– ¡Espero que vengas a cenar!
– Nunca ceno. ¿Por qué hacer que los cocineros se tomen la molestia de preparar una comida cuando yo no les hago justicia? Tomo pan fresco y aceite, una ensalada, algo de cordero o pescado, y como mientras trabajo.
– ¿Incluso hoy, cuando acabo de llegar a casa?
Los brillantes ojos azules chispearon; el joven sonrió.
– Debo sentirme culpable, ¿no es así? Muy bien, vendré a cenar.
Se marchó para ir a sentarse de nuevo a la mesa, el pergamino ya desenrollado y la cabeza agachada en el momento en que tanteaba en busca de la silla y la encontraba.
Sus pies la llevaron hasta la guardería como si perteneciesen a otra mujer, pero allí al menos había cordura, normalidad. Iras y Charmian fueron corriendo a abrazarla, besarla, y después se apartaron para mirar cómo su amada señora contemplaba a sus tres hijos menores. Ptolomeo Alejandro Helios y Cleopatra Selene estaban montando un rompecabezas, una escena de flores, hierbas y mariposas pintadas en una madera muy delgada que algún maestro artesano había cortado con una sierra en pequeños trozos irregulares. El gemelo del Sol estaba golpeando con un martillo de juguete un trozo que no encajaba mientras su hermana la Luna miraba furiosa.
Luego le arrebató el martillo a su hermano y lo golpeó en la cabeza. El Sol aulló, la Luna chilló de alegría; un momento más tarde estaban trabajando de nuevo en el rompecabezas.
– La cabeza del martillo es de corcho -susurró Iras.
¡Qué encantadores eran! Ya tenían cinco años, y eran tan diferentes en apariencia que nadie hubiese adivinado que fuesen gemelos. El Sol, de cabellos, ojos y piel dorados, apuesto, de estilo más oriental que romano; era fácil ver que cuando madurase tendría una nariz ganchuda y los pómulos altos. Luna tenía rizados cabellos negros, un rostro delicado y unos enormes ojos del color del ámbar sombreados por largas pestañas negras; también era fácil ver que cuando madurase sería muy hermosa de una manera muy particular. Ninguno de los dos se parecía a Antonio o a su madre. La mezcla de dos sangres muy dispares había producido hijos físicamente más atractivos que cualquiera de los padres.
El pequeño Ptolomeo Filadelfo, en cambio, era Marco Antonio de pies a cabeza: grande, de cabellos y ojos rojos, la nariz que luchaba para encontrar la barbilla a través de una pequeña boca de labios gruesos. Había nacido en el mes romano de octubre el año anterior, lo que le hacía tener una edad de dieciocho meses.
– Es el típico hijo menor -murmuró Charmian-. No hace ningún intento por hablar, aunque camina como su padre.
– ¿Típico? -preguntó Cleopatra, que envolvió su cuerpo, que se retorcía en un abrazo que él claramente no apreciaba.
– Los menores no hablan porque sus mayores lo hacen por ellos. Él balbucea, ellos lo entienden.
– Oh. -Cleopatra soltó al momento a Filadelfo cuando le hundió los dientes de leche en la mano, sacudiéndola para aliviar el dolor-. En realidad es como su padre, ¿verdad? Decidido. Iras, manda que el joyero de la corte haga un brazalete de amatista. Lo protegerá contra el vino.
– Lo arrancará, majestad.
– Entonces un collar ajustado, o un broche; no me importa, siempre y cuando lleve una amatista.
– ¿Antonio lleva la suya? -preguntó Iras.
– La lleva ahora -respondió Cleopatra con voz severa.
De la guardería fue a su baño; Charmian e Iras la acompañaron. Según le constaba, en Roma relataban fabulosas historias de su baño: que estaba lleno con leche de burra, que era del tamaño de un estanque de carpas, que tenía una cascada en miniatura para refrescarla, que la temperatura era probada primero sumergiendo a una esclava. Ninguno de esos relatos nacidos de su estancia en Roma era verdad; la bañera que Julio César había encontrado en la tienda de Léntulo Crus después de Farsalia era mucho más suntuosa. La de Cleopatra era de un tamaño normal hecha de granito rojo sin pulir. La llenaban las esclavas, que traían ánforas de agua, unas calientes, las otras, frías; la receta era normal, así que la temperatura pocas desvariaba.
