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– Si hacemos el promedio, sólo disponen de tres mil hombres. Cinco cohortes, aunque algunas tienen ocho, y otras sólo dos. Las he llamado legiones, trece en total.

– De las cuales, la de Jerusalén, está concretamente formada. Hay otras siete más en Macedonia, con todas las fuerzas, dos en Bitinia, también completas, y tres que pertenecen a Sexto Pompeyo, completas. -Antonio sonrió, parecía el mismo de antes-. Muy amable de su parte reclutarlas en mi nombre, ¿no crees? Será un hombre muerto para final de este año, y por ese motivo he sumado sus legiones y las de Ahenobarbo a mi total. Sin embargo, creo que debo de tener treinta legiones, sin que todas estén a su máxima capacidad o experiencia. Lo que me propongo hacer es mandar a las legiones menos numerosas de Siria a Macedonia, y traer aquí a las tropas de Macedonia para mi campaña.

Canidio pareció tener dudas.

– Comprendo tus razones, Marco Antonio, pero te recomiendo vivamente que dejes una de las legiones de Macedonia donde está. Manda a buscar seis, pero no envíes a ninguno de tus hombres sirios allí. Espera hasta haber reclutado otras cinco legiones, y después envíalos. Estoy de acuerdo en que los soldados nuevos sin experiencia estarán bien en Macedonia; los dardanios y los besios no se han recuperado todavía de Pollio y Censorino. Tendrás tus treinta legiones.

– ¡Bien! -dijo Antonio, que se sintió mucho más animado que durante los últimos meses-. Necesitaré a diez mil soldados de caballería gálata y tracia. Ya no puedo reclutar más caballería de los galos. Octavio tiene el control y no está dispuesto a cooperar. ¡El malnacido me niega las cuatro legiones que me debe!

– ¿Cuántas legiones te llevarás a Oriente?

– Veintitrés, todas bien equipadas y con hombres experimentados; ciento treinta y ocho mil, incluidos los no combatientes. Nada de auxiliares esta vez, son un incordio insoportable. Al menos, la caballería puede marchar al paso de las legiones. Iremos en cuadro todo el camino, con el tren de equipajes en el medio. Allí donde el terreno sea lo bastante llano, marcharemos en agmen quadratum.

– Estoy de acuerdo, Antonio.

– Sin embargo, creo que tenemos que hacer algo este año, aunque deba quedarme aquí hasta ver qué ocurre con Sexto Pompeyo. Este año te tocará a ti mandar, Canidio. ¿Cuántas legiones puedes reunir para comenzar ahora?

– Siete completas si reúno las cohortes.

– Son suficientes. No será una campaña larga; ocurra lo que ocurra, no te dejes pillar por el invierno a menos que tengas unos alojamientos calientes. Amintas te puede dar dos mil soldados de caballería inmediatamente; por su carta, deben de estar casi aquí. Sospecho que, de no ser así, él hubiese preferido tenerlos para enfrentarse con Sexto.

– Tienes razón, Sexto no durará -afirmo Canidio, complacido.

– Entra en Armenia desde Carana. Es importante que le demos una pequeña lección a Artavasdes de Armenia este año. Entonces estará maduro para el año que viene.

– Como tú quieras, Antonio.

Cleopatra carraspeó; los dos hombres la miraron sorprendidos porque hablan olvidado su presencia. Con Canidio intentó mostrarse, si no humilde, al menos amena, sensible.

– Sugiero que comencemos a construir flotas -dijo.

Asombrado, Canidio no pudo ocultar su reacción.

– ¿Para qué? -preguntó-. No estamos planeando ninguna expedición marítima.

– Ahora no, lo admito -dijo ella con gran compostura, sin mostrar su desagrado-. Sin embargo, quizá podamos necesitarlas en el futuro. Los barcos tardan mucho en ser construidos, sobre todo en las cantidades que necesitaremos, o quizá, mejor dicho, podríamos necesitar.

– ¿Necesitar para qué? -preguntó Antonio, tan intrigado como Canidio.

– Publio Canidio no ha leído la transcripción del discurso de Octavio al Senado, así que queda libre de todo movimiento obstruccionista. Pero tú lo has hecho, Antonio, y yo diría que el mensaje es claro: algún día navegará hacia el este para aplastarte.

Por un momento ninguno de los dos hombres dijo una palabra. Consciente de un peso en su estómago, ¿qué pretendía aquella mujer?

