«Ya está -pensó Delio, y dejó su pluma-. Eso debería bastar para que Poplicola aproveche alguna parte; lo suficiente, en cualquier caso, para que se filtre hasta Octavio. Le da munición y al mismo tiempo exonera a Antonio. Si es guerra lo que ella quiere, entonces la guerra acabará por llegar. Pero deberá ser una guerra que, una vez que Antonio la gane, le permita retener su posición romana y no tener ningún problema para establecerse como único gobernante. En cuanto a la reina de Egipto, ella se esfumará en la oscuridad. Sé muy bien que Antonio está lejos de ser su esclavo; aún es dueño de sí mismo.»
Delio no tenía la inteligencia suficiente para olerse el más profundo secreto de las ambiciones de Cleopatra, ni tampoco ningún indicio de la profundidad de la sutileza de Octavio. Como sirviente a pago de la doble corona hizo lo que se le decía sin preguntar.
Antes de encontrar un mensajero y un barco para enviar su corta misiva a Roma y Poplicola ya estaba escribiendo una larga posdata:
¡Oh, Poplicola, esto va de mal en peor! Totalmente engañado, Antonio acaba de participar de una ceremonia en el gimnasio de Alejandría, más grande, desde que la ciudad fue reconstruida, que el ágora y escenario de todas las reuniones públicas. Se construyó un enorme podio dentro del gimnasio, con cinco tronos en sus gradas. En la más alta, un trono. Un escalón más abajo, otro trono. Y otro poco más abajo, otros tres tronos más pequeños. En el más alto se sentó Cesarión, vestido con toda la regalía faraónica. La he visto a menudo, pero te la describiré brevemente para ti: una mitad blanca y una mitad roja, una doble parte en la cabeza, muy grande y pesada, que se llama doble corona. Un vestido de lino blanco plisado, un ancho collar de gemas y oro alrededor del cuello y los hombros, un ancho cinturón de oro recamado con joyas, muchos brazaletes, púberas, esclavas, anillos para los dedos y los pies. Palmas y plantas de los pies, pintados a leña. Sorprendente, la mujer faraón, Cleopatra, sentada un escalón más abajo, con la misma regalía, excepto que su vestido estaba hecho de tela de oro y cubría sus pechos. En el escalón de abajo estaban sentados los tres hijos que le había dado Antonio: Ptolomeo Alejandro Helios estaba vestido con el atuendo de rey de Partía: tiara, collares de oro alrededor del cuello, una blusa y falda con volantes y joyas. Su hermana, Cleopatra Selene, vestida con algo a medio camino entre lo faraónico y lo griego, estaba sentada en medio. Ya su otro lado estaba sentado un niño pequeño que aún no debe de tener tres años, ataviado como el rey de Macedonia: un sombrero rojo de ala ancha con la diadema atada alrededor de la corona, un clamis rojo, una túnica roja y unas botas rojas.
La multitud era enorme, llenaba el gimnasio, que se dice que tiene un aforo de cien mil, aunque, conociendo el Circo Máximo, lo dudo. Habían montado tarimas, pero éstas estaban interrumpidas con material atlético. Cleopatra y sus cuatro hijos estaban al principio, al pie del estrado, y Marco Antonio entró montado en un magnífico caballo medo, un caballo gris con el hocico, la crin y la cola negros. Estaba equipado con una montura de cuero rojo, tachonada y con bordes de oro. Se bajó del caballo y caminó hasta la tarima. Vestía una túnica y una capa rojas, pero al menos su armadura dorada era de estilo romano. Debo añadir que yo, su legado, estaba sentado muy cerca, disfrutando de una buena vista de los procedimientos. Antonio cogió a Cesarión de la mano y lo guió por los escalones de la tarima hasta el trono superior y lo sentó. La multitud lo aplaudió furiosamente. Una vez que el chico estuvo sentado, Antonio lo besó en ambas mejillas, y luego gritó que por la autoridad de Roma proclamaba a Cesarión rey de reyes, regente del mundo. La multitud enloqueció. Luego llevó a Cleopatra a su trono, un poco más bajo, y la sentó. Fue proclamada reina de reyes, regente de Egipto, Siria, las islas del Egeo, Creta, Rodas, toda Cilicia y Capadocia. Alejandro Helios (su pequeña prometida estaba sentada en un escalón, a su lado) fue proclamado rey de Oriente, todo al este del Éufrates y todo al sur del Cáucaso. Cleopatra Selerte fue proclamada reina de Cyrenaica y Chipre. Y el pequeño Ptolomeo Filadelfo fue proclamado rey de Macedonia, Grecia, Tracia y todas las tierras alrededor del mar Euxino. ¿Mencioné Epirus? También recibió eso.
