Y así se hizo, aunque Octavio no se había dado cuenta de la renuencia del novio. Agripa se había fijado sus objetivos a los doce; a los veintisiete se había dedicado al cemento, con el que tanto le gustaba experimentar. Excepto en la compañía de Antonio -y hasta cierto punto en la de Livia Drusilia-, era silencioso, severo y siempre vigilante. Todo esto no había influido para la novia, porque estaba, como todas sus amigas, enamorada del magnífico e inalcanzable Marco Vipsanio Agripa.
Un mes después del matrimonio, la alta y graciosa azucena (como Livia Drusilia la había bautizado) se había marchitado y oscurecido. Ella vertía sus quejas al oído compasivo de Livia Drusilia y ésta a su vez, a los oídos de Octavio.
– ¡Es un desastre! -se quejó-. La pobre Ática cree que a él no le interesa lo más mínimo. ¡Nunca le habla! Su idea de hacer el amor es… es… perdóname por ser tan vulgar, amor mío, se parece al de un semental con una yegua. La muerde en el cuello y… y… bueno, lo dejo a tu imaginación. Afortunadamente -continuó con un tono lúgubre-, no se aprovecha de los placeres conyugales muy a menudo.
Éste era un aspecto de Agripa que nunca había esperado conocer, ni tampoco quería saberlo ahora. Octavio enrojeció y deseó estar en cualquier otra parte menos allí, sentado con su esposa. Que su propio talento para hacer el amor dejaba algo que desear lo sabía, pero también sabía que el entusiasmo de Livia Drusilia venía del poder, y por este lado podía descansar tranquilo. Era una pena que Ática no tuviese las mismas inclinaciones; claro que ella no había estado seis años casada con Claudio Nerón para transformar sus sueños infantiles en los propósitos férreos de una mujer.
– Entonces confiemos en que Agripa la embarace -dijo-. Un bebé le dará a ella alguien en quien interesarse.
– Un bebé no es sustituto de un marido satisfactorio -dijo Livia Drusilia, muy satisfecha consigo misma. Frunció el entrecejo-. El problema es que ella tiene un confidente.
– ¿A qué te refieres? ¿Que los asuntos matrimoniales de Agripa son del conocimiento público?
– Sí fuese así de sencillo, no me preocuparía tanto. No, su confidente es su viejo tutor, el liberto de Ático, Quinto Caecilio Epirota. Según ella, el hombre más agradable que conoce.
– ¿Epirota? ¡Conozco ese nombre! -exclamó Octavio-. Un eminente erudito. Según Mecenas, una autoridad en Virgilio.
– Hum… estoy segura de que tienes razón, César, pero no creo que él le ofrezca consuelos poéticos. ¡Oh, ella es virtuosa! Pero ¿durante cuánto tiempo, si te llevas a Agripa a Illyricum?
– Eso está en las manos de los dioses, querida, y yo no tengo la intención de meter la nariz en el matrimonio de Agripa Debemos confiar en que llegue un bebé para mantenerla ocupada. -Exhaló un suspiro-. Quizá una muchacha muy joven no es lo más adecuado para Agripa. Quizá debería haber sugerido a Escribonia.
Fuera como fuese, para el momento en que Octavia fue a cenar con Mecenas y su Terencia y Agripa y su Ática, la mayoría de la clase alta sabía que el matrimonio de Agripa no prosperaba. Al ver la triste expresión de Agripa, su viejo amigo ansió ofrecerle palabras de consuelo, pero no pudo. Al menos, pensó, Ática estaba embarazada. Y él había tenido la necesaria fortaleza para insinuarle al oído de Ático que su muy amado Epirota debía mantenerse bien apartado de su muy amada hija. Las mujeres que veía, pensó, eran tan vulnerables como las que compraba.
Octavia casi voló hasta el palacio de Carinae, tan feliz estaba. ¡Ver a Antonio al fin! Habían pasado dos años desde que él la había dejado en Corcira; la pequeña Antonia Menor, conocida como Tonilla, ya caminaba y hablaba. Era una preciosa niña con el cabello rojo oscuro de su padre y sus ojos rojizos, pero, afortunadamente, sin su barbilla ni -por lo menos hasta ahora- su nariz. ¡Oh, qué temperamento! Antonia era más hija de su madre, mientras que Tonilla era toda de su padre. «¡Basta, Octavia, basta! Deja de pensar en tus hijos y piensa más en tu marido, a quien verás muy pronto. ¡Tanta alegría!, ¡tanto placer!» Fue a buscar a su modista, una mujer muy competente que estimaba mucho su posición en la casa de los Antonio y era, además, muy amiga de Octavia.
