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Ahora, lo sabía, todo se había acabado. Había llegado el día que una vez ella había previsto; durante el resto de su vida lo amaría, pero tendría que existir sin él. Lo que fuese que lo unía a la reina de Egipto era muy fuerte, quizá irrompible. Sin embargo, en algún lugar de su interior, Octavia sabía que la suya no era una unión feliz, que Antonio la aceptaba pero también la odiaba. «Conmigo -pensó-, él tenía paz y alegría. Yo lo calmaba. Con Cleopatra tiene incertidumbre y tumulto. Ella lo inflama, lo incordia, lo atormenta.»

– Esa clase de matrimonio lo enloquecerá -le dijo a Fonteio, y le mostró también la carta.

– Sí, lo hará -consiguió decir Fonteio, que tenia un tremendo nudo en la garganta-. ¡Pobre Antonio! Cleopatra lo moldeará a placer.

– ¿Cuál es su placer? -preguntó Octavia, que pareció intrigada.

– Desearía saberlo, pero no lo sé.

– ¿Por qué no se divorcia de mí?

Fonteio la miró asombrado y, después, mortificado. «Edepol! Por qué no se me ocurrió a mí preguntarme eso. ¿Sí, por qué no se divorcia de ti? Su carta casi exige que lo haga.»

– ¡Venga, Fonteio, piensa! Tú debes de saberlo. La razón que sea tiene que ser política.

– Esta segunda carta no ha sido una sorpresa, ¿verdad? Esperabas que dijese lo que pone.

– ¡Sí, sí! Pero ¿por qué no un divorcio? -insistió ella. -Creo que eso significa que él no ha quemado todavía todas sus naves -manifestó Fonteio con voz pausada-. Todavía hay una necesidad en él de sentirse un romano con una esposa romana. Tú eres una protección, Octavia. Puede ser también que, al no divorciarse de ti, esté buscando recuperar la independencia. Esa mujer lo atrapó en sus garras en un momento de desesperación, cuando él se hubo vuelto hacia cualquiera en busca de consuelo, ella estaba a mano.

– Ella se aseguró de eso.

– Sí, obviamente.

– Pero ¿por qué, Fonteio? ¿Qué quiere de él?

– Territorios. Poder. Ella es una monarca oriental, nieta de Mitrídates el Grande. No hay una gota de Ptolomeo en ella, ellos siempre han sido lentos y de poca ambición durante generaciones, más preocupados por robarse el trono de Egipto los unos a los otros que por mirar hacia adelante. Cleopatra está hambrienta de expansión; son los apetitos mitridáticos y seléucidas.

– ¿Cómo es que sabes tanto de ella? -preguntó Octavia con curiosidad.

– Hablé con la gente cuando estuve en Alejandría y Antioquía.

– ¿Qué impresión tuviste de ella cuando la conociste?

– Dos cosas sobre todo. Una, es que estaba absolutamente obsesionada con el hijo que tuvo con Divus Julius. La segunda, que ella es un poco como Tetis, capaz de transformarse en lo que cree necesario para conseguir sus fines.

– Tiburón, calamar, no recuerdo el resto, sólo que Peleo se aferró a Tetis sin importarle en qué se convertía. -Se estremeció-. ¡Pobre Antonio! Está decidido a aferrarse a ella.

Él decidió cambiar de tema, aunque no se le ocurrió nada que pudiese animarla.

– ¿Regresarás a casa? -le preguntó.

– Oh, sí. Lamento importunarte, pero ¿podrías buscarme un barco?

– Haré algo mejor que eso -respondió él con toda naturalidad-. Tu hermano me encomendó tu bienestar, y eso significa que regresaré contigo.

Aquello fue un alivio, aunque no una alegría; Fonteio vio cómo su rostro se relajaba un poco, y deseó con todo su anhelo que él, Cayo Fonteio Capito, pudiese convencerla para que lo amase. Muchas mujeres habían dicho que podían amarlo, y desde luego dos esposas lo habían hecho, pero no eran nada. Bastante después de lo que había esperado había encontrado a la mujer de su corazón, de sus sueños. Pero ella amaba a otro, y seguiría haciéndolo. De la misma manera que él continuaría amándola.

– En qué mundo extraño vivimos -dijo, y consiguió soltar una carcajada-. ¿Aceptarías ver Las troyanas esta tarde? Admito que el tema está muy cerca de nuestra actual vida (mujeres que han perdido a sus hombres), pero Eurípides es un verdadero maestro y el reparto es espléndido. Demetrio de Corinto interpreta a Hekabe, Dorisco interpreta a Andrómaco (dicen que está fabuloso en el papel), Aristógenes es Helena. ¿Vendrás?

