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Era el típico cumplido de Octavio -él era una de las criaturas de Antonio-; no obstante, Fonteio no se sintió ofendido, porque intuyó que aquélla era simplemente la introducción a algo muchísimo más importante que Octavio deseaba de él. Y ahí lo tenía:

– Tú sabes qué hace Antonio, con quién lo hace, dónde lo hace, y probablemente por qué lo hace -dijo Octavio con una vena retórica-. Desdichadamente, mi hermana tiene poca idea de lo que está pasando en Antioquía, y yo no se lo he dicho porque es posible que Antonio sólo esté… ehhh… llenando el tiempo, llenando a Cleopatra. Es posible que regrese a mi hermana en el momento que sepa que ella está en Atenas. Lo dudo, pero es posible. Lo que pido es que permanezcas en Atenas en estrecho contacto con Octavia en caso de que Antonio no venga. Si no lo hace, Fonteio, la pobre Octavia necesitará a un amigo. La noticia de que la infidelidad de Antonio es grave la destrozará. Confío en que no seas más que un amigo, pero uno que se interesa por ella. Mi hermana es parte de la suerte de Roma, una Vestal figurativa. Si Antonio la desilusiona, ella debe regresar a casa, pero no traída a la carrera. ¿Lo comprendes?

– Completamente, César -manifestó Fonteio sin vacilar-. No debe abandonar Atenas hasta que haya desaparecido toda esperanza.

Al recordar aquella conversación, Fonteio sintió que su rostro hacía una mueca; sabía que la dama estaba ahora mucho mejor de lo que había estado él entonces, y descubrió que se preocupaba desesperadamente por su destino.

Bueno, aquello era Grecia; ahora, sus ofrendas debían ser para los dioses griegos: Demeter, la madre; Perséfone, la hija destrozada; Hermes, el mensajero; Poseidón, señor de los mares, y Hera, la reina. «Enviad a Antonio a Atenas, dejad que rompa sus vínculos con Cleopatra.» ¿Cómo podía preferir a la esquelética, fea y pequeña mujer y no a la hermosa Octavia? Él no podría, sencillamente no podría.

Octavia ocultó su desilusión al recibir la noticia de que Antonio estaba en Antioquía, pero se enteró lo suficiente de la desastrosa campaña en Fraaspa para comprender por qué probablemente prefería estar con sus tropas en ese momento. Así que le escribió de inmediato para comunicarle su llegada a Atenas, junto con el botín, en su tren, desde los soldados hasta los arietes y la artillería. La carta estaba repleta de noticias de sus hijos, de los otros ocupantes de la guardería, la familia, y acontecimientos en Roma, y sugería sin ningún tipo de sutileza que, si él no venía a Atenas, podía pedirle que viajase a Antioquía.

Entre escribir la carta y la respuesta de Antonio -alrededor de un mes-, Octavia tuvo que soportar la visita de amistades y conocidos de su anterior estada, la mayoría, irrelevantes. No obstante, cuando el mayordomo le anunció la llegada de Perdita, a Octavia se le hundió el corazón. Aquella madura matrona romana era la esposa de un mercader plutócrata inmensamente rico y peligrosamente ocioso. Perdita era su apodo, que mostraba con orgullo. No significaba tanto que ella misma estuviese arruinada como que sí contribuía a la ruina de otros. Perdita era una destructora, una portadora de malas noticias.

– ¡Oh, mi pobre y dulce querida! -exclamó, y entró en la sala vestida con gasas del más novedoso color, un deslumbrante magenta, la plétora de collares, brazaletes, esclavas y pendientes entrechocando como las cadenas de un prisionero.

– Perdita. Qué alegría verte -dijo Octavia mecánicamente, mientras soportaba los besos en las mejillas, los apretones en sus manos.

– Creo que es una desgracia, y espero que se lo digas cuando lo veas -exclamó Perdita, y se sentó en una silla.

– ¿Qué es una desgracia? -preguntó Octavia.

– ¡Vaya, la desvergonzada aventura de Antonio con Cleopatra!

Una sonrisa hurgó los labios de Octavia.

– ¿Es desvergonzada? -preguntó.

– ¡Querida, se casó con ella!

– ¿Eso hizo?

– Claro que sí. Se casaron en Antioquía, en el momento en que llegaron allí desde Leuke Kome.

– ¿Cómo lo sabes?

