Lépido disfrutó con su superioridad, y se tomó su tiempo para cruzar la isla. Incluso así, llegó a Messana antes que Octavio, que encontró una decidida resistencia en la costa norte de Tauromenium. Cuando Lépido llegó a Messana, el gobernador pompeyano, Plinio Rufo, se rendía a Agripa. Un insulto que Lépido no podía tolerar. Mandó a llamar a Plinio Rufo de inmediato y exigió que se rindiese a él y no a Agripa, aquel don nadie de baja estofa. No pasó así porque Agripa aceptó la rendición en su propio nombre y no en el de Octavio.
Cuando Octavio llegó al campamento de Agripa, se lo encontró rabioso: ¡toda una nueva experiencia! En todos sus años juntos no recordaba a Agripa con una furia tan monumental.
– ¿Sabes lo que ha hecho ese cunnus? -gritó Agripa, que descargó un latigazo metafórico-. Dijo que él es el vencedor de Sicilia, no tú, el triunviro de Roma, de Italia y de las islas. Dijo, dijo, oh, no puedo recordar, estoy tan furioso.
– Venga, vayamos a verlo -dijo Octavio con voz más tranquila-, le hablaremos de nuestras diferencias, y recibiremos unas disculpas. ¿Qué te parece?
– Nada que no sea su cabeza me satisfará -protestó Agripa.
Lépido, sin embargo, no estaba de muy buen humor. Recibió a Octavio y a Agripa vestido con su paludamentum escarlata y una armadura de oro, la coraza trabajada que mostró a Emilio Paulo en el campo de batalla de Pydna, una famosa victoria. A los cincuenta y cinco años, Lépido no era joven, y se sentía eclipsado por los jóvenes. Era ahora o nunca, en lo que a él concernía; tiempo de hacer la jugada para obtener el poder, que aparentemente siempre lo eludía. Su rango era el mismo que el de Antonio y Octavio, y, sin embargo, nadie lo tomaba en serio, y eso tenía que cambiar. Incorporó a su propio ejército todas las «legiones» de las tropas de Sexto, con el resultado de que en Messana tenía veintidós legiones, sin incluir las cuatro que tenía en Agrigentum y las que había dejado para vigilar la provincia de África. Sí, era el momento de actuar.
– ¿Qué quieres, Octavio? -preguntó con altivez.
– Lo que me corresponde -respondió Octavio con voz tranquila.
– No te mereces nada. Yo derroté a Sexto Pompeyo, y no tus sirvientes de baja estofa.
– Qué extraño, Lépido. ¿Por qué creo que fue Marco Agripa quien derrotó a Sexto Pompeyo? Se lo jugó todo en una batalla naval en la que tú no estuviste presente.
– Te puedes quedar con los mares. Octavio, pero no tendrás esta isla -replicó Lépido, y se irguió-. Como triunviro con los mismos poderes que los tuyos, declaro que de aquí en adelante Sicilia es parte de África, y yo la gobernaré desde África. África es mía, y se me dio en el pacto de Tarentum por otros cinco años. Excepto -añadió Lépido con una sonrisa de burla- que cinco años no son suficientes. Me tomo África, incluida Sicilia, a perpetuidad.
– El Senado y el pueblo te privarán de ambas si no vas con cuidado, Lépido.
– ¡Entonces que el Senado y el pueblo vayan a la guerra contra mí! Tengo treinta legiones bajo mi mando. Te ordeno que tú y tus sirvientes regreséis a Italia, Octavio. ¡Márchate de mi provincia ahora!
– ¿Es tu última palabra? -preguntó Octavio, con la mano bien sujeta en el antebrazo de Agripa para asegurarse de que no desenvainase la espada.
– Lo es.
– ¿Estás de verdad preparado para otra guerra civil?
– Lo estoy.
– Estás convencido de que Marco Antonio te respaldará cuando regrese del reino de los partos. Pero no lo hará, Lépido. Créeme, no lo hará.
– No me importa si lo hace o no. Vete ahora que todavía hay vida en tu cuerpo, Octavio.
– Llevo algunos años siendo César, pero tú sigues siendo Lépido el ignominioso.
Octavio se volvió y salió de la mejor mansión de Messana, con su mano todavía sujetando el brazo de Agripa bien lejos de la espada.