– Sí, por favor -respondió ella, y le sonrió, incluso con los ojos-. ¿Qué son mis penares comparados con los de ellas? Al menos yo tengo mi casa, mis hijos y mi libertad. Me hará bien presenciar el sufrimiento de las mujeres troyanas, sobre todo porque nunca he visto la obra. He escuchado decir que desgarra el corazón, así que podré llorar por los problemas de los demás.

Octavio lloró por los sufrimientos de su hermana cuando ella llegó a Roma un mes más tarde. Era septiembre, y él estaba a punto de embarcarse para su primera campaña contra las tribus de Illyricum. Contuvo las lágrimas, y arrojó sobre la mesa las dos cartas que Fonteio le había dado y luchó para recuperar la compostura. Una vez la batalla ganada, apretó los dientes, furioso, pero no con Fonteio.

– Gracias por venir a verme antes de que fuese a ver a Octavia -le dijo a Fonteio, y le tendió la mano-. Te has comportado con honor y bondad con mi hermana, y no necesito que ella me lo diga. ¿Está… está muy deprimida?

– No, César, ella no es así. El comportamiento de Antonio la ha aplastado, pero no la ha derrotado.

Un veredicto con el que Octavio estuvo de acuerdo cuando la vio.

– Debes venir y vivir aquí conmigo -dijo, con un brazo sobre sus hombros-. Trae a los niños, por supuesto. Livia Drusilia está ansiosa porque tengas compañía, y Carinae está demasiado lejos.

– No, César, no puedo hacer eso -replicó Octavia con firmeza-. Soy la esposa de Antonio, y viviré en su casa hasta que él me ordene marcharme. ¡Por favor, no insistas ni me fuerces a ello! No cambiaré de opinión.

Con un suspiro, él la sentó en una silla, acercó la otra y le sujetó las manos.

– Octavia, él no vendrá a casa contigo.

– Eso lo sé, pequeño Cayo, pero no importa. Todavía soy su esposa, y eso significa que él espera que cuide de sus hijos y de su casa como debe hacer una esposa cuando su marido está en el extranjero.

– ¿Qué me dices del dinero? Él no te mantendrá.

– Tengo mi propio dinero.

Eso lo enojó, aunque su enojo estaba reservado a la dureza emocional de Antonio.

– ¡Tu dinero es tuyo, Octavia! Haré que el Senado te proporcione lo suficiente de los estipendios de Antonio para cuidar de su propiedad aquí en Roma y también de sus villas.

– ¡No, te lo ruego, no hagas eso! Llevaré una fiel contabilidad de lo que gaste, y él podrá devolvérmelo cuando regrese a casa.

– ¡Octavia, él no regresará a casa!

– No puedes decir eso con seguridad, César. No puedo afirmar que comprendo las pasiones de los hombres, pero conozco a Antonio. Esta mujer egipcia puede ser otra Glafira, incluso otra Fulvia. Se cansa de las mujeres cuando se vuelven inoportunas.

– Se ha cansado de ti, querida.

– No, no lo ha hecho -afirmó ella con valentía-. Todavía soy su esposa, no se ha divorciado de mí.

– Eso lo hace para mantener a sus senadores y caballeros en su bando. Así nadie podrá decir que está permanentemente en las garras de la reina de Egipto, si no se ha divorciado de ti, su verdadera esposa.

– ¿Nadie podrá decir? ¡Oh, vamos, César! ¡Tú no podrás, a eso te refieres! ¡No estoy ciega! Quieres que Antonio parezca un traidor; por tus propios fines, no por los míos.

– Cree eso si quieres, pero no es la verdad.

– Aquí me quedo -fue todo lo que dijo ella.

Octavio la dejó, sin sentir sorpresa o algo más que una leve irritación; él la conocía sólo como podía hacerlo un hermano menor, tras seguir a alguien cuatro años mayor como si estuviese atado a una correa, conocedor de pensamientos expresados en voz alta, conversaciones de chicas con sus amigos, amores y tonterías de adolescentes. Antonio había inspirado estos amores mucho antes de que ella tuviese la edad suficiente para amarlo como una mujer. Cuando Marcelo había pedido casarse con ella, Octavia había ido a su destino sin un murmullo de protesta porque ella conocía su deber y nunca había soñado con casarse con Antonio. Él estaba tan atrapado en las garras de Fulvia en aquel momento, que una muchacha de dieciocho años tan sensible como Octavia abandonó aquella esperanza de haberla tenido alguna vez.