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Esta vez el silencio fue roto por suaves sollozos; no todos los senadores conocían la historia, incluso la mayoría de los que la sabían no habían escuchado los detalles.

– Sin su equipo de asedio -continuó Octavio-, robado por el rey Artavasdes de Media junto con el resto del equipaje, Marco Antonio permaneció acampado fútilmente delante déla ciudad de Fraaspa durante más de cien días, incapaz de tomarla. Sus grupos forrajeros estaban a merced de los partos que lo acechaban, dirigidos por un tal Monaeses, el parto en quien había confiado totalmente. Cuando llegó el otoño, Antonio no tuvo más alternativa que retirarse. Quinientas millas hasta Artaxata, acosado por Monaeses y su horda parta, que mataban a los retrasados por miles, la mayoría, tropas auxiliares, que no podían marchar al ritmo de una legión romana. Pero un gobernador romano que emplea tropas auxiliares está ligado por el honor a protegerlos como si fuesen romanos, y Antonio los abandonó deliberadamente para salvar a sus legiones.

Quizá yo o Marco Agripa hubiésemos hecho lo mismo en similares circunstancias, pero dudo de que cualquiera de los dos hubiese perdido un tren de equipajes al permitir que se retrasara centenares de millas detrás del ejército.

»Se acabó la retirada y el ejército se quedó en un campamento temporal en Carana a finales de noviembre. Antonio, entonces, escapó a un pequeño puerto sirio, Leuke Kome, y dejó a Publio Canidio el encargo de traer las tropas, que estaban necesitadas de auxilio. Algunos perecieron en aquella última marcha debido al terrible frío, muchos perdieron los dedos de las manos y los pies por congelación. De sus ciento cuarenta y cinco mil hombres murieron más de la tercera parte, la mayoría de ellos auxiliares. El honor de Roma quedó manchado, padres conscriptos. Menciono la pérdida de un hombre en particular, un rey nombrado por Marco Antonio: Polemón de Pontus, que contribuyó en gran medida a las victorias de Publio Ventidio y generosamente dio fuerzas a Antonio, incluida su propia persona. Añado que yo, en nombre de Roma, decidí que una pequeña parte del botín de Sexto Pompeyo fuera destinado a rescatar al rey Polemón, que no se merece morir cautivo de los partos. Le costará al tesoro una minucia: veinte talentos.

Los lloros ahora eran bien audibles, muchos de los senadores estaban sentados con los pliegues de la toga por encima de sus cabellos. Un día negro para Roma.

– Dije que el ejército de Antonio necesitaba ayuda con desesperación. Pero ¿a quién se volvió Antonio en busca de auxilio? ¿Dónde fue a buscar ayuda? ¿Os la pidió a vosotros, padres conscriptos? ¿Acaso a mí? ¡No, no lo hizo! ¡Acudió a Cleopatra de Egipto! Una extranjera, una mujer que adora a dioses bestias, una no romana. Sí, envió a buscarla. Y mientras esperaba, ¿informó al Senado y al pueblo de esta desastrosa campaña? ¡No, no lo hizo! Se emborrachó hasta quedar inconsciente durante dos meses, sólo para hacer pausas dornas de veces cada día para correr fuera de su tienda y preguntar: «¿Ya viene?», como un niño pequeño que llama a su mamá. «Quiero a mi mamá», es lo que dijo realmente una y otra vez. «Quiero a mi mamá, quiero a mi mamá.» El pequeño Marco Antonio, triunviro de Oriente.»Y finalmente vino, padres conscriptos del Senado. La Reina de las Bestias vino con comida, vino, médicos, hierbas dadoras, vendas, frutas exóticas, toda la abundancia de Egipto. Y mientras los soldados llegaban a duras penas a Leuke Kome ella los atendió. ¡No en nombre de Roma, sino en el nombre de Egipto! Mientras, Marco Antonio, borracho, ponía su cabeza y lloraba. Sí, lloraba.

Poplicola se levantó de un salto.

– ¡Eso no es verdad! -gritó-. ¡Mientes, Octavio!

Octavio esperó de nuevo con paciencia a que cesase el tumulto, con una débil sonrisa en los labios mientras la luz del sol se reflejaba en el agua. Era un principio; sí, claramente, era un principio. Algunos de los menos entusiastas senadores partidarios de Antonio estaban lo bastante furiosos como para abandonarlos a él y a su causa. Lo único que había hecho falta era la palabra sollozar.

– ¿Tienes alguna moción que presentar? -preguntó Quinto Laronio, uno de los seguidores de Octavio.

