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– ¿No vendrá aquí? -preguntó Livia Drusilia cuando él regresó.

– No.

Livia Drusilia chasqueó la lengua.

– ¡Qué pena!

Él se rió y le pasó la mano por la mejilla afectuosamente.

– ¡Qué tontería! Te alegras profundamente. No te gustan los niños, esposa, y eres muy consciente de que aquellos niños indisciplinados y mimados correrían por todas partes si viviesen aquí, por mucho que nosotros intentásemos contenerlos.

– ¡Es verdad! -admitió ella con una risita-. Aunque, César, no soy yo quien se comporta de manera anormal, sino Octavia. Es muy deseable tener hijos y yo me regocijaría si quedase embarazada. Pero Octavia hace que una gata parezca descuidada. Me sorprende que consintiese en ir a Atenas sin ellos.

– Ella fue sin ellos porque (manteniendo la metáfora felina) sabe que Antonio es un gato macho y se siente como tú respecto a los chicos. ¡Pobre Octavia!

– Compadécete de ella, César, pero, de todas maneras, no Pierdas de vista el hecho de que es mejor que su dolor llegue ahora y no más tarde.

XX

Mientras Publio Canidio y sus siete legiones habían penetrado en Armenia y habían hecho un buen trabajo, Antonio permaneció en Siria, con la intención, muy ostensible, de supervisar la guerra contra Sexto Pompeyo en la provincia de Asia y de reunir un gran ejército para su próxima campaña en Media Partia. No era más que una excusa; de hecho, le había llevado todo aquel año emerger lenta y dolorosamente de su furor inducido por el vino. Mientras su tío Planeo gobernaba Siria y su sobrino Titio había sido delegado por Antonio para llevar un ejército a Éfeso para ayudar a Furnio, a Ahenobarbo y a Amintas de Galacia a derrotar a Sexto Pompeyo. Fue Titio quien lo arrinconó en Frigia Midaeum y Titio quien lo escoltó hasta la costa de Asia, en Mileto. Allí fue ejecutado por orden de Titio, un acto que Antonio deploró sonoramente. Acusó a Planeo de haber incitado a Titio a que lo hiciera, pero Planeo insistió firmemente en que la orden, secreta, había venido de Antonio, que debía asumir la responsabilidad.

– ¡De ninguna manera! -rugió Antonio.

De quién era la culpa quizá nunca se sabría, pero ciertamente Antonio se benefició de esa corta guerra. Heredó las tres buenas legiones de aburridos veteranos que había reclutado Sexto y dos espléndidos romanos navegantes, Décimo Turulio y Cassio Parmensis, los dos, asesinos de Divus Julius todavía vivos. Después de que ofreciesen a Antonio sus servicios y Antonio los aceptase, Octavio le escribió una carta casi histérica a Antonio en la que le decía, con su pequeña y meticulosa letra:

Si hacía falta algo más para demostrarme que tú fuiste parte del complot para asesinar a mi divino padre, Antonio, ésta es. De todos los actos infames traicioneros y repugnantes de tu siniestra carrera, éste es el peor. A sabiendas de que estos dos hombres son asesinos, los has tomado a tu servicio en lugar de ejecutarlos públicamente. No te mereces ostentar una magistratura romana, ni siquiera de las más bajas. Tú no eres mi compañero, tú eres mi enemigo, de la misma manera que eres enemigo de todos los hombres romanos decentes y honorables. Pagarás por esto, Antonio, lo juro por Divus Julius. Lo pagarás.

– ¿Fuiste parte del complot? -preguntó Cleopatra. Antonio se mostró ofendido.

– ¡No, por supuesto que no! Por Júpiter, han pasado diez años desde que César fue asesinado. Pregúntame qué prefiero, ¿dos presuntos asesinos muertos o dos almirantes romanos vivos? No hay comparación.

– Sí, veo tu lógica. Así y todo…

– ¿Así y todo qué?

– No estoy segura de creer tus negativas respecto al asesinato de César.

