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La voz del enorme tesoro se había corrido. Los representantes de las legiones, al final de la campaña de Sicilia, no eran un grupo admirable, ni tampoco estaban imbuidos de patriotismo. Cuando Octavio y Agripa los llevaron a Capua y los instalaron en un campamento en las afueras, veinte representantes de las legiones se presentaron como una delegación ante Octavio para hablar de amotinamiento a menos que les pagase a cada uno un sustancioso premio.

Lo decían de verdad, algo que Octavio veía con claridad. Escuchó a su portavoz con rostro imperturbable, y después preguntó:

– ¿Cuánto?

– Mil denarios (cuatro mil sextercios) para cada uno -dijo Lucio Desidio-. De lo contrario, las veinte legiones se declararán en rebeldía.

– ¿Eso incluye a los no combatientes?

Era obvio que no; los rostros reflejaron desconcierto. Sin embargo, Desidio pensaba rápido.

– Para ellos, cien denarios para cada uno.

– Por favor, disculpadme mientras me siento con mi ábaco y calculo a cuánto asciende -dijo Octavio, al parecer muy tranquilo.

Procedió a hacerlo; las cuentas de marfil volaban en ida y vuelta por sus delgadas varillas tan rápido que ninguno de los representantes de las legiones daba crédito a lo que veía. ¡Oh, el joven César era muy amable!

– Son quince mil setecientos cuarenta y cuatro talentos de plata -dijo al cabo de unos momentos-. En otras palabras, el contenido habitual del tesoro de Roma, hasta el último denario,

– Gerrae!, no lo es -exclamó Desidio, que sabía leer y escribir, pero no sabía nada de suma-. ¡Eres un estafador y un mentiroso!

– Te aseguro, Desidio, que no soy ninguna de las dos cosas. Sólo digo la verdad. Para probarlo, cuando te pague (sí, te pagaré) pondré el dinero en cien mil bolsas de mil para los hombres y en veinte mil bolsas de cien para los no combatientes. Denarios, no sextercios. Apilaré los sacos en el campo de asambleas, y te sugiero que busques los suficientes legionarios que sepan contar para que verifiquen que cada saco contiene exactamente la cantidad de dinero solicitada. Aunque es más rápido pesar que contar -añadió con expresión plácida.

– Ah, me olvidé decir que hay cuatro mil denarios para cada uno de los centuriones -añadió Desidio.

– ¡Demasiado tarde, Desidio! Los centuriones recibirán lo mismo que los soldados rasos. Acepté tu primer pedido y rehúso alterarlo después, ¿está claro? Voy a ir un poco más allá (porque soy triunviro y se me permite ese privilegio) al decirte que no podrás tener esta recompensa ni esperes tierras. Ésta es tu paga de retiro, y nos dejas a nosotros libres de todo cargo. Si consigues tierras, será por mi consentimiento. Llévate lo que debería estar en el tesoro con mis buenos deseos, pero no pidas más, ahora o en el futuro. Porque Roma no pagará más grandes recompensas. En el futuro, las legiones de Roma lucharán por Roma, no por un general ni en una guerra civil. En el futuro, las legiones de Roma recibirán su paga, sus ahorros, y una pequeña gratificación cuando se retiren. No más tierras, nada que el Senado y el pueblo no sancionen. Estoy instituyendo un ejército de veinticinco legiones, y todos los hombres servirán durante veinte años sin licencia. Una carrera, no un trabajo. Una antorcha que se llevará por Roma, no un tizón por un general. ¿Me he expresado con claridad? Se ha acabado, Desidio, hoy mismo.

Los veinte representantes lo escucharon con creciente horror, porque había algo en aquel hermoso rostro joven de César que ahora no era hermoso ni joven como solía ser. Sabían que les decía la verdad. Como representantes, eran los más militantes y los más venales de su clase, pero incluso los más militantes y los más venales de los hombres podían escuchar cómo se cerraba una puerta, y una se cerró aquel día. Quizá el futuro también contendría motines, pero César estaba diciendo que significaría la pena de muerte para todos los involucrados.

– No puedes ejecutar a cien mil de nosotros -dijo Desisio.

– ¿Oh, no puedo? -Los ojos de Octavio se hicieron más grandes, más luminosos-. ¿Cuánto crees que durarías si le digo a los tres millones de habitantes de Italia que los tienes como rehenes y que les robas el dinero de sus bolsas? ¿Por qué llevas una cota de malla y una espada? No es bastante razón, Desidio. Si el pueblo de Italia lo supiera, os haría trocitos a los cien mil. -Hizo un gesto con la mano-. ¡Venga, marchaos! Mirad el tamaño de vuestras recompensas cuando apile mis bolsas en el campo de asambleas. Entonces sabréis cuánto habéis pedido.

Se marcharon con aire contrito pero decididos.