– No, Laronio, no la tengo -respondió Octavio con firmeza-. He venido hoy a la Curia Hostilia de mi divino padre para relatar una historia, para dejar las cosas bien claras. Lo he dicho muchas veces antes, y lo repito ahora, ¡nunca iré a la guerra contra un romano! Por ninguna razón, ni siquiera por ésta, nunca se me ocurriría pensar en una guerra contra el triunviro Marco Antonio. Que se las componga. Que continúe cometiendo error tras error, hasta que esta cámara decida que, como Marco Lépido, tendría que ser apartado de sus magistraturas y sus provincias. No presentaré ninguna moción al respecto, padres conscriptos, ahora o en el futuro. -Hizo una pausa y adoptó una expresión de pena-. A menos, claro está, que Marco Antonio rechace su ciudadanía y su tierra natal. Roguemos a Quirinoya Sol Indiges que Marco Antonio nunca haga eso. Hoy no habrá debate. Esta reunión se ha acabado.

Bajó del estrado y caminó por las losas blancas y negras del suelo hasta las grandes puertas de bronce al final, donde los lictores y los germanos lo rodearon. Las puertas no se habían cerrado, una astuta jugada, y, sin sospechar nada, los cónsules no habían insistido en que las cerrasen; los oyentes, en el exterior, que también frecuentaban el foro, lo habían escuchado todo. Dentro de una hora, la mayoría de Roma sabría que Marco Antonio no era ningún héroe.

– Veo un destello de esperanza -le dijo a Livia Drusilia, Agripa y Mecenas durante la cena aquella tarde.

– ¿Esperanza? -preguntó su esposa-. ¿Esperanzas de qué, César?

– ¿Te lo imaginas? -le preguntó él a Mecenas.

– No, César. Por favor, explícanos.

– ¿Y tú, Agripa, te lo imaginas?

– Quizá.

– Sí, tú sí. Tú estabas conmigo en Filipos, escuchaste mucho de lo que no le dije a nadie más.

Octavio guardó silencio.

– ¡Por favor, César! -gritó Mecenas.

– Se me ocurrió de pronto, mientras hablaba en el Senado. Improvisé, dado el tema. Es divertido relatar historias que no se deberían relatar. Por supuesto, he conocido a Marco Antonio toda mi vida, y hubo un momento en que me gustaba mucho, de verdad. Era mi antítesis: grande, amistoso, burlón. La clase de tipo que mi salud me decía que yo nunca podía ser. Pero entonces, supongo que a la par con mi divino padre, me desilusioné. Sobre todo, después de que Antonio matara a ochocientos ciudadanos en el foro y sobornara a las legiones de mi divino padre. ¡Tantas desilusiones! No se le podía permitir que heredase. Lo peor de todo era que él estaba absolutamente convencido de que heredaría, así que sufrí el más rudo golpe de mi vida. Él se dedicó a buscar mi ruina; pero vosotros ya sabéis todo esto, así que pasaré al presente.

Seleccionó una aceituna con mucho cuidado, se la metió en la boca, la masticó y se la tragó, mientras los demás lo observaban con el aliento contenido.

– Fue el trozo aquel donde comparé a Antonio con un niño pequeño que llama a su madre: ¡quiero a mi mamá! De pronto tuve la visión del futuro, pero vagamente, como a través de un trozo de ámbar. Todo depende de dos cosas. La primera es la serie de terribles desilusiones de Antonio, que no vienen de la expedición parta. No puede enfrentarse a la desilusión, lo destruye. Acaba con su capacidad para pensar claramente, exacerba su temperamento, hace que se apoye mucho en quienes lo elogian, y trae como consecuencia las borracheras.

Se sentó erguido en su diván y levantó una de sus pequeñas y feas manos.

– La segunda es la reina Cleopatra de Egipto. Es sobre ella donde gira todo, desde mi destino hasta su destino. Si ella llega a representar a su madre para Antonio en el sentido literal, él obedecerá todos sus caprichos, dictados y peticiones. Ésa es su naturaleza, quizá porque su verdadera madre es tal desilusión. Cleopatra reina, y ha nacido para reinar. Desde la muerte de Divus Julius, ella ha sido su consejera o asistente. También tiene una pequeña historia con Antonio: convivieron un invierno en Alejandría, y ella le dio un niño y una niña. El pasado invierno ella estuvo con él en Antioquía, y le dio otro hijo. En circunstancias normales, yo siempre la hubiese situado en la lista de una de las numerosas conquistas reales de Antonio, pero su comportamiento en Leuke Kome sugiere que ve en ella a alguien del que no puede despegarse, como su madre.