– Me importa muy poco si me crees o no. ¿Por qué no te vas a Alejandría y gobiernas en persona por una vez? Entonces podré ocuparme de mis planes de guerra con tranquilidad.

Cleopatra hizo lo que Antonio le sugería; al cabo de un nundinum el Filopátor zarpó para Alejandría con ella a bordo. Su voluntad de dejarlo era una prueba de su confianza de que él finalmente había reparado los destrozos que el vino había provocado en su cuerpo y, más importante, en su mente. ¡Realmente era extraordinario! Cualquier otro hombre de su edad hubiese emergido mostrando las huellas físicas de la disipación, pero Marco Antonio no. Fuerte como siempre, lo bastante fuerte, sin duda, para conducir su ridícula campaña. Pero aquella vez él no marcharía contra Fraaspa, de eso podía estar segura. Sin el ausente Canidio para respaldaría había sido difícil, pero había continuado machacando las ambiciones de Antonio a lo largo de meses, para moldearlo de forma diferente. Por supuesto, no había dejado entrever con palabras o gestos que él debía volver los ojos hacia Roma; en cambio, había insistido en el hecho de que Octavio vendría a Oriente después de derrotar a Sexto Pompeyo, cuya ejecución había sido idea suya. Un buen soborno a Lucio Munatio Planeo, otro al hijo de su hermana, Titio, y el hecho se había realizado.

Con Lépido forzado al retiro y Sexto Pompeyo desaparecido para siempre, había dicho ella, no había nadie que pudiese impedir a Octavio regir el mundo excepto Marco Antonio. No había sido difícil convencer a Antonio de que Octavio quería gobernar el mundo, especialmente después de que ella hubo encontrado un aliado inesperado para reforzar sus opiniones. Como si su nariz tuviese la capacidad de oler un espacio vacante alrededor de Antonio, Quinto Delio había aparecido en Antioquía para ocupar el lugar que Cayo Fonteio había dejado; lleno de desconfianza hacia Fonteio, que juraba ser el esclavo de Octavia, un enamorado que era el hazmerreír de todos. Si bien Delio carecía totalmente de la integridad y la suavidad de Fonteio, no era un verdadero sustituto. Sin embargo, podía ser comprado, y una vez que un noble romano vendía sus servicios, permanecía fiel. Era, aparentemente, una cuestión de honor, aunque fuese un honor mancillado. Cleopatra lo compró.

Puso a Delio a trabajar en el hueco que Fonteio había dejado; una vez más sirvió como embajador de Antonio. El asunto de Ventidio y Samosata había desaparecido de la mente de Antonio, ya no parecía ser un crimen. Antonio, además, echaba de menos la varonil compañía de Fonteio, así que aceptó a Delio como sustituto. De haber estado en Siria, las cosas hubiesen sido diferentes, pero Ahenobarbo estaba ocupado en Bitinia. No había nada que se interpusiese en el camino de Delio o en el de Cleopatra.

Al momento, Delio estaba ocupado en una tarea diseñada por Cleopatra. Entre ambos, Cleopatra y él, habían tenido pocos problemas para convencer a Antonio de que era una tarea de gran importancia; debía viajar como embajador de Antonio a la corte de Artavasdes de Media, y allí proponer una alianza entre Roma y Media que pusiese coto a los intereses partos. Media, de la que Fraaspa era la capital, pertenecía al rey de los partos; Artavasdes gobernaba Media Atropatene, que era más pequeña y menos clemente. Dado que todas sus fronteras salvo aquellas con Armenia eran partas, Artavasdes estaba en conflicto; la autopreservación dictaba que él no debía hacer nada que ofendiese al rey de los partos, mientras que la ambición lo hacía mirar con codicia a Media. Cuando comenzó la desastrosa campaña de Antonio, él y su compañero armenio habían tenido claro que nadie podía derrotar a Roma, pero para el momento en que Antonio había salido de Artaxata en aquella terrible marcha, los dos Artavasdes habían pensado de otra manera.