– Si quieres la flota cebo, César, es tuya.
– A partir de allí se producirá un ataque por los dos frentes dirigido al extremo oriental de la isla -señaló Livia Drusilia-. Tú avanzarás desde el oeste hacia Messana, Agripa, mientras el contingente de Tauro se acerca a Messana por el sur. Pero ¿qué hay del extremo occidental de Sicilia?
En el rostro apareció una expresión de desdicha.
– En cuanto a eso, señora, me temo que tendremos que utilizar a Marco Lépido y a algunas de las muchas legiones que ha acumulado en la provincia de África. Es una breve navegación desde África hasta Agrigentum y Lilybaeum, que es mejor que la haga Lépido. Sexto puede que tenga su cuartel general en Agrigentum, pero no permanecerá mucho tiempo por allí con tantas cosas que pasan alrededor de Siracusa y Messana, nunca creí que se fuese a quedar allí, pero sí estarán sus bóvedas -manifestó Livia Drusilia con una expresión acerada-. Hagamos lo que hagamos, no podemos permitir que Lépido se marche con el botín de Sexto Pompeyo. Cosa que intentará hacer.
– Absolutamente -dijo Octavio-. Por desdicha tiene conocimiento de nuestros contactos con Antonio, así que sabe perfectamente bien que Agrigentum es vital. Y también que militarmente no es el primer objetivo. Tendremos que batir a Sexto alrededor de Messana, separarlo de Agrigentum, que está situada en el otro lado de la isla y separada por varias cadenas montañosas. Pero veo Agrigentum como otro cebo. Lépido no puede permitirse confinar sus actividades en el extremo occidental si quiere preservar su estatus como triunviro y mayor contribuyente a la victoria. Así que lo que hará será proteger Agrigentum con varias legiones hasta que pueda regresar para vaciar las arcas. Por lo tanto, no podemos permitirle regresar.
– ¿Cómo piensas hacer eso, César? -preguntó Agripa.
– Todavía no estoy seguro. Sólo acepta mi palabra de que es lo que le sucederá a Lépido.
– Te creo -dijo Livia Drusilia con una expresión oronda.
– Yo también -afirmó Agripa con una expresión leal y devota.
Poco dispuesto a enfrentarse al riesgo de las tempestades equinocciales, Agripa no montó su ataque hasta principios del verano, después de recibir aviso de África de que Lépido estaba Preparado y navegaría con los idus de julio. Estatilio Tauro, que de lejos tenía que hacer el viaje más largo, debía navegar desde Tarentum trece días antes, en las calendas, mientras que
Octavio, Messala Corvino y Sabino salieron de Portus Julius el día anterior a los idus y Agripa el día posterior.
Se había acordado que Octavio desembarcaría en Sicilia, al sur del talón de la bota italiana, en Tauromenium, y tendría el grueso de las legiones a su cargo. Tauro se uniría a él allí después de cruzar el monte Etna. El amigo de Octavio, Messala Corvino, marcharía con las legiones a través de Lucania hasta Vibo, desde cuyo puerto cruzarían a Tauromenium. Todo eso hubiese estado muy bien de no haber sido por una imprevista tormenta que causó más daños a la flota de Octavio que las que le produjo Sexto Pompeyo. Octavio se encontró varado en el lado italiano de los estrechos junto con la mitad de las legiones; la otra mitad, tras haber desembarcado en Tauromenium, esperó a que llegasen Tauro y Octavio. Una larga espera. Incluso después de que la tormenta se disipase dos nundinae más tarde, Octavio y Messala Corvino estaban frustrados por los daños sufridos por los transportes de tropa. Para el momento en que estuvieron reparados ya estaban bien adentrados en Sixtilis y toda la isla estaba involucrada en la lucha terrestre.
Lépido no tuvo ninguna dificultad. Recaló en Lilybaeum y Agrigentum a la vez, desembarcó doce legiones y atacó por el norte y el este a través de las montañas, en dirección a Messana. Tal como Octavio había dicho, dejó una guarnición en Agrigentum con otras cuatro legiones, seguro de que él y nadie más regresaría para hacerse con el contenido de las arcas de Sexto Pompeyo.
