entre sus ropas.
—¡Así es mi ocupación! Desde que era un crío me acostumbré a que "la sabiduría es luz y la ignorancia tinieblas..." ¿Con seguridad han oído eso?... ¡Así es!
Después Filipp se caló el gorro, y mascullando abandonó la cocina. Una vez fuera, con nublado semblante, tomó asiento junto al portalón.
—¡No son personas!... ¡Son unos químicos cochinos! —masculló con el pensamiento siempre en la gente de la cocina. Luego, apaciguándose, sacó un libro, lanzó un suspiro con mucha dignidad y se puso a leer.
"¡Tan bien escrito está que no cabe cosa mejor!", pensó, moviendo la cabeza al terminar la lectura de la primera página. "¡Cuánta sapiencia ha concedido el Señor!"
El libro, de edición moscovita, era un buen libro: El cultivo de las hortalizas. ¿Tenemos o no necesidad de la calabaza?... Después de leídas las dos primeras hojas, el portero movió la cabeza con un gesto lleno de significación, y tosió:
—¡Todo está muy bien dicho!
Terminada la lectura de la tercera página, Filipp quedó pensativo; sentía deseos de meditar sobre la educación y, sin saber por qué, sobre los franceses. Reclinó la cabeza en el pecho y apoyó los codos en las rodillas. Sus ojos se entornaron.
Y Filipp tuvo un sueño. Vio cómo todo había cambiado: la tierra era la misma, las casas las mismas, el portalón el mismo, y, sin embargo, la gente completamente distinta. ¡Todos eran muy sabios! No había ningún tonto, y por las calles andaban franceses y más franceses. Hasta el propio aguador reflexionaba de este modo: "He de confesar que no me siento nada satisfecho del clima. Voy a consultar el termómetro". Mientras esto decía, sostenía un grueso libro entre las manos.
"Lo que tiene que hacer es leer el calendario" —le contestaba Filipp.