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De camino de regreso a su cama, de prisa antes de que los sirvientes entrasen en servicio, pasó por delante de su enorme espejo de plata pulida y se detuvo, sorprendida, para observar a la mujer reflejada en él. Tan delgada como siempre, tan pequeña, tan fea. No tenía vello en el cuerpo; se lo depilaba con escrupuloso cuidado. Parecía más una niña que una mujer, salvo por su rostro. Su forma había cambiado: era más larga, dura, aunque no mostraba ninguna arruga ni surco. De hecho, tenía el rostro de una mujer de treinta y cuatro años, cuyos grandes ojos dorados se veían ensombrecidos por la tristeza. La luz aumentó. Ella continuó mirándose. ¡No, no el cuerpo de una niña! Tres embarazos, uno con mellizos, le habían convertido la piel del vientre en un pergamino flojo, arrugado, de un color marrón oscuro.

«¿Por qué me ama Antonio? -le preguntó a la imagen, sorprendida-. ¿Por qué yo no puedo amarlo?»

A media mañana se encontró a Cesarión, y decidió hablar con él. Tal como era su costumbre, había ido a una cala detrás de su palacio a nadar, y ahora estaba sentado en una roca con el aspecto de ser el tema ideal para Filias o Praxiteles. Sólo vestía un taparrabos, todavía lo bastante húmedo para mostrarle a su madre que ya era un hombre. Esta visión la aterrorizó, pero ella no era de las que se entregaban a sus sentimientos, así que se sentó en otra roca donde podía verle la cara, el rostro de César, cada vez más parecido a él.

– No he venido para reprochar, quejarme o criticar -le dijo.

Su brillante sonrisa mostró los dientes blancos y perfectos

– No esperaba que lo hicieses, mamá. ¿De qué se trata?

– Creo que es una petición.

– Entonces plantea tu caso.

– Dame tiempo, Cesarión -dijo ella con su voz más almibarada-. Necesito tiempo, pero tengo menos que tú. Tú me debes tiempo.

– ¿Tiempo para qué? -preguntó él con desconfianza.

– Para preparar a nuestra gente, a Alejandría y a Egipto Para el cambio.

Él frunció el entrecejo, disgustado, pero no dijo nada. Cleopatra se apresuró a seguir.

– No voy a decirte que no has vivido lo suficiente para tener la necesaria experiencia en tratar con la gente, ya sea tus súbditos o colaboradores; tú lo rechazarías. No puedes dar edictos faraónicos que lancen a la gente a una conmoción instantánea y no esperar oposición. Admiro la profundidad de tus investigaciones, y admito la verdad de mucho de lo que has dicho. Pero aquello que tú y yo sabemos que es la verdad no es obvio para los demás. Las personas vulgares, incluso los aristócratas macedonios, están aferrados a sus maneras. Se resisten al cambio de la misma manera que una mula se resiste a ser llevada de la rienda. El mundo de un hombre o una mujer está circunscrito a su entorno comparado a nuestro mundo; pocos de ellos viajan, y aquellos que lo hacen no van más allá del delta o de Tebas para unas vacaciones si tienen el dinero. El registrador no ha estado nunca más allá de Alejandría de Pelusium, ¿así que cómo crees que ve él el mundo? ¿Qué le importa Menfis, y no digamos ya Roma? Si eso es verdad para él, ¿cómo crees que piensan personas inferiores?

Su rostro se volvió hosco, pero sus ojos mostraron incertidumbre.

– Si los pobres van a recibir trigo gratis, mamá, no puedo creer que se vayan a rebelar.

– Estoy de acuerdo, y por eso te sugiero que comiences con ese paso. Pero ¡no de la noche a la mañana, por favor! Dedica el año próximo a trabajar en lo que tu padre hubiese llamado la logística, ponlo todo por escrito y tráelo de nuevo al Consejo. ¿Harás eso?

Era obvio que el reparto de trigo gratuito era lo primero en su lista de prioridades; ella lo había adivinado.

– No tardará tanto -dijo Cesarión-. Sólo un mes o dos.

– Incluso la legislación del gran César tardó años en completarse -replicó ella-. No puedes tomar atajos, Cesarión. Ocúpate de cada cambio adecuada, meticulosa y perfectamente. Toma como ejemplo al primo Octavio; allí tienes a un verdadero perfeccionista, y no soy tan tonta como para no admitirlo. Tú tienes mucho tiempo, hijo mío. Haz las cosas poco a poco, por favor. Habla mucho antes de actuar; las personas deben ser preparadas cuidadosamente para un cambio para que no sientan como si se les hubiese impuesto sin aviso. ¿Por favor?