Pero fue Agripa quien ganó la campaña. Como sabía el tamaño de la flota de Tauro en Tarentum y al sobreestimar el tamaño de la flota de Octavio, Sexto Pompeyo trajo todos los barcos que poseía y los concentró en el estrecho, decidido a retener Messana y, por lo tanto, el extremo oriental de la isla. Con el resultado de que los doscientos once quinquerremes y trirremes de Agripa enviaron una pequeña flota pompeyana al fondo de Mylae, y desembarcaron a cuatro legiones allí, sanas y salvas. Luego, Agripa siguió por la costa norte en dirección al oeste antes de reunir a sus barcos de guerra y disponerlos frente a la costa, en Naulochus.
Al parecer no había entrado en la mente de Sexto Pompeyo, que despreciaba a Octavio, que pudiese reunir tantos barcos y tropas contra él. Las malas noticias siguieron a las malas noticias: Lépido se estaba haciendo con el extremo occidental de Sicilia, Agripa se había apoderado de la costa norte y Octavio había conseguido finalmente cruzar el estrecho. Sicilia estaba abarrotada de soldados, pero pocos de ellos pertenecían a
Sexto Pompeyo. Dominado por el miedo y la desesperación, el hijo menor de Pompeyo Magno decidió jugárselo todo a una gran batalla naval, y salió al encuentro de Agripa.
Las dos flotas se encontraron en Naulochus, Sexto convencido de que, además de la superioridad numérica, también tenía la capacidad. Más de trescientas galeras mandadas y tripuladas soberbiamente, con él al mando. ¿Qué se creía un palurdo de Apulia como Marco Agripa que estaba haciendo para enfrentarse a Sexto Pompeyo, siempre victorioso en el mar durante diez años? Pero los barcos de Agripa eran más agresivos y estaban armados con su arma secreta. Había tomado un vulgar garfio y lo había convertido en algo que se podía disparar desde una catapulta a mucha mayor distancia que la que se podía conseguir lanzándolo con el brazo. Después, la nave enemiga era arrastrada, al tiempo que se la bombardeaba con dardos, piedras y flechas incendiarias. Mientras ocurría esto, el barco de Agripa miraba de proa y corría a lo largo de la banda del barco enemigo para cortarle los remos. Hecho esto, los marineros saltaban a través de las pasarelas y acababan el proceso matando a todos los que no habían saltado al agua para morir ahogados o ser pescados como prisioneros de guerra. De acuerdo con la manera de pensar de Agripa, los espolones estaban muy bien, pero pocas veces conseguían hundir un barco, y la mayoría conseguía escapar. El harpax cortaba los remos y luego a los marinos, sin duda significaba un pasaporte a la muerte.
Con el rostro bañado en lágrimas, Sexto Pompeyo vio cómo sus flotas combinadas acababan destruidas. En el último momento hizo virar su nave insignia hacia el sur y huyó, dispuesto a no ser llevado en cadenas a través del foro romano para ser juzgado en secreto por traición en el Senado, como Salvidieno. Porque sabía muy bien que su estatus lo protegería del destino habitual de alguien declarado hostis: ser muerto por el primer hombre que lo viese. Eso lo podría soportar.
Se escondió en una cala y después cruzó el estrecho al amparo de la oscuridad, luego puso rumbo al este para rodear el Peloponeso y buscar refugio con Antonio, que sabía que estaba ausente en su campaña; desembarcaría en algún lugar amigo hasta que Antonio regresase. Mitylene, en la isla de Lesbos, le había dado asilo a su padre; haría lo mismo por su hijo, Sexto estaba seguro.
La resistencia terrestre fue mínima, especialmente después del tercer día de septiembre, el día que Agripa ganó en Naulochus. Las «legiones» de Sexto estaban formadas por esclavos, libertos y ladrones mal entrenados y nada valientes. Sexto sólo los había utilizado para aterrorizar a la población local; enfrentados a legiones romanas de verdad no tenían ninguna posibilidad de triunfo. La mayoría se rindió e imploró misericordia.