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– ¿Qué, intentando ver cómo puedes persuadirme para que beba una copa de vino? -se burló él, con la sensación de que sí quería conquistar el mundo ahora que había encontrado el coraje para enfrentarse a Cleopatra-. Insiste todo lo que quieras, cariño. No lo conseguirás. Como la tripulación de Ulises, me he tapado los oídos para no escuchar tu canto de sirenas. Tampoco, si te gusta más el papel de Circe, conseguirás convertirme de nuevo en un cerdo que chapotea en la pocilga líquida que tú has hecho.

– Me alegro de verte -susurró ella, desaparecida la furia-. Te amo, Antonio. Te amo mucho. Tienes toda la razón, me he excedido en mi mandato. Todo será hecho como tú deseas. Lo juro solemnemente.

– ¿Por Tello, Sol Indiges y Liber Pater?

– No, por Isis que llora a su difunto Osiris.

Él le tendió los brazos.

– Entonces ven y bésame.

Ella se levantó para obedecer, pero antes de poder llegar a la silla de Antonio, Cesarión entró corriendo por la puerta.

– ¡Marco Antonio! -gritó el muchacho, que fue a abrazarlo cuando él se levantaba-. ¡Oh, Marco Antonio, esto es fantástico! Nadie me había dicho que habías llegado hasta que me encontré a Apolodoro en el vestíbulo.

Antonio mantuvo a Cesarión apartado a la distancia de un brazo y lo miró, asombrado.

– ¡Por Júpiter, podrías ser César! -exclamó, y besó las mejillas de Cesarión-. Te has convertido en un hombre.

– Me alegra que alguien lo vea. Mi madre rehúsa hacerlo.

– Ya sabes, las madres detestan ver cómo sus hijos crecen. Se lo tienes que perdonar, Cesarión. Veo que estás bien. ¿Gobiernas más en estos días?

– Sí, un poco más. Estoy trabajando en la logística de un reparto de trigo gratis para los pobres de Alejandría.

– ¡Excelente! Muéstramelo.

Y se marcharon juntos, los dos casi de la misma altura, tanto había crecido en estatura Cesarión. Nunca sería un Hércules como Antonio, pero iba a ser más alto, pensó la abandonada Cleopatra mientras desaparecían.

Con la mente en pleno tumulto se acercó a una ventana que daba al mar; su mar, y al parecer seguiría siendo su mar si su marido tenía algo que ver en ello. Había actuado con demasiada rapidez, ahora lo veía; pero había asumido que Antonio volvería a la botella de vino. En cambio, él no mostraba ninguna indicación de que fuese a hacerlo; de no haber sido él testigo de sus acciones en el sur de Siria quizá hubiese sido más fácil de convencer; en cambio, aquellas acciones lo habían enfurecido, estimulando su deseo de hombre de ser la mitad dominante en un matrimonio. ¡Aquel repugnante gusano de Herodes! ¿Qué le había dicho a Antonio para excitarlo de tal manera? ¿Qué habían dicho Malcho y las dos ciudades gemelas de Fenicia? Los informes que sus agentes le habían enviado no eran acertados, porque ninguno había mencionado las órdenes de Antonio sobre sus propias posesiones, ni tampoco habían tenido noticias de sus conversaciones con Malcho, Herodes, Sidón o Uro.

¡Oh, qué acertado estaba! Sin él, ella no era nada. No tema ejército, ni genio como soldado o gobernante. Ahora más que nunca en el pasado comprendió que su primera -quizá única- tarea era convencer a Antonio para que abandonase su alianza con Roma. Todo surgía de aquello.

«Yo no soy -pensó Cleopatra mientras comenzaba a pasearse- un monstruo en ninguno de los disfraces que él ha dicho que asumo. Soy un monarca cuyo destino ha puesto en una posición de poder potencial en un momento y un tiempo en que puedo atacar para conseguir la total autonomía, recuperar los territorios perdidos de Egipto, ser una gran figura en el escenario mundial. ¡Mis ambiciones ni siquiera son para mí! Son para mi hijo. El hijo de César. Heredero de César, inmortalizado ya en su título, Ptolomeo XV César, faraón y rey. ¡El debe cumplir su promesa, pero aún es demasiado pronto! Durante otros diez años debo luchar para protegerlo a él y su destino; no tengo tiempo que perder amando a otras personas, personas como Marco Antonio. Él lo intuye; estos largos meses de separación han roto los grilletes que había forjado para mantenerlo encadenado a mi lado. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?»