– Peregrino tiene las cartas de Gneo Cinna, Escauro, Titio y Poplicola -respondió Perdita-. Peregrino era su marido. Es la más absoluta verdad. Ella le dio otro hijo el año pasado.

Perdita estuvo una media hora de visita, sin moverse de su silla a pesar de los ruegos de su anfitriona, ofreciéndole algún tipo de refresco. Durante ese tiempo le relató toda la historia tal como ella la sabía, desde los meses de borrachera de Antonio a la espera de que llegase Cleopatra hasta todos los detalles del matrimonio. Algunos detalles, Octavia ya los sabía, aunque no de la manera que Perdita le pintaba los acontecimientos; escuchó con atención, sin revelar su rostro ninguna emoción, y se levantó tan rápido como pudo para acabar con la desagradable visita. Ni una palabra de la tendencia de los hombres a tomar amantes cuando estaban separados de sus esposas pasó por sus labios, ni ningún otro comentario que pudiese animar a Perdita a repetir el trabajo de aquella mañana. Por supuesto, la mujer mentiría, pero aquellos a quienes les mintiera no encontrarían confirmación de la versión de Perdita cuando se encontrasen con Octavia. Ella cerró su sala a la admisión incluso de los sirvientes durante una hora después de que Perdita se hubiese marchado bajo el sol de Ática. Cleopatra, la reina de Egipto. ¿Era por esto por lo que su hermano había hablado de Cleopatra a lo largo de la cena? ¿Cuánto sabían los demás, mientras ella no sabía prácticamente nada? Ella tenía conocimiento de los hijos que su marido había tenido con Cleopatra, incluido el niño nacido el año pasado, pero eso no la había molestado; sencillamente había asumido que la reina de Egipto era una mujer fértil que, como ella, no tomaba precauciones contra los embarazos. Sus propias impresiones habían sido las de una mujer que había amado a Divus Julius apasionadamente, con todo el corazón, y buscaba solaz en su primo para proveerle con más hijos para proteger su trono en la próxima generación. A Octavia, desde luego, nunca se le había ocurrido que Antonio no frecuentase a otras mujeres, tal era su naturaleza. Y ¿cómo podía cambiar eso?

Pero ¡Perdita hablaba de un amor eterno! Oh, ella exudaba malicia y rencor, ¿entonces por qué creerla? Sin embargo, el parásito había sido insertado bajo su piel y comenzaba a moverse a través de sus órganos vitales hacia su corazón, sus esperanzas, sus sueños. Ella no podía negar que su marido había buscado la ayuda de Cleopatra, ni que tampoco aún estaba en los brazos de aquella fabulosa monarca. Pero no, en el momento en que él se enterase de la presencia de Octavia en Atenas, él enviaría a Cleopatra de regreso a Egipto y vendría a por ella. Estaba segura de que sería así, absolutamente segura.

Incluso así, durante la hora que estuvo sola se paseó por la habitación, luchó contra el gusano que le había dejado Perdita, razonó su camino de vuelta a la sensatez, recurrió a sus formidables recursos del sentido común. Porque no tenia sentido que Antonio se hubiese enamorado de una mujo: cuyo principal reclamo a la fama era su seducción de Divus Julius, un intelectual, un esteta, un hombre de gustos inusuales, tan parecido a Antonio como la tiza lo era al queso. Aquélla era una metáfora habitual y, sin embargo, no los distinguía apropiadamente… ¿No, no, por qué estaba perdiendo su tiempo en metáforas ridículas? La única cosa que Obús Julius y Antonio tenían en común era la sangre de la gens Julia, y, por lo que su hermano César decía, sólo era esto lo que había animado a Cleopatra a buscar a Antonio. Ella, según le había revelado su hermano, se le había propuesto debido a su sangre Julia; sus hijos debían tener la misma sangre. Acostarse con una reina regente con el objetivo de proveerla de hijos hubiese atraído enormemente a Antonio; y eso consideró Octavia cuando se enteró de la aventura. Pero ¿amor? ¡No, nunca! ¡Imposible!

Cuando Fonteio llegó para hacer su rápida visita diaria, se encontró con Octavia sutilmente afligida; había una cierta sombra debajo de aquellos maravillosos ojos, la sonrisa tenía tendencia a desaparecer y sus manos se movían sin objetivo. Él decidió ser brusco.