– He leído el discurso, su majestad -dijo-. Me fue enviado por Pollio, con quien me carteo cuando puedo. Pero no veo ninguna amenaza a Marco Antonio en ella, más allá de las críticas que Octavio no está calificado para formular. De hecho, reitera que no irá a la guerra contra un compañero romano, y yo le creo.

El rostro de Cleopatra adoptó una expresión pétrea; cuando habló, su voz era helada.

– Permíteme decir, Canidio, que tengo muchísima más experiencia política que tú. Lo que Octavio dice es una cosa. Lo que hace es otra muy distinta. Te aseguro que pretende aplastar a Marco Antonio. Por lo tanto, nos prepararemos, y comenzaremos a hacerlo ahora, no el año próximo, o el otro. Mientras vosotros vais a vuestra odisea parta, yo haré un buen trabajo en las costas del Mare Nostrum al encargar los mayores barcos de guerra posible.

– Conténtate con quinquerremes -dijo Canidio-. Cualquier cosa más grande es demasiado lenta y torpe.

– Quinquerremes era lo que tenía pensado -replicó ella con altivez.

Canidio exhaló un suspiro y se dio una palmada en los muslos.

– Bueno, me atrevería a decir que no pueden hacer ningún daño.

– ¿Quién las va a pagar? -preguntó Antonio con suspicacia. -Yo, por supuesto -contestó Cleopatra-. Debemos tener por lo menos quinientas galeras de guerra y el mismo número de transporte de tropas.

– ¿Transporte de tropas? -exclamó Canidio-. ¿Para qué?

– El nombre lo dice todo.

Con la boca abierta para replicar, Canidio la cerró, asintió, y se marchó.

– Lo confundes -dijo Antonio.

– Soy consciente de ello, pero no entiendo por qué.

– Él no te conoce, querida -señaló Antonio, un tanto cansado.

– ¿Tú te opones? -preguntó ella, y apretó los dientes. Los pequeños ojos rojos se abrieron como platos.

– ¿Yo? Edepol, no! Es tu dinero, Cleopatra. Gástalo en lo que se te ocurra.

– ¡Bebe a tragos! -replicó ella; luego, recuperó el control y le dedicó la más encantadora de las sonrisa-. Por una vez beberé contigo. Mi mayordomo dice que el vino que trajo el viejo Asander, el mercader de vinos, es especialmente bueno. ¿Sabes que Asander es una degeneración de Alejandro?

– No es un esfuerzo muy inteligente para cambiar de tema, pero aceptaré la invitación. -Antonio sonrió-. Aunque si crees que vas a emborracharme, tendrás que emborracharte tú sola.

– ¿Cómo dices?

– Mi recuperación es completa, he acabado con el vino.

Ella lo miró boquiabierta.

– ¿Qué?

– Me has escuchado, Cleopatra, te quiero hasta la locura, pero ¿de verdad has creído que no me daría cuenta de tu plan para mantenerme borracho? -Exhaló un suspiro, se inclinó hacia adelante con ansia-. Aunque crees saber lo que pasó mi ejército en Media, lo cierto es que no lo sabes. Tampoco sabes lo que yo pasé. Para saberlo, tendrías que haber estado allí, y no estabas. Yo, el comandante de mi ejército, no mantuve a mis hombres fuera de peligro porque me lancé a las tierras del enemigo como un jabalí furioso. Creí en los susurros de un agente parto y, sin embargo, no creí en las advertencias de mis legados. Julio César siempre me reprochó mi impetuosidad, y tenía razón. El fracaso de mi campaña media no puede ser atribuido a nadie más que a mí, y lo sé. No soy un palurdo o un borracho perdido. ¡Sólo tú crees que lo soy! Era necesario para mí borrar mi mala conciencia de Media bebiendo hasta el olvido. ¡Estoy hecho de esa manera! Y ahora, bueno, ha pasado. Te lo diré de nuevo, te quiero más que a mi vida; nunca dejaré de amarte. Pero tú no estás enamorada de mí, pese a todas tus protestas, y tu cabeza está llena de planes y maquinaciones destinados a asegurar que los dioses sepan que es por Cesarión. ¿Todo Oriente? ¿El Occidente también? ¿Está destinado a ser rey de Roma? Sueñas con eso perpetuamente, ¿verdad? Descargas tus propias ambiciones en los hombros de ese pobre chico…