– No, todo funcionó con normalidad. Dispensé justicia sin necesidad de consultar casos anteriores, y nadie discutió mis veredictos. En el erario público de Egipto está adecuadamente contabilizado, y también en el erario público de Alejandría. Dejé que el registrador y los otros magistrados hiciesen todas las reparaciones necesarias en los edificios de la ciudad, y también reparé varios templos y recintos a lo largo de las riberas del Nilo, tal como se había pedido. -Su rostro cambió, se volvió más animado-. Si no tienes ninguna pregunta y no has escuchado ninguna queja de mi conducta, ¿puedo pedirte que escuches mis planes para el futuro de Egipto y Alejandría?
– No he tenido quejas hasta el momento -dijo Cleopatra con cautela-. Puedes proceder, Ptolomeo César.
El había dejado los rollos de pergaminos en la mesa y habló sin consultarlos. La luz era escasa porque se acababa el día, pero unos rayos de sol bailaban con el polvo, debido al ondular délas frondas de las palmeras en el exterior. Un rayo más firme que el resto iluminó el disco de Amón-Ra en la pared, detrás de la cabeza de Cesarión; Cha'em adoptó su expresión de vidente y murmuró algo en el fondo de su garganta demasiado ahogado como para ser entendido, a la vez que apoyó las manos temblorosas en la mesa. Quizá era la luz que se desvanecía la que hacía que su piel pareciese gris; Cleopatra no lo sabía, pero sí sabía que la visión que había tenido no le sería comunicada. Eso significaba que había sido maligna.
– En primer lugar me ocuparé de Alejandría -dijo Cesarión con tono enérgico-. Tiene que haber cambios; cambios inmediatos. En el futuro seguiremos la práctica romana de dar raciones de trigo gratis para los pobres; además, con respecto al trigo, el precio no fluctuará, para fijar su coste si es comprado en ultramar cuando el Nilo no inunda. El gasto adicional será absorbido por el erario público de Alejandría. Sin embargo, estas leyes se aplicarán sólo a la cantidad de trigo que una familia pequeña consume durante el curso de un mes: el medimnus. Cualquier alejandrino que compre más de un medimnus al mes tendrá que pagar el precio normal.
Hizo una pausa, con la barbilla alzada, los ojos desafiantes, pero nadie habló. Continuó:
– Aquellos residentes de Alejandría que en ese momento no tengan derecho a la ciudadanía recibirán una franquicia. Esto se aplicará a todos los hombres libres, incluidos los libertos. De esa manera, habrá listas de ciudadanos y equipos del Estado para que otorguen los vales de trigo, ya sea para trigo gratis o para el medimnus subsidiado. Todos los magistrados de la dudad, desde el intérprete hacia abajo, serán elegidos de la manera más justa (por elección libre) y durarán en el cargo sólo un año. Cualquier ciudadano, ya sea macedonio, griego, judío, medo o egipcio mestizo, podrá presentarse, y se darán leyes para castigar el soborno electoral, como también la corrupción en el cargo.
Otra pausa, saludada con un profundo silencio. Cesarión lo interpretó como una señal de que la oposición, cuando llegase, sería implacable.
– Por último -anunció-, en cada intersección principal construiré una fuente de mármol. Estas fuentes tendrán varias espitas para sacar agua y un caño grande para lavar ropa y para que se laven las personas, construiré baños públicos en cada barrio de la ciudad, excepto Beta, donde el recinto real ya tiene las adecuadas facilidades. Era hora de pasar de hombre a niño; con una mirada viesa en los ojos, miró a cada uno de los rostros que había alrededor de la mesa.
– ¡Ya está! -gritó, y se echó a reír-. ¿No es espléndido?
– Espléndido desde luego -dijo Cleopatra-, pero manifiestamente imposible.
– ¿Por qué?
– Porque Alejandría no puede permitirse tú programa.
– ¿Desde cuándo cuesta más una forma de gobierno democrática que un grupo de macedonios vitalicios que están demasiado ocupados llenando sus propios nidos con el dinero público en lugar de gastarlo donde se debería gastar? ¿Por qué debe el erario público sufragar sus lujosas existencias? ¿Desde cuándo debe un joven ser castrado para entrar al servicio superior del rey y la reina? ¿Por qué las mujeres no pueden cuidar a nuestras princesas vírgenes? ¿Eunucos todavía hoy? ¡Es abominable!
– No hay respuesta -dijo Cha'em con la boca temblorosa al ver la mirada de horror en el rostro de Apolodoro, ya que él era un eunuco.
– ¿Desde cuándo el sufragio universal cuesta más que el sufragio selectivo? -preguntó Cesarión-. Montar un aparato electoral costará, sí. La ración de trigo gratis costará. Una ración de trigo subsidiado costará. Las fuentes y los baños costarán. Pero si los de los nidos son sacados de sus palos en lo alto del gallinero y todos los ciudadanos pagan todos los impuestos en lugar que algunos no los paguen, creo que se podría encontrar el dinero.