El rostro de Cesarión se relajó; ahora sonrió.

– De acuerdo, mamá, he comprendido tus propósitos.

– ¿Me darás tu solemne palabra, Cesarión?

– Mi solemne palabra. -Él se rió con un claro y atractivo sonido-. Al menos no me pides que jure por los dioses.

– ¿Crees en nuestros dioses lo bastante como para considerar un juramento tomado en su nombre como algo sagrado que liga hasta la muerte?

– Oh, sí.

– Te veo como a un hombre de palabra, a un hombre que no necesita verse ligado por juramentos.

Él se bajó de la roca, se acercó a ella para abrazarla, besarla.

– Oh, gracias, mamá, gracias. Haré como tú dices.

«Ésta es la manera -pensó ella al verlo saltar de roca en roca con la misma gracia de un bailarín- de manejarlo. Ofrécele una fracción de lo que quiere y convéncelo de que es suficiente. Por una vez ha actuado sabiamente, he visto mi camino sin errores.»

Un mes más tarde, Cleopatra comprendió que se estaba tocando constantemente la garganta para comprobar aquella hinchazón. No tenía el aspecto ni se sentía como un bulto, pero cuando Iras le comentó su nuevo hábito e inspeccionó la hinchazón por sí misma insistió en que su ama debía consultar a un médico.

– ¡No a una sabandija charlatana griega! Manda llamar a Hapd'efan'e -dijo Iras-¡Te lo digo de verdad, Cleopatra! Si no lo llamas, lo haré yo.

Los años habían sido bondadosos con Hapd'efan'e; estaba igual que cuando había seguido a César de Egipto a Asia Menor, a África, a Hispania, a Roma, siempre con un ojo atento a las «epilepsias» de César, que había comprendido que sólo ocurrían si César se olvidaba de comer por largos períodos, algo que su caprichoso y difícil paciente tenía la tendencia de hacer. Tras la muerte de César había regresado a su patria a bordo del barco de Cesarión; luego, después de un año como médico real en Alejandría, consiguió permiso para volver al recinto de Ptah en Menfis. La orden de los médicos estaba bajo el patronazgo de la esposa de Ptah, Sejmet; sus miembros se afeitaban la cabeza, llevaban una túnica de lino blanco que comenzaba debajo de los pezones y caía suavemente hasta un dobladillo por debajo de las rodillas, y exigía el celibato. Los viajes habían aumentado sus conocimientos, como hombre y como médico; ahora era reconocido como el mejor diagnosticador de Egipto.

En primer lugar examinó a Cleopatra cuidadosamente, le buscó el pulso, olió su aliento, apretó sus huesos, le bajó los Párpados inferiores, le hizo abrir las manos con los brazos extendidos, la observo caminar en línea recta. Sólo entonces se concentro en el problema: palpó debajo de la mandíbula y bajó por la garganta y el cuello.

– Sí, faraón, es una inflamación, no un bulto -dijo-. La causa de la inflamación no está encapsulada como una vejiga; los bordes simplemente se funden con el tejido muy inflamado a su alrededor. He visto como éstos entre aquellos que viven en las regiones de Egipto alrededor del río, pero pocas veces en Alejandría, el Delta y Pelusium. Se llama bocio.

– ¿Es maligno? -preguntó ella con la boca seca.

– No, majestad. Eso no significa que no vaya a crecer más. La mayoría de los bocios se hacen más grandes, pero muy lentamente, con el transcurso de los años. El tuyo es nuevo y, por lo tanto, siempre cabe la posibilidad de que su crecimiento sea rápido. Si es así, entonces tus ojos comenzarán a sobresalir de sus órbitas como los ojos de una rana. ¡No, no, no te asustes! Dudo de que este bocio te vaya a producir ojos saltones, pero un médico que no atiende a su paciente de todas las posibilidades no es un buen practicante de las artes médicas. Sin embargo, no estás del todo libre de los síntomas, majestad. Tienes una débil insinuación de temblor en las manos, y tu corazón late un poco demasiado rápido. Quiero que Iras te tome el pulso antes de que te levantes de tu cama cada mañana -le dirigió a ella y a Charmian su más dulce sonrisa- porque Charmian es demasiado dramática. Después de un mes, Iras sabrá lo rápido que late tu corazón, y estará en condiciones de controlarlo. El corazón está ligado al interior de tu pecho por recipientes que contienen la sangre, y es por eso que puedes valorarlo a través de encontrar el pulso en la muñeca. Si estos recipientes no existiesen, los corazones vagarían de la manera que los griegos creen que hace un útero.