– ¡César, cómo se atreve! ¡No me digas que tendremos que luchar contra él! -gritó Agripa, que se quitó por fin la mano de Octavio del brazo.
En los labios de Octavio apareció su más hermosa sonrisa; los ojos que miraban a Agripa eran luminosos, inocentes, encantadoramente jóvenes.
– ¡Querido Agripa! No, no tendremos que luchar, te lo prometo,
Agripa no pudo adivinar más que eso.
Octavio sencillamente dijo que no habría guerra civil, ni siquiera una escaramuza, un duelo, una maniobra.
A la mañana siguiente, con el alba, Octavio desapareció; para el momento en que un frenético Agripa lo encontró, todo se había acabado. Solo y vestido con su toga, había entrado en el enorme campamento de Lépido y se había paseado entre los miles de soldados con una sonrisa, los había felicitado y se los había hecho suyos. Juraron con entusiasmo a Telio, Sol Indiges y Liber Pater que César era su único comandante, que César era su querido, su mascota de cabellos rubios, divi filius.
Las ocho legiones de variados reclutas de Sexto Pompeyo fueron desmanteladas aquel mismo día, y permanecieron bajo una fuerte custodia mientras pensaban en su destino con bastante humor; Lépido les había prometido la libertad, y como conocían muy poco a Octavio, esperaban con gran confianza recibir el mismo trato.
– Ya has corrido tu carrera, Lépido -dijo Octavio cuando el asombrado Lépido entró en tromba en su tienda-. Sólo porque estás emparentado por sangre con mi divino padre, te perdonaré la vida y no te someteré a un juicio por traición en el Senado. Pero haré que ese mismo cuerpo te prive de tu triunvirato y de todas tus provincias. Te retirarás a la vida privada y nunca más la abandonarás, ni siquiera para buscar el cargo de censor. Sin embargo, podrás mantener tu cargo de pontífice máximo. Te lo han dado de por vida, y seguirá siendo tuyo mientras vivas. Te requiero que viajes a bordo de mi barco conmigo, pero te dejaremos en Circeii, donde tienes una casa. No entrarás en Roma bajo ninguna razón, ni tampoco se te permitirá vivir en la Domus Publica.
Con el rostro tenso, Lépido escuchó, la garganta cada vez más cerrada. Cuando no encontró nada que decir en respuesta, se desplomó en una silla y se cubrió el rostro con un pliegue de la toga.
Octavio fue fiel a su palabra. Por mucho que el Senado estuviese lleno de clientes de Antonio, promulgaron los decretos que se les pedía sobre Lépido sin un murmullo. A Lépido se le prohibió entrar en Roma, se le despojó de todos sus deberes y honores públicos y de las provincias.
Aquel año la cosecha se vendió a diez sextercios el modius, e Italia se alegró. Cuando Octavio y Agripa abrieron las arcas en Agrigentum, encontraron la increíble suma de ciento diez mil talentos. El cuarenta por ciento de Antonio, cuarenta y cuatro mil talentos, se separó y se le envió a Antioquía en el momento en que su flota ateniense estuvo libre para navegar. Para prevenir los robos fueron guardados en cofres de roble con flejes de metal cada uno clavado y sellado con un sello de plomo que llevaba una réplica del sello de esfinge de Octavio, IMP. CAES. DIV. FIL. TRI. Cada barco llevaba seiscientos sesenta y seis cofres, cada uno con cincuenta y seis talentos.
– Esto debería complacerlo -comentó Agripa-, aunque no le gustará que te quedes con las veinte galeras de Octavia.
– Oh, irán a Atenas el año que viene, con dos mil tropas escogidas a bordo, y Octavia como regalo añadido. Ella lo echa de menos.
Pero la parte de Roma, el sesenta por ciento ahora que Lépido estaba eliminado de la ecuación, llegó a Roma intacta después de todo. Los sesenta y seis mil cofres fueron cargados a bordo de los transportes de tropas que primero llegaron a Portus Julius, donde descargaron las veinte legiones que Octavio traía a casa, algunas para el retiro, la mayoría para quedarse bajo las águilas por razones que nadie, salvo Octavio, sabía.