Estaban discutiendo sobre qué vestidos debía llevarse Octavia con ella a Atenas, y cuántos nuevos vestidos tenía que hacerse para deleitar a su marido, cuando vino el mayordomo para decirle que Cayo Fonteio Capito había venido a la casa.
Ella apenas lo conocía; había estado con ellos cuando ella y Antonio habían zarpado, pero el mareo la había tenido encerrada en el camarote y su viaje había sido interrumpido en Corcira. Así que recibió al alto, apuesto e impecablemente vestido Fonteio con cierta reserva, sin saber muy bien por qué había venido.
– El imperator César dice que tú y yo debemos llevar sus regalos a Marco Antonio en Atenas -dijo él sin intentar sentarse-, y me pareció que debía venir para saber si hay algo que necesites especialmente, ya sea en el viaje o como carga para Atenas; algún mueble o alguna comida no perecedera, quizá.
«Sus ojos -pensó él al mirar cómo las expresiones pasaban por ellos- son los más hermosos que he visto, aunque no es el color inusual lo que los hace tan hermosos; es la dulzura, el amor envolvente. ¿Cómo puede engañarla Antonio? Si fuese mía, me acostaría con ella para siempre. Otra contradicción: ¿cómo puede ser hermana de Octavio? Y otra: ¿cómo puede amar a Antonio y a Octavio?»
– Gracias, Cayo Fonteio -dijo ella con una sonrisa-. No se me ocurre en realidad nada, excepto -pareció temerosa- el mar, y eso está más allá de la capacidad de cualquiera para arreglarlo.
El se rió, le cogió la mano y la besó suavemente.
– Señora, haré todo lo que pueda. El padre Neptuno, Vulcano el Terremoto y los lares Permarini de los viajes tendrán todas las mejores ofrendas para que los mares estén llanos, los vientos sean propicios y nuestro viaje rápido.
Se marchó, dejando a Octavia, que lo miró marchar con un peculiar sentimiento de alivio. «¡Qué hombre tan agradable! Con él al mando, las cosas irían bien, no importa cómo se comportase el mar.»
Se comportó tal como había ordenado Fonteio al hacer sus ofrendas; incluso rodear el cabo Taenarum no representó ningún peligro. Pero mientras Octavia creía que su preocupación por su bienestar era sólo eso, Fonteio sabía cuánto de él había en sus esperanzas; quería la compañía de aquella adorable mujer durante el viaje, lo que significaba que, para ello, desgraciadamente debería padecer mareos. No podía fallarle, incluido el atraque en El Pireo. Agradable, ingeniosa, fácil de conversación, nunca mojigata o lo que él llamaba «matrona romana» en su actitud. ¡Divina! No era de extrañar que Octavio erigiese estatuas en su honor, y tampoco era de extrañar que las personas comunes la respetasen, la honrasen y la amasen. Los dos nundinae que había pasado en compañía de Octavia desde Tarentum hasta Atenas permanecerían en su memoria por el resto de su vida. ¿Amor? ¿Era amor? Quizá, pero él se imaginaba que no contenía ninguno de los bajos instintos que él asociaba con esa palabra cuando se refería a la relación entre un hombre y una mujer. De haberse aparecido ella en mitad de la noche para reclamar el acto de amor, él no se hubiera negado, pero ella no apareció; Octavia pertenecía a un escalón social superior, tanto como diosa y como mujer.
Lo peor era que sabía que Antonio no estaría en Atenas para recibirla, sabía que Antonio estaba en las firmes garras de la reina Cleopatra, en Antioquía. El hermano de Octavia también lo sabía.
– Te confío a mi hermana a tu cuidado, Cayo Fonteio -le había dicho Octavio poco antes de que la cabalgada se pusiese en marcha de Capua a Tarentum-, porque creo que eres más sincero que el resto de las criaturas de Antonio, y también creo que eres un hombre de honor. Por supuesto, tu tarea principal es escoltar estos equipos militares hasta Antonio, pero requiero algo más de ti, si estás dispuesto.