La respuesta del muchacho a la pregunta llegó, y de pronto fue un niño pequeño, el rostro iluminado.
– Fido y yo vamos a cazar ratas en los áticos del palacio; allí arriba hay unas ratas terribles, Sosigenes. ¡Algunas son tan grandes como Fido, lo juro! Les debe de gustar el papel porque se han comido pilas y pilas de viejos archivos; algunos, se remontan hasta el segundo Ptolomeo. En cualquier caso, hace unos pocos meses atrás, Fido encontró una caja que ellas no se habían conseguido comer, una caja de malaquita con incrustaciones de lapislázuli. ¡Hermosa! Cuando la abrí, encontré que tenía todos los documentos que mi padre había escrito mientras estaba en Egipto. ¡Documentos para ti, mamá! Consejos, no cartas de amor. ¿Alguna vez las has leído?
Con el rostro ardiente, Cleopatra recordó el paseo en burro que César le organizó a través de las ruinas de Alejandría para forzarla a ver lo que se debía hacer y en qué orden. Primero, casas para la gente común; inmediatamente después, templos y edificios públicos. ¡Oh, y las aparentemente interminables disertaciones! ¡Cuánto la habían irritado, cuando lo que ella quería era amor! Implacables instrucciones sobre lo que se debía hacer, desde la ciudadanía para todos hasta raciones de trigo gratis para los pobres. Ella había hecho caso omiso de todo salvo darle la ciudadanía a los judíos y a los metecos para ayudar a César a contener a los alejandrinos hasta que llegasen sus legiones. Pero tenía la intención de dársela a todos en algún momento. No obstante, en esta decisión habían intervenido su buena cabeza y su asesinato. Después de su muerte, ella había considerado sus reformas inútiles. Había intentado las reformas en Roma y lo habían matado por su presunción. Así que ella había puesto sus listas y sus órdenes en aquella caja de malaquita con incrustaciones de lapislázuli y se la había dado al mayordomo del palacio para que la guardase en alguna parte fuera de su vista, fuera de su mente.
Lo que no había contado era con un chico curioso y un perro ratonero. ¡Oh, el daño que su descubrimiento había creado! Cesarión estaba ahora infectado con la enfermedad de su padre; quería cambiar las cosas tan sagradas por los siglos que incluso aquellos que se beneficiarían no querían el cambio. ¿Por qué no había arrojado aquellas hojas de papel al fuego? Entonces su hijo no hubiese encontrado nada más que ratas.
– Sí, las leí -dijo.
– ¿Entonces por qué no actuaste de acuerdo a ellas?
– Porque Alejandría tiene su propio mos maiorum, Cesarión. Sus propias costumbres y tradiciones. Los gobernantes de un lugar, sea una ciudad o una nación, no están obligados a socorrer a los pobres, que son una aflicción que sólo la hambruna puede curar. Los romanos llaman a sus pobres proletarios, y eso significa que no tienen absolutamente nada para darle al Estado salvo hijos; ningún impuesto, ninguna prosperidad. Pero los romanos también tienen una tradición de filantropía, por eso alimentan a sus pobres a costa del Estado. Alejandría no tiene tal tradición, ni tampoco otros lugares. Sí, estoy de acuerdo en que nuestros magistrados son corruptos, pero los macedonios son los colonizadores originales, y se sienten con derecho a ocupar los cargos. Intenta quitárselos y te destrozarán en el ágora; no por los macedonios, sino por los pobres. La ciudadanía de Alejandría es preciosa, no se da a quienes no la merecen. En cuanto a las elecciones, son una farsa.
– Desearía que te escuchases a ti misma. Es pura mierda de hipopótamo.
– No seas vulgar, faraón.
Las expresiones desfilaron por su rostro como las ondulaciones en la piel de un caballo, primero infantiles -furiosas, frustradas, resistentes- pero lentamente se volvieron adultas -fríamente decididas, con una determinación pétrea.
– Me saldré con la mía -dijo él. Si no es ahora, más tarde, pero me saldré con la mía. Puedes impedírmelo durante un tiempo si apelas a un número suficiente de ciudadanos de Alejandría para impedírmelo. No soy un loco, faraón. Conozco la magnitud de la resistencia que habrá a mis cambios. Pero ¡llegarán! Y cuando lleguen, no se circunscribirán sólo a Alejandría. Somos faraones de un país de mil millas de largo pero sólo de diez millas de ancho excepto en Ta-She, un país que no tiene ningún ciudadano libre. Nos pertenecen, como nos pertenecen la tierra que cultivan y las cosechas que recogen. ¡En cuanto al dinero! Tenemos tanto que nunca lo podremos gastar, acumulado debajo del suelo, fuera de Menfis. Lo utilizaré para mejorar al pueblo de Egipto.
– No te lo agradecerán -replicó ella con voz firme.
– ¿Por qué iban a hacerlo? Con todo el derecho es su dinero, no el nuestro.
– Nosotros -dijo ella, y mordió cada palabra- somos el Nilo. Somos hijo e hija de Amón-Ra, Isis y Horus reencarnado, Señores de las Dos Damas del Alto y el Bajo Egipto, de la Juncia y la Abeja. Nuestro propósito es ser fructíferos, traer prosperidad a los altos y a los bajos. Faraón es el dios en la tierra, destinado a no morir nunca. Tu padre tuvo que morir para convertirse en deidad, mientras que tú has sido un Dios desde tu concepción. ¡Debes creer!
Él recogió los pergaminos y se levantó.
– Gracias por escucharme, faraón.
– ¡Dame tus papeles! Quiero leerlos.
Eso provocó una carcajada.
– Creo que no -replicó él, y se marchó.
– Bueno, al menos, ahora sabemos dónde estamos -le dijo Cleopatra a los demás-. En el borde del precipicio.
– Cambiará cuando madure -la consoló Sosigenes.
– Sí, lo hará -dijo Apolodoro.
Cha'em no dijo nada.
– ¿Tú estás de acuerdo, Cha'em? -preguntó Cleopatra-. ¿O es que tu visión te dice que no cambiará?
– Mi visión no tiene sentido -susurró Cha'em-. Estaba confusa, borrosa; de verdad, faraón, no significaba nada.
– Estoy segura de que para ti sí, pero no me lo dirás, ¿no es así?
– Lo repito, no hay nada que decir.
Pero se alejó como lo que era: un anciano y cuando estuvo lo bastante lejos como para no ser sorprendido comenzó a llorar.
Cleopatra cenó en sus habitaciones, pero no llamó a sus dos doncellas; el día había sido muy largo y seguramente Charmian e Iras estaban agotadas. Una muchacha -macedonia, por supuesto- le sirvió mientras ella picoteaba la comida sin apetito, y luego la ayudó a desnudarse para dormir. Entre los que disfrutaban de una buena posición y tenían muchos sirvientes no era costumbre llevar ropas en la cama. Aquellos que dormían vestidos lo hacían por mojigatería, como la difunta esposa de Cicerón. Terencia, o aquellos que no tenían bastantes sirvientes para lavar las sábanas con regularidad. Que ella dedicase tiempo a pensar en esto era culpa de Antonio; él despreciaba a las mujeres que llevaban camisón en la cama, y ella lo sabia. Incluso Octavia, una mujer más modesta que mojigata, no tenía inconveniente en hacer el amor desnuda, le había dicho Antonio, pero una vez acabado el acto, ella se ponía el camisón. La excusa (porque así le parecía a él) era que uno de los niños podía necesitarla urgentemente durante la noche, y ella no estaba dispuesta a que el sirviente que viniese a despertarla viese su desnudo. Aunque, según Antonio, su cuerpo era precioso.