– ¿Cesarión frecuenta a sus hermanos? -preguntó mientras Charmian le masajeaba la espalda y le vertía agua encima.
– No, majestad -respondió Charmian con un suspiro-. Le gusta, pero no se siente interesado.
– No me sorprende -dijo Iras, que preparaba un ungüento perfumado-. La diferencia de edad es demasiado grande para que pueda intimar con ellos; además, él nunca fue tratado como un niño. Ese es el destino del faraón.
– Es verdad.
Una observación reforzada durante la cena, a la que Cesarión asistió en cuerpo, pero no en alma; estaba en otra parte. Si alguien le servía comida, siempre se comía la más sencilla. Raramente los sirvientes habían sido enseñados en las cosas que debían ofrecerle. Comía abundante pescado, y también cordero, pero las aves, el cocodrilo joven y otras carnes no le apetecían en absoluto. El pan crujiente, todo lo blanco que lo podían hacer los panaderos, constituía la mayor parte de su comida, mojado en aceite de oliva o, a la hora del desayuno, con miel, le explicó a su madre.
– Mi padre comía sencillo -dijo él en respuesta a un comentario de reproche de Cleopatra destinado a convencerlo de que variase un poco más su dieta-, y no le hizo ningún daño, ¿no es así?
– Así es -admitió ella, y renunció.
Cleopatra celebraba sus consejos en una sala diseñada expresamente para eso, con una gran mesa de mármol a la que se sentaban ella y Cesarión en un extremo y otros cuatro hombres a cada lado; la otra cabecera siempre estaba vacía, como lugar de honor para Amón-Ra, que nunca venía. Aquel día Apolodoro ocupaba un lugar opuesto a Sosigenes y Cha'em. La reina se sentó, enfadada al no ver a Cesarión, pero antes de que pudiese hablar apareció él con manos llenas de documentos. Se escuchó una sonora exclamación; Cesarión fue al lugar de Amón-Ra y se sentó allí.
– Siéntate en tu silla, Cesarión -dijo Cleopatra.
– Ésta es mi silla.
– Pertenece a Amón-Ra, e incluso el faraón no es Amón-Ra. -He llegado a un acuerdo con Amón-Ra para que yo lo represente en todos los consejos -replicó el muchacho sin molestarse-. Es una tontería sentarse en una silla donde no puedo ver el rostro de la otra persona que más necesito ver, faraón, el tuyo.
– Reinamos juntos, por lo tanto, nos sentamos juntos.
– Si yo fuese tu loro, faraón, lo haríamos. Pero ahora que me he convertido en un hombre no pretendo ser tu loro. Cuando lo crea necesario, estaré en desacuerdo contigo. Me inclino ante tu edad y experiencia, pero tú debes indinarte ante mí como socio principal en nuestro reino conjunto. Soy el faraón varón, es mi derecho tener la última palabra.
A este tranquilo discurso siguió un silencio, durante el cual Cha'em, Sosigenes y Apolodoro miraron fijamente la superficie de la mesa y Cleopatra clavó su mirada en su hijo rebelde. Todo aquello era obra suya; ella lo había elevado al trono y había hecho que le consagraran como faraón de Egipto y rey de Alejandría. Ahora no sabía qué hacer, y dudaba de tener la suficiente influencia con ese extraño como para reafirmarse a sí misma como su socio principal. «¡Oh, roguemos para que esto no sea el comienzo de una guerra entre los Ptolomeo gobernantes! -pensó-. ¡Roguemos para que esto no vuelva a ser Ptolomeo el Barrigón contra Cleopatra la Madre! Pero no veo corrupción en él, ninguna codicia, ningún salvajismo. ¡Él es un César, no un Ptolomeo! Eso significa que no se someterá a mí, que se cree más sabio que yo, pese a toda mi "edad y experiencia". Debo ceder, debo ceder.»
– Comprendido, faraón -dijo ella sin furia-. Me sentaré en este extremo y tú en aquél. -De forma inconsciente se frotó con la mano la base del cuello, donde había descubierto, en el baño, que había aparecido un bulto-. ¿Hay algo que quieras discutir sobre tu conducción de los asuntos de Estado mientras estuve ausente?