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En cuanto a sus agentes, eran hombres que no servían para ser empleados en ninguna otra cosa; la clase de haraganes y charlatanes que disfrutaban con el solo hecho de rondar por los mercados y hablar, hablar y hablar mientras les pagasen un pequeño estipendio. Cuando uno comunicaba alguna información valiosa a su superior a lo largo de una muy bien estructurada cadena, recibía unos pocos denarios como recompensa, pero solamente si la información era correcta. Octavio también tenía agentes en las legiones, que cobraban por facilitar información; Roma pagaba sus sueldos.

Para el momento en que se acabó el espectáculo, las legiones sabían que sólo los veteranos de Mutina y Filipos se retirarían; que al año siguiente el grueso de ellos estaría luchando en Myricum, y que no se tolerarían amotinamientos por ninguna razón, y mucho menos por las gratificaciones. Al menor indicio de amotinamiento serían desnudadas las espaldas para el látigo y, después, rodarían las cabezas.

Por fin, Agripa tuvo su triunfo por las victorias en la Galia Transalpina; Calvino, cargado con el botín de Hispania y una temible reputación por tratar a los soldados amotinados con crueldad, cubrió la deteriorada y pequeña Regia, el templo más viejo de Roma, con costosos mármoles y adornó su exterior con estatuas; Estatilio Tauro recibió el encargo de gobernar África y de reducir sus legiones a dos; el trigo fluía como debía fluir, y al precio antiguo, y un feliz Octavio ordenó que demóren las fortificaciones alrededor de la domus Livia Drusilia, construyó un cómodo barracón para sus germanos al final del latino, en una esquina donde la Vía Triunfal se encontraba con el Circo Máximo, y los nombró guardaespaldas especiales. Aunque caminaba detrás de dos lictores, como era la costumbre, él y los lictores estaban rodeados por germanos con armadura. Aquél era un nuevo fenómeno para Roma, nada acostumbrada a ver tropas armadas dentro del sagrado recinto de la ciudad salvo en tiempos de emergencia.

Aunque las legiones pertenecían a Roma, los germanos estaban a las órdenes de Octavio, y sólo de Octavio. Aquel cuerpo estaba compuesto por seiscientos hombres, los cohors praetorii, oficialmente designados como protectores de magistrados, senadores y triunviros, pero ningún magistrado o senador se hacía ninguna ilusión; cuando fuera necesario, sólo responderían a Octavio, que de pronto se había convertido en especial de una manera que ni siquiera César lo había hecho. Los ricos y poderosos senadores y caballeros siempre habían contratado guardaespaldas, pero eran ex gladiadores que nunca tenían un verdadero aspecto militar. Octavio había vestido a los germanos con un equipo espectacular, y los mantenía descansados y al Censo por Cabezas entretenido ya que realizaba sus ejercicios dentro del Circo Máximo todos los días.

A Octavio ya nadie le gritaba, silbaba o escupía cuando caminaba por las calles de la ciudad o aparecía en el foro romano; había salvado a Roma y a Italia del hambre sin la ayuda de Marco Antonio, cuya flota prestada de alguna manera nunca se mencionó. El trabajo de organizar Italia se le encomendó a Sabino. Este trabajo, consistente en confirmar las escrituras de tierras, valorar las tierras públicas de las diversas ciudades y municipios, realizar el censo de veteranos, de los cultivadores de maíz o de cualquiera que Octavio considerase digno de tener en cuenta y en reparar carreteras, puentes, edificios públicos, puertos y graneros, le entusiasmaba. Sabino también contaba con un equipo de pretores que escuchaban los juicios de quejas, bastante abundantes; los romanos de todas las clases eran litigiosos.

Veinte días después de la batalla de Naulochus, Octavio había cumplido los veintisiete; llevaba en el corazón de la política y la guerra romanas nueve años. Más que incluso César o Sila, que habían estado ausentes de Roma durante años. Octavio era algo fijo en Roma. Esto se veía de muchas maneras, pero particularmente en su porte.

Delgado, no alto, su forma togada se movía con gracia, dignidad y una extraña aureola de poder; el poder de alguien que había sobrevivido contra todo pronóstico y había emergido triunfante. La gente de Roma, desde los más altos hasta los más bajos, se había acostumbrado a verlo, y, como Julio César, nunca era demasiado grande como para no hablar con cualquiera. Eso, a pesar de sus guardaespaldas germanos, que sabían que no debían intervenir cuando se abría paso entre sus filas para hablar con un ciudadano. Si sus espadas estaban flojas en las vainas, habían aprendido a ocultar la ansiedad, a intercambiar comentarios en un latín horroroso con aquellos en la multitud que no intentaban llegar hasta César. Tenía un aspecto magnífico.

Para el Año Nuevo, cuando aquel pompeyano con el mismo nombre, Sexto Pompeyo, había asumido el consulado junto con Lucio Cornificio, comenzaron a llegar las noticias de grandes victorias en Oriente, propagadas por los agentes de Antonio a instancias de Poplicola. Antonio había conquistado a los partos, ganado inmensas extensiones para Roma, acumulado extraordinarios tesoros… Sus partidarios estaban exultantes y sus enemigos confundidos. Octavio, el más importante de los incrédulos, envió agentes especiales a Oriente para averiguar si esos rumores eran ciertos. En las calendas de marzo llamó al Senado, algo que no era muy habitual. Cada vez que lo hacía, los senadores se presentaban hasta el último hombre, llevados por la curiosidad y un profundo respeto. Aún no lo había conseguido del todo, aún había senadores que lo llamaban Octavio, que se negaban a darle el título de César, pero su número iba disminuyendo. Su supervivencia durante nueve peligrosos años había añadido un elemento de temor. Si su poder continuaba creciendo y Marco Antonio no regresaba a casa pronto, nada le impediría convertirse en lo que quisiese. De allí era de donde venía el temor.

Como triunviro a cargo de Roma e Italia, ocupaba una silla curul de marfil en la tarima de los magistrados, al final de la nueva Curia que su divino padre había construido, un proceso tan largo que aún no había sido acabado hasta la derrota de Sexto Pompeyo. Como su imperio era maius, superaba en autoridad a los cónsules, cuyas sillas curules de marfil estaban a cada lado de la suya pero un poco más atrás.

Se levantó para hablar, sin notas, la espalda recta, sus cabezas una aureola dorada en un edificio cuyo tamaño hacía que fuese un tanto apagado. La luz entraba por las ventanas del triforio, muy alto, y era engullida por la penumbra de un interior bastante grande como para albergar a mil hombres en dos bancadas de tres gradas, una a cada lado de la tarima. Estaban senados en taburetes; aquellos que habían sido magistrados superiores en la primera grada, los magistrados menores en la grada del medio y los pedarii, que tenían prohibido hablar, en la última grada. Como no había sistema de partido, si un hombre escogía sentarse a la izquierda o a la derecha de la tarima no era algo significativo, aunque aquellos que pertenecían a una facción tendían a agruparse. Algunos tomaban notas en taquigrafía para sus propios archivos, pero había seis escribas que tomaban notas para el Senado como cuerpo, que después eran copiadas, impresas con los sellos de los cónsules y guardadas en los archivos que estaban en la puerta vecina, en las salas de negociaciones del Senado.