– ¡Oh, deja de ser un niño, Cesarión! -dijo Cleopatra con un tono de cansancio-. ¡Sólo porque tengas una gran asignación para derrochar no significa que entiendas de altas finanzas! ¡Encuentra dinero, jovencito! Eres un niño con ideas de niño sobre cómo funciona el mundo.
Desapareció toda alegría del rostro de Cesarión, que adoptó una expresión de rígida altivez.
– ¡No soy un niño! -dijo sin casi mover los labios, su voz helada como Roma en el invierno-. ¿Sabes cómo he gastado mi enorme asignación, faraón? ¡Pagué los salarios de una docena de contables y escribientes! Nueve meses atrás encargué que investigasen los ingresos y gastos de Alejandría. ¡Nuestros magistrados macedonios desde el intérprete hasta su burocracia de sobrinos y primos son corruptos! ¡Podridos! -Una mano con un anillo de rubí que resplandeció rojo como el fuego rozó los rollos de pergaminos-. ¡Todo está aquí, hasta el último peculado, estafa, fraude, robo! ¡Cuando tuve todos estos datos aquí me sentí avergonzado de llamarme a mí mismo rey de Alejandría!
Si el silencio podía resonar, aquel silencio lo hizo. Una parte de Cleopatra estaba exultante ante la sorprendente precocidad de su hijo, pero otra parte estaba tan furiosa que su palma derecha le ardía del deseo de abofetear al pequeño monstruo. ¡Cómo se atrevía! ¡Sin embargo, qué maravilloso que se atreviese! ¿Qué podía ella responder? ¿Cómo iba a salir de esto con su dignidad intacta, su orgullo no humillado?
Sosigenes pospuso aquel terrible momento.
– ¿Lo que yo quiero saber es quién te dio estas ideas, faraón? Desde luego no las has recibido de mí, y rehúso creer que han salido completas de tu propia mente. ¿Por lo tanto, de dónde han venido?
Incluso mientras hablaba, Sosigenes fue consciente de algo que se clavaba en su pecho, una punzada de pura pena por la niñez perdida de Cesarión. «Siempre ha sido impresionante presenciar la evolución de este verdadero prodigio -pensó-, porque, como su padre, es un verdadero prodigio.»
Pero eso había significado no tener infancia. Ya como un bebé en brazos había hablado con frases pulidas; nadie podía dejar de ver la poderosa mente que había dentro del infante Cesarión. Aunque su padre nunca lo había comentado o lo había visto; quizá las memorias de sus propios primeros años cerraban sus ojos. ¿Cómo había sido Julio César cuando tenía doce años? ¿Cómo, por ejemplo, lo había tratado su madre? No de la manera que Cleopatra trataba a Cesarión, decidió Sosigenes en aquella fracción mientras esperaba la respuesta de Cesarión. Cleopatra consideraba a su hijo como un dios, así que la profundidad de su intelecto sólo servía para aumentar sus tonterías. ¡Oh, si sólo Cesarión hubiese sido un poco más vulgar!
Sosigenes recordaba muy bien cómo convenció a Cleopatra para que dejase al niño de seis años jugar con alguno de los niños pertenecientes a los macedonios de alta cuna como el registrador y el contable. Aquellos niños se habían apartado de Cesarión por temor, o lo habían golpeado y pateado, o se habían burlado de él cruelmente. El había soportado todo esto sin quejas, tan decidido a conquistarlos como iba a conquisté las penurias de Alejandría ahora. Pero al ver su comportamiento, Cleopatra había prohibido a todos los niños y niñas cualquier contacto con su hijo. En el futuro, había ordenado el» Cesarión debía contentarse con su propia compañía. Con lo cual, Sosigenes había buscado un cachorro. Horrorizada» Cleopatra hubiese mandado ahogarlo. Pero Cesarión llegó en el momento oportuno, y al ver al perro se convirtió en un niño de seis años. Con el rostro sonriente, sus manos fueron a coger al pequeño cachorro; así había entrado Fido en la vida de Cesarión. Sin embargo, el niño sabía que Fido desagradaba a su madre, y se había visto obligado a ocultarle la importancia que el perro tenía para él. Una vez más, aquello no era normal. De nuevo, Cesarión se había visto forzado al comportamiento adulto. Dentro de él vivía un anciano, mientras el niño que nunca se le había permitido ser se secaba, salvo en los momentos secretos pasados lejos de su madre y de los tronos que ocupaba como su igual. ¿Igual? ¡No, eso no! Cesarión era superior a su madre en todos los sentidos, y ésa era la tragedia.