– ¿Tienes sus nombres, Agripa?

– Sí, hasta el último de ellos, y unos cuantos más.

– Dispérsalos y mézclalos con otras tropas. Creo que es mejor que cada uno sufra un accidente, ¿no crees?

– La fortuna es caprichosa, César, pero la muerte es más fácil de preparar. Es una pena que la campaña se haya terminado.

– ¡En absoluto! -dijo Octavio con su voz más cordial-. El año que viene iremos a Illyricum. Si no lo hacemos. Agripa, las tribus se unirán con los besios y los dardanios y pasarán por los Alpes Cárnicos a la Galia Cisalpina. Es la forma más fácil y que evita tener que hacerlo a mayor altura para entrar en Italia. La única razón para que no lo hayan utilizado para invadirnos es la falta de unidad entre las tribus, que se están romanizando de forma equivocada. Los representantes de las legiones se comportarán de manera heroica, y muchos morirán en el proceso de ganar una corona al valor. Por cierto, voy a otorgarte la corona naval -se rió-. Te quedará muy bien, Agripa, todo ese oro.

– Gracias, César, es muy amable de tu parte. Pero ¿e Illyricum?

– No habrá amotinamiento. Pasará de moda, o sino mi nombre no es César y no soy hijo de un dios. ¡Bah! Acabo de perder casi dieciséis mil talentos por una triste campaña que ha visto morir más hombres ahogados que mediante la punta de una espada. Vale la pena pagar las exorbitantes gratificaciones simplemente para que no haya más guerra civiles. Las legiones irán a luchar a Illyricum por Roma, sólo por Roma. Será una campaña en toda regla, sin elementos de adoración al mando o dependencia para que otorgue gratificaciones. Aunque iré también a combatir, es tu campaña. Agripa. Confío en ti.

– Eres sorprendente, César.

Octavio pareció verdaderamente sorprendido.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Te has enfrentado a ellos y has derrotado a toda esa roñosa pandilla de villanos. Han venido aquí esta mañana a intimidarte, y tú has vuelto las tornas y los has intimidado. Se marcharon como hombres muy asustados.

Apareció la sonrisa que -o al menos así creía Livia Drusilia- podía fundir a una estatua de bronce.

– Oh, Agripa, puede que sean unos absolutos villanos, pero son como niños. Sé que al menos uno de cada ocho legionarios sabe leer y escribir, pero en el futuro, cuando pertenezcan a un ejército permanente, todos tendrán que saber leer, escribir y contar. El campamento de invierno va a estar lleno de maestros. Si tienen alguna idea de lo mucho que su codicia le acaba de costar a Roma, se lo pensarán de nuevo. Es por eso que las lecciones comienzan ahora, con esas bolsas. -Exhaló un suspiro, pareció entristecido-. Tendré que enviar a pedir toda una corte de empleados del tesoro. Aquí estaré hasta que esté hecho. Agripa, delante de mis propios ojos. Nada de malversaciones, fraudes o estafas en el lejano horizonte.

– ¿Les pagarás con cistóforos? Había muchos en el botín de Sexto, y recuerdo la historia del hermano del gran Cicerón, a quien le pagaron con cistóforos.

– Los cistóforos serán fundidos y acuñados como sextercios y denarios. Mis empedernidos villanos y los hombres a los que representan cobrarán en denarios como exigieron. -En sus ojos apareció una mirada soñadora-. Estoy intentando visualizar la altura que alcanzarán las pilas de sacos, pero incluso mi imaginación naufraga.

Acabada su tarea, Octavio no pudo regresar a Roma hasta enero. Convirtió el acontecimiento en algo así como un circo, y obligó a cada uno de los ciento veinte mil hombres a desfilar por el campo de asambleas para que contemplasen las pequeñas montañas de bolsas; luego, hizo un discurso más al estilo del difunto César que del suyo propio. Su manera de transmitir lo que decía fue una novedad; él mismo estaba en lo alto de una tribuna y se dirigía a aquellos centuriones que, según sus agentes le informaron, eran los hombres de verdad influyentes, mientras cada uno de estos agentes repetía el mismo discurso a una centuria de tropas. Y no lo leían de un papel, sino que lo recitaban de corrido. Aquello asombró a Agripa, que lo sabía todo de los agentes de Octavio menos cuántos eran. Una centuria estaba formada por ochenta soldados y veinte no sirvientes no combatientes, y allí reunidas había veinte legiones, con sesenta centurias cada una, para contemplar las bolsas y escuchar el discurso. ¡Y mil doscientos agentes! No era de extrañar que él supiese todo lo que había que saber. Podía decir que era hijo de César, pero la verdad era que Octavio no se parecía a nadie, ni siquiera a su divino padre. Era algo absolutamente nuevo, tal como hombres tan perspicaces como el difunto Aulio Hirtio habían comprendido al principio de su carrera.