Para el momento en que Antonio volvió a reunirse con ella, jovial, cariñoso, ansioso por irse a la cama, ella ya había decidido su curso de acción: hablar con Antonio, hacerle ver que Octavio nunca le permitiría ser Primer Hombre de Roma; por lo tanto, ¿de qué servía continuar ligado a Roma? Ella tenía que convencerle -sobrio, poseído de su autocontrol- de que la única manera que tenía de poder gobernar Roma él solo era ir a la guerra contra Octavio, el obstáculo.

Su primer paso fue arreglar que Antonio desfilase por Alejandría de la manera más parecida a un triunfo romano que se atrevió. Eso fue fácil porque el único romano con estatus de compañero que había traído con él era Quinto Delio, que estaba bajo las órdenes de ella para desviar los poderes de análisis de Antonio lejos de la forma de triunfo romano. Después de todo, no tenía legiones con él, ni siquiera una cohorte de tropas romanas. No habría carrozas, decidió, sólo carros planos tirados por bueyes con guirnaldas que llevarían unas plataformas especialmente diseñadas donde mostrar este o aquel tesoro saqueado. Tampoco se le permitiría cabalgar en nada ni siquiera remotamente parecido al antiguo carro de cuatro ruedas del triunfador romano; vestiría la armadura y el yelmo faraónico y él mismo conduciría un carro de dos ruedas faraónico. Tampoco habría un esclavo sosteniendo una corona de laureles sobre su cabeza para susurrarle en su oído que no era sino un hombre mortal. De hecho, los laureles no tenían ningún lugar en todo aquello; Cleopatra ya le recordaría que Egipto no tenía verdaderos árboles de laurel. Su peor batalla fue convencerá Antonio de que el rey Artavasdes de Armenia debía ser puesto con cadenas de oro y llevado detrás de un burro como prisionero; en un triunfo romano, los prisioneros de alto rango debían ser parte del desfile, ir vestidos con todas sus prendas reales y caminar como hombres libres. Antonio consintió las cadenas, convencido de que quitaban cualquier indicio de triunfo romano.

Con lo que él no contó fue con Quinto Delio, a quien Cleopatra había dado órdenes para que escribiese una nota específica a Poplicola en Roma.

¡Qué escándalo, Lucio! Por fin la Reina de las Bestias ha prevalecido. Marco Antonio ha hecho su triunfo en Alejandría en lugar de Roma. Oh, hubo diferencias, pero nada sobre lo que poder escribir. En cambio, sí que se me obliga a escribir sobre las similitudes. Aunque él dice que el botín es más grande que el que Pompeyo Magno le quitó a Mitrídates, la verdad es que, si bien es muy grande, no es tan grande. Incluso así, pertenece a Roma, no a Antonio. Quien, al final de su desfile por las anchas calles de Alejandría acompañado por los ensordecedores gritos de miles y miles de gargantas, entró en el templo de Serapis y dedicó los despojos. Sí, permanecerán en Alejandría, la propiedad de su reina y su niño rey. Por cierto, Poplicola, Cesarión es la imagen de César Divus Julius, así que detesto pensar en lo que podría sucederle a Octavio si Cesarión alguna vez fuese visto en Italia, y mucho menos en Roma.

Hay muchas evidencias de la mano de la Reina de las Bestias por todas partes. El rey Artavasdes de Armenia fue llevado en cadenas, te lo puedes imaginar. Luego, cuando el desfile acabó, fue encarcelado en lugar de estrangulado. En absoluto una costumbre romana. Antonio no dijo ni una palabra sobre las cadenas o la vida perdonada. Él es su títere, Poplicola, su esclavo. En lo único en lo que puedo pensar es que ella lo droga, que sus sacerdotes preparan pócimas que tú y yo, simples romanos, ni siquiera podemos llegar a comprender.

Te dejo a ti que decidas cuánto de todo esto deba ser divulgado; Octavio seguramente podría sacarle algún partido, me temo que hasta el punto de declararle la guerra a su compañero triunviro.