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– ¿Qué es exactamente lo que ves de una forma vaga, como a través del ámbar? -le preguntó Livia Drusilia con los ojos brillantes.

– Un compromiso. De Antonio a Cleopatra. Un no romano que no se contentará con los relativamente modestos regalos que Antonio ya le ha hecho: Chipre, Fenicia, Filistea, Cilicia Tracheia, y las concesiones del bálsamo y el bitumen. Se excluían la Siria tiria, Sidón y Cilicia Seleuceia, los importantes lugares donde está el dinero de verdad. Aunque iré de nuevo al Senado dentro de aproximadamente un mes para quejarme de estos regalos a la Reina de las Bestias. ¿No creéis que es un buen nombre para ella? A partir de ahora voy a ligar su nombre con el de Antonio constantemente. Insistiré en su calidad de extranjera, en su forma de sujetar a Divus Julius. Sus tremendas ambiciones. Sus designios sobre Roma a través de la persona de su hijo mayor, a la que él llama hijo de César cuando todo el mundo sabe que el niño es de clase baja, el hijo de algún esclavo egipcio que utilizó para calmar sus voraces apetitos sexuales.

– ¡Júpiter, César eso es genial! -gritó Mecenas, que se frotó las manos alegremente. Luego frunció el entrecejo-. Pero ¿será bastante? No veo a Antonio renunciando a su ciudadanía, ni siquiera a Cleopatra animándolo a que lo haga. Para ella es más útil como triunviro.

– No puedo responder a eso, Mecenas, el futuro está demasiado oscuro. Sin embargo, no es necesario que abjure de la ciudadanía formalmente. Lo que debemos hacer es que parezca que lo ha hecho. -Octavio bajó las piernas del diván y esperó hasta que una palmada hizo que viniese un sirviente a atarle los zapatos-. Mandaré a mi gente que comience a hablar -dijo, y le tendió la mano a Livia Drusilia-. Ven, cariño, vamos a mirar el nuevo pez.

– ¡Oh, César, éste es puro oro! -exclamó ella con una expresión de asombro-. ¡Ni un fallo!

– Una hembra, y embarazada. -Él le apretó los dedo ¿Cuál es su nombre? ¿Alguna sugerencia?

– Cleopatra. Y aquel enorme que está allí es Antonio.

Junto a Cleopatra nadaba una carpa mucho más pequeña, de un negro aterciopelado, con las rayas de un tiburón. -Aquél es Cesarión -dijo Octavio, y señaló-. ¿Lo ves? Nada por debajo, sin llamar la atención; todavía es una cría, pero peligrosa.

– Aquel otro -dijo Livia Drusilia, y señaló a un pez dorado claro- es Imperator César Divi Filius. El más hermoso de todos.

XVIII

Para mayo, las últimas tropas de Antonio llegaron a Leuke Kome, al cuidado de los centenares de esclavos de Cleopatra -no enterados de los motivos políticos que anidaban bajo su apariencia noble al lado de Antonio, los soldados le estaban muy agradecidos. La mayoría de las víctimas del congelamiento estaban más allá de la salvación, pero algunos aún retenían sus dedos ennegrecidos, y la medicina egipcia era mejor que la romana o la griega. Así y todo, unos diez mil legionarios nunca volverían a sostener una espada o a realizar una larga marcha. Para sorpresa de Antonio, su flota ateniense llegó a Seleucia Pieria a principios de aquel mes para entregarle cuarenta y tres mil cofres de roble (tres barcos se habían hundido durante una galerna frente al cabo Taenarum) que contenían su parte del botín de Sexto Pompeyo. Fue recibida con alivio ya que Cleopatra no había traído dinero con ella, y juraba que nunca más daría fondos para campañas inútiles contra los partos. Antonio pudo darle a sus soldados heridos grandes pensiones y los cargó a bordo de las galeras que retornaban a Grecia, aparte de licenciarlos; sus años de servicio marítimo se habían acabado. También esto le permitió comenzar a reunir un nuevo ejército con abundancia de veteranos, amargamente desilusionados.

– ¿Por qué Octavio hizo eso? -preguntó Cleopatra.

– ¿Hacer qué, amor mío?

– Enviarte tu parte del tesoro de Sexto.

– Porque ha hecho toda una carrera de deslumbrante honestidad. Queda bien con el Senado, ¿y para qué necesita dinero? Él es el triunviro de Roma, tiene el tesoro a su disposición.

– Debe de estar lleno hasta el techo -dijo ella en un tono pensativo.

– Así lo entiendo por la carta que envió Octavio.

– Que no me has dejado leer.

