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– Tendrías que haber acabado con Sexto Pompeyo años atrás -manifestó Cleopatra, y reabrió la vieja herida.

– ¿Cómo podía hacerlo si mantenía a Octavio ocupado y no lo tenía nunca a mano? -replicó Antonio, y buscó la jarra de vino.

– ¡No lo hagas! -le gritó ella-. Todavía no has leído la última carta de Poplicola. Si debes beber, Antonio, hazlo después de acabar tus ocupaciones.

Obedeció como un niño, algo que la satisfizo ya que necesitaba de su opinión más de lo que necesitaba el vino. ¿Cuándo iba a comprender que él necesitaba más al vino que a ella? En la mente de Cleopatra surgió un pensamiento: ¡una amatista! Las amatistas tenían poderes mágicos sobre el vino, evitaban la dependencia. Le encargaría al joyero real de Alejandra que hiciese el más espléndido anillo de amatista del mundo. Cuando lo llevase, superaría su necesidad del vino.

Por supuesto, Poplicola siempre había sabido que la campaña de Antonio contra los partos había fracasado; había sido él quien había propagado la historia a todo lo ancho y largo de Roma de que Antonio había conseguido una gran victoria, con la teoría de que cualquiera que pudiese desparramar primero una versión de los acontecimientos triunfaría. Había escrito con un humor jubiloso para decirle a Antonio que Roma y el Senado habían creído su versión, y se había reído del hecho que nada menos que el propio Octavio había propuesto un agradecimiento a Antonio por su «victoria». La última de las cartas era muy diferente. El grueso del texto informaba del discurso de Octavio en el Senado, describiendo la campaña de Antonio como un terrible fracaso; los agentes que Octavio había enviado a Oriente habían encontrado hasta el más pequeño detalle.

Para el momento en que acabó de leer todo el pergamino, las lágrimas rodaban por el rostro de Antonio; Cleopatra lo observó con creciente desilusión, le arrebató el pergamino y leyó aquella intensa política diatriba. ¡Oh, cómo se atrevía Octavio a recuperar su propia parte en aquellos acontecimientos como algo maligno! ¡La Reina de las Bestias! ¡Quiero a mi mamá! Una brillante difamación. ¿Cómo haría ahora para curar a Antonio?

«Te maldigo, Octavio, te maldigo. Que Sobek y Tawaret te chupen por sus narices y te ahoguen, mastiquen y pisoteen.»

Luego ella vio su camino, se preguntó cómo no había pensado en eso antes. Antonio tendría que ser apartado de Roma, hacerle comprender que su destino y su suerte estaban en Egipto, no en Roma. Ella haría un nido para él en Alejandría tan cómodo y halagador, tan lleno de diversiones que nunca querría estar en ninguna otra parte. El se casaría con ella; qué suerte que los monógamos romanos no consideraban los matrimonios extranjeros como ilegales. Por el momento, Antonio tenía que acostarse con Octavia; eso no importaba. En realidad, su unión egipcia contaría mucho más para aquellos que sus relaciones privadas tenían importancia: sus clientes-reyes, sus príncipes menores.

Se sentó con la cabeza de Antonio en su regazo y fijó la mirada en un busto de César, el compañero perfecto que le habían arrebatado. Era de Afrodisias, que no tenía rivales entre los escultores y los pintores; todo era perfecto, desde el tono del pelo, de un color pálido oro, hasta los penetrantes ojos, del azul más pálido, rodeados por anillos oscuros como la tinta. El dolor que la dominó fue reprimido sin piedad.

«Haz lo que debas con lo que tienes, Cleopatra, no lamentes lo que pudo haber sido.