A través de todo esto, Antonio permaneció tan solemne como si de verdad creyese en lo que estaba haciendo, aunque más tarde le dijo que sencillamente lo había hecho para acabar con las protestas de Cleopatra. El hecho es que una buena parte de las tierras mencionadas pertenecen a Roma, confundieron la imaginación para que fuéramos testigos de que a estas cinco personas se las proclamara soberanos de lugares que no tienen y no pueden gobernar.
¡Oh, pero a los alejandrinos les pareció maravilloso! En raras ocasiones he visto tales aclamaciones. Después de finalizada la ceremonia de coronación, los cinco monarcas bajaron del estrado y montaron en una especie de carreta, una plataforma con ruedas donde habían montado cinco tronos. Debo añadir que Egipto debe de estar nadando en oro, porque los otros diez tronos utilizados eran todos de oro puro, tachonados con tantas gemas que resplandecían y brillaban más que una puta romana con cuentas de vidrio. Esta carreta, tirada por diez caballos medos blancos -una carga lo bastante liviana para que no tuviesen que tirar-, desfiló por la avenida Real, luego por la avenida Canópica y acabó su viaje en el Serapeum, donde el sumo sacerdote, un hombre llamado Cha'em, realizó un ritual religioso. Los espectadores fueron agasajados en diez mil enormes mesas cargadas a tope con comida; algo que nunca se había hecho antes, según tengo entendido, y que se hizo a petición de Antonio. Fue incluso una pelea más salvaje que la que se da en una fiesta pública romana.
Los dos acontecimientos -el«triunfo» de Antonio y la donación del mundo a Cleopatra y sus hijos- me han dejado atónito, Poplicola. He bautizado a esto último como las Donaciones. ¡Pobre Antonio! Está atrapado en las redes de aquella mujer, lo juro. Una vez más te dejo a ti la libertad de divulgar de todo esto, pero, por supuesto, Octavio tendrá los informes de su propios espías, así que no creo que puedas ocultar el hecho durante mucho tiempo. Si eres consciente de lo que se prepara, quizá puedas tener oportunidad de rebatirlo.
La carta fue enviada a Roma; Delio se instaló en su precioso pequeño palacio dentro del recinto real para pasar el invierno con Antonio, Cleopatra y sus hijos.
Antonio y Cesarión eran grandes amigos, y escogieron hacerlo todo juntos, ya fuese ir a cazar cocodrilos o hipopótamos en el Nilo, ejercicios de guerra o carreras de carros en el hipódromo o nadar en el mar. Por mucho que lo intentó Cleopatra no pudo conseguir que Antonio bebiese vino; rehusó incluso beber un sorbo, decía con franqueza que una vez que lo probara continuaría hasta emborracharse. Él no confiaba en ella ni se descuidaba de sus intenciones; no se ocultaba de oler de forma manifiesta los contenidos de su copa para asegurarse de que contuviese agua.
Cesarión veía todo esto y lo lamentaba. Era el único entre ellos que veía las dos partes. Su madre, sabía, hacía todo lo posible no para sus propios fines, sino por los de él, Cesarión, mientras que Antonio, muy enamorado de ella, resistía hasta lo imposible sus intentos de apartarlo de Roma. El problema era, pensaba el joven, que no estaba seguro de querer lo que su madre ansiaba para él; no tenía sensación de destino, por mucho que lo tuviese su padre, y su madre también. Hasta ahora, su experiencia del mundo le decía que había mucho trabajo que hacer en Alejandría y Egipto y que él nunca viviría lo suficiente para acabarlo, aunque fuese a vivir cien años.
De una manera curiosa era más parecido a Octavio que a César, porque ansiaba conseguir que todo se hiciera a la perfección, hasta el último detalle, y se apartaba de la idea de aceptar cargas adicionales en sus hombros que inevitablemente harían imposible que nada se hiciese correctamente. Su madre no tenía las mismas ideas; ¿cómo podía tenerlas? Nacida y criada en un nido de víboras como Ptolomeo Auletes, su idea de la soberanía era dejar la fastidiosa tarea de la administración diaria a otros, y estos otros probablemente también fuesen sicofantes y talentosos.