– No tenías derecho a leerla.

– No estoy de acuerdo. ¿Quién te ha traído ayuda a este perdido lugar? Yo, no Octavio. Dámela, Antonio.

– Di por favor.

– ¡No, no lo haré! ¡Tengo derecho a leerla! Dámela.

Antonio sirvió un vaso de vino y bebió abundantemente.

– Te estás volviendo demasiado grande para tus zapatos -dijo él, y eructó-. ¿Qué quieres, un par de botas militares?

– Quizá -dijo ella, y chasqueó los dedos-. Estás en deuda conmigo, Antonio, así que dámela.

Con un gesto agrio le dio la única hoja de papel fannio, que ella leyó, como había podido hacer César, de una ojeada.

– ¡Bah! -exclamó ella, que hizo una bola con el papel y lo arrojó a un rincón de la tienda-. ¡En el mejor de los casos es semiletrado!

– ¿Satisfecha de que no contenga nada?

– Nunca pensé lo contrario, pero soy tu igual en poder, en rango y en riqueza. Tu socio en nuestra empresa oriental. Se me debe mostrar todo, de la misma manera que debo estar presente en todos tus consejos y reuniones. Algo que Canidio comprende, pero no don nadies como Titio y Ahenobarbo.

– Titio, te lo concedo, pero ¿Ahenobarbo? Está muy lejos de ser un don nadie. ¡Venga, Cleopatra, deja de ser tan quisquillosa! Muéstrale a mis consortes aquel lado de ti que sólo parezco ver yo: amable, cariñosa, considerada.

Su pequeño pie, calzado con una sandalia dorada, golpeó el suelo de tierra de la tienda, y su rostro adoptó una expresión todavía más seria.

– Estoy muy cansada de Leuke Kome, ése es el problema -respondió ella, y se mordió el labio inferior-. ¿Por qué no podemos ir a Antioquía, donde los aposentos no chirrían ni gimen cada vez que el viento sopla?

Antonio parpadeó.

– En realidad no hay ninguna razón para no ir -contestó Marco Antonio, y su tono mostraba su gran sorpresa-. Vayamos a Antioquía. Canidio puede continuar aquí preparando las tropas. -Exhaló un suspiro-. Antes del nuevo año no creo que pueda llevarlas a Fraaspa. ¡Maldito perro traidor de Monaeses! Le cortaré la cabeza, lo juro.

– ¿Si tienes su cabeza, beberás menos?

– Probablemente -respondió él, y dejó el vaso como si contuviese lava-. ¿Oh, no lo comprendes? -gritó, y se estremeció-. ¡He perdido mi suerte! Si es que alguna vez la tuve. Sí, tuve suerte en Filipos. Y me parece que sólo en Filipos.

Antes y después, ni la más mínima suerte. Por eso he de continuar luchando contra los partos. Monaeses se llevó mi suerte junto con mis dos águilas. Cuatro, si incluyes las dos que robó Pacoro. Tengo que recuperarlas, mi suerte y mis águilas.

«Da vueltas y vueltas -pensó ella-, siempre la misma vieja conversación sobre la fortuna perdida y el triunfo de Filipos. Los borrachos hablan en círculo, siempre el mismo tema una y otra vez, como si en ellos hubiese alguna perla de sabiduría con el poder de curar todas las desdichas o maldades en el mundo. Dos meses en Leuke Kome escuchando a Antonio dar vueltas y vueltas, persiguiéndose su propia cola. Quizá cuando vayamos a un lugar nuevo y diferente mejorará. Aunque él no tiene nombre para lo que le aflige, yo lo llamaría una profunda depresión. No tiene cambios de humor, duerme demasiado, como si no quisiese levantarse y poner los ojos en su vida, incluso conmigo en ella. ¿Cree que debería haberse suicidado aquella noche de la amenaza del motín? Los romanos son extraños, tienen esta cosa del honor que los lleva a abalanzarse sobre sus espadas. Para ellos, la vida no tiene precio, sólo un punto de corte que involucra la dignidad, y no tienen miedo de morir como la mayoría de las personas, incluidos los egipcios. Por lo tanto, he de arrancar de raíz la depresión de Antonio o lo estrangulará. Debo devolverle su dignidad. ¡Lo necesito, lo necesito! Sano y entero, el viejo Antonio. Capaz de derrotar a Octavio y de poner a mi hijo en el trono de Roma, que ha estado vacante durante quinientos años, a la espera de Cesarión. ¡Oh, cuánto echo de menos a Cesarión! Si conseguimos llegara Antioquía, llevaré a Antonio a Alejandría. Una vez allí se recuperará.»