«Habrá una guerra, tiene que haber una guerra. La única pregunta es, ¿cuándo? Octavio miente al decir que no habrá más guerras civiles; tendrá que luchar contra Antonio o perder lo que tiene. Pero todavía no por aquel discurso. Tiene el plan de preparar sus legiones hasta el máximo mediante el sometimiento de las tribus de Illyricum, y habla de tres años de campaña. Eso significa que tenemos tres años para prepararnos, y entonces invadiremos Occidente, invadiremos Italia. Dejaré que Antonio acabe con los partos dentro de su mente, de manera que utilizará sus legiones sin destruirlas. Porque Antonio no tiene la clase de César como general de tropas. Siempre he debido de saberlo, pero creía que, con César muerto, nadie podría rivalizar con Antonio. Pero ahora que lo conozco mejor comprendo que los fallos que demuestra como hombre también afectan a su capacidad para mandar tropas. Ventidio era mejor; también, creo, que lo es Canidio. Que Canidio haga el trabajo de verdad mientras Antonio disfruta de la reputación y deslumbra al mundo con los trucos ilusorios de un mago.

«Primero, el casamiento. Lo haremos tan pronto como pueda enviar a llamar a Cha'em. Apartar a Canidio de la primera parte de esta ridícula campaña, ver a Armenia aplastada y a Media demasiado intimidada para moverse. Mantener a Antonio fuera del reino de los partos. Y convenceré a Antonio de que, al conquistar Armenia y Media Atropatene, también habrá conquistado a los partos. Lo confundiré con vino, dirigiré las cosas yo misma. ¿Por qué no puedo ser yo capaz de dirigir una campaña tan bien como cualquier hombre? ¿Oh, Antonio, por qué no has podido ser tú como César? ¡Qué fácil hubiese sido todo!

Un día, no mucho más allá de diez años, Cesarión debe ser rey de Roma, porque quien es rey de Roma es rey del mundo. Haré que él destruya los templos en el Capitolio y construya su palacio allí, con una sala dorada donde se sentará a emitir sus juicios. Los dioses bestias de Egipto se convertirán en los dioses de Roma. Júpiter Óptimo Máximo se postrará a sí mismo delante de Amón-Ra. He hecho mi deber con Egipto: tres hijos y una hija. El Nilo continuará inundando. Tendré tiempo para centrar mi atención en la conquista de Roma, y Antonio será mi socio en la empresa.

Las lágrimas de Antonio habían cesado; ella le levantó la cabeza, le sonrió con ternura y le limpió el rostro con un suave pañuelo de lino.

– ¿Mejor, mi amor? -preguntó ella, y le besó la frente.

– Mejor -respondió él, humillado.

– Bebe una copa de vino, te hará bien. Tienes cosas que hacer, un ejército que organizar. ¡No hagas caso de Octavio! ¿Qué sabe él de ejércitos? Apuesto mil talentos a que fracasará en Illyricum.

Antonio bebió hasta vaciar la copa.

– Bebe un poco más -lo invitó Cleopatra con voz dulce.

Se casaron a finales de junio según el rito egipcio; Antonio recibió el título de faraón consorte, cosa que pareció complacerlo. Ahora que ella había abandonado la idea de un Antonio sobrio para compartir su trono, a pesar de que sólo fuera como consorte, se relajó un poco, y después comprendió lo duro que había sido intentar mantener a Antonio apartado del vino desde su regreso de Carana. Un trabajo inútil.

Ella volvió su atención a Canidio, e hizo que Antonio lo convocase a un consejo donde estaban los tres y nadie más. Pero se aseguró de que Antonio estuviese sobrio; no era parte de sus planes exponer su debilidad a sus comandantes, aunque algún día estaba destinado a suceder. El único que podría haber puesto objeciones a tan pequeña reunión, Ahenobarbo, había regresado a Bitinia y ahora estaba involucrado en la guerra de Furnio contra Sexto Pompeyo, que había decidido que Bitinia era un lugar ideal para matar al intratable Ahenobarbo antes de tomarlo. Ahenobarbo no tenía ninguna intención de que esto sucediese.

Bien aleccionado de antemano por Cleopatra, Antonio comenzó a trazar sus planes para la próxima campaña de manera que no traicionase su cuidadosa preparación.

– Tengo veinticinco legiones a mi disposición -le dijo a Publio Canidio con una voz que no tenía el menor rastro de chapurreo-, que están en Siria y muy debilitadas, como tú sabes. ¿Exactamente hasta qué punto están debilitadas, Canidio?