Él sabía muy bien cuáles eran las limitaciones de su madre. También sabía por qué intentaba darle su condición de romano a Antonio, su independencia y su suplicio. Nada que no fuese la dominación del mundo la satisfacería, y ella veía Roma como su enemigo. Con mucha razón; un poder tan atrincherado como el de Roma no cedería a ella sin una guerra. ¡Oh, si él sólo fuese mayor! Entonces podría enfrentarse a Cleopatra como un verdadero igual, e informarle con firmeza que lo que ella quería para él no era lo que él quería. Hasta el momento, él no le había dicho nada de sus propios sentimientos, a sabiendas de que ella descartaría sus opiniones como las de un niño. Pero ¡él no era un niño, nunca lo había sido de verdad! Debido a la precoz inteligencia de su padre y a una posición soberana desde la más temprana infancia, había bebido el conocimiento como un perro hambriento en un charco de sangre, y por ninguna otra razón más que su amor por aprender. Todo conocimiento era tomado, guardado para su inmediato recuerdo cuando se necesitase, y, cuando un conocimiento suficiente de un tema había sido asimilado, para analizarlo. Pero no estaba enamorado del poder, no sabía si eso era también verdad en su padre. Algunas veces sospechaba que lo era; César ascendido a las alturas olímpicas porque no ascender hubiese significado el exilio de verse privado de toda mención en los anales de Roma. El destino que César no podía tolerar. Pero no había intentado con mucha fuerza vivir, Cesarión lo sabía de alguna manera. «Mi tata, del que recuerdo de cuando era un bebé tan vividamente su cara, su cuerpo alto que saltaba al interior de mis ojos en aquel entonces. Mi tata, a quien echo de menos con desesperación. Antonio es un hombre maravilloso, pero no es César. Necesito a mi tata aquí para que me aconseje, y eso no puede ser.»
Animado, buscó a Cleopatra e intentó decirle cómo se sentía, pero resultó ser como lo esperaba. Ella se rió de él, le pellizcó la mejilla, lo besó cariñosamente y le dijo que se fuese a hacer las cosas que debían hacer los chicos de su edad. Herido, aislado, sin nadie a quien poder volverse, que más allá que su madre mentalmente y comenzó a no asistir a las cenas. Que hubiese podido acudir a Antonio nunca se le ocurrió; veía a Antonio como la presa de Cleopatra; no pensaba que Antonio fuese a responder de una manera diferente a la de ella. Las ausencias a las cenas se hicieron cada vez más numerosas, en exacta proporción al incesante machaque de Cleopatra a su marido, a quien ella trataba, le pareció a Cesarión, más como a un hijo que como a un socio en su empresa. De todas maneras, había días deliciosos, algunas veces períodos más largos; en enero, la reina sacó al Filopátor del cobertizo y navegó por el Nilo hasta la primera catarata, aunque no era la estación adecuada para inspeccionar el nilómetro. Para Cesarión fue un viaje maravilloso. Ahora que era más grande podía apreciar del todo los detalles de la experiencia, desde su propia cabeza de Dios hasta la sencillez de la vida a lo largo del poderoso río. Los hechos eran guardados; más tarde, cuando fuese faraón de verdad, le daría a esas personas una vida mejor. A su insistencia se detuvieron en Coptos y siguieron la ruta de caravanas por tierra hasta Mvos Hormos en el Sinus Arabicus; él había querido tomar el largo camino a Berenice, mucho más abajo del Sinus, pero Cleopatra había rehusado hacerlo. Desde Myos Hormos y Berenice, las flotas egipcias partían para la India y Taprobane, y de allí regresaban con sus cargas de especias, pimientos, perlas oceánicas, zafiros y rubíes. Allí también fondeaban las flotas del Cuerno de África; transportaban marfil, casia, mirra e incienso de la costa africana alrededor del Cuerno. Unas flotas especiales traían el oro y las joyas enviadas por tierras al Sinus desde Etiopía y Nubia; el terreno era demasiado escarpado y el Nilo muy convulso por las cataratas y los rápidos como para poder utilizar el río.
En el viaje de regreso, ahora que navegaban corriente abajo, hicieron una pausa en Menfis, entraron en el recinto de Ptah y allí les mostraron los túneles del tesoro que se abrían, desplegados en un largo camino hacia los campos de pirámides. Cesarión y Antonio no los habían visto, pero Cha'em, como su guía, tuvo el cuidado de demostrarle a Antonio por dónde y cómo se accedía a la entrada; fue llevado a ciegas y le pareció algo muy divertido, hasta que le quitaron la venda de los ojos y observó la riqueza de Egipto. Para Cesarión fue incluso una sorpresa mayor; ni siquiera había comenzado a tener una idea de lo inmenso que era, y pasó el resto del largo viaje asombrado ante la parsimonia de su madre. Se podría permitir el lujo de alimentar a Alejandría hasta satisfacer la glotonería de todos y, sin embargo, se quejaba de su patético ofrecimiento de dar una ración de trigo gratis.
– No la entiendo -le murmuró a Antonio mientras el Filopátor entraba en la bahía real.
Un comentario que provocó un ataque de risa en Antonio.
XXII
La conquista de Illyricum tardaría tres años, pero el primero de ellos, el mismo año en que Antonio se suponía que debería haber sido primer cónsul, fue el más duro, sencillamente porque tardó un año en comprender cómo realizar las funciones. Como cualquier empresa de Octavio, fue meticulosamente planeada como debía ser cualquier otra aventura militar. Gobernador de la Galia Cisalpina durante la campaña ilírica, Cayo Antistio Veto tendría que enfrentarse a las revoltosas tribus que vivían en el valle de los Salassi, en la frontera noroccidental; aunque estaba a muchos centenares de millas de Illyricum, Octavio no quería que ninguna zona de la Galia Cisalpina estuviese a merced de las tribus bárbaras, y los salassi eran todavía un incordio.
La actual campaña fue dividida en tres escenarios separados: uno en el mar y dos en tierra.
De nuevo favorecido, Menodoro recibió el mando de las flotas adriáticas; su tarea era dirigirse a las islas que había delante de Istria y Dalmacia y barrer a los piratas liburnios del mar. Estatilio Tauro recibió el mando del grupo de legados que marchaban al este desde Aquileia a través del paso del monte Ocra hacia la ciudad de Emona y, eventualmente, a la cabecera del río Savo. Aquí vivían los tauriscos y sus aliados, que asediaban perpetuamente a Aquileia y Tergeste. Agripa debía atacar desde el sudoeste, desde Tergeste hasta las tierras de los dálmatas y la ciudad de Senia; a partir de ese punto, Octavio asumiría el mando personalmente, viraría al este, cruzaría las montañas y bajaría hacia el río Colapis. Una vez en el río marcharía a Siscia, en la confluencia del Colapis y el Savo. Ése era el territorio más salvaje y menos conocido.
La propaganda había comenzado mucho antes que la campaña, porque la conquista de Illyricum era parte del plan de Octavio para dejarle claro a los pueblos de Italia y Roma que él, y sólo él, se preocupaba tanto de su seguridad como de su bienestar. Una vez que la Galia Cisalpina estuviese libre de cualquier amenaza exterior, toda la nalga italiana limitada por los Alpes sería tan segura como la pierna.
Después de dejar a Mecenas para que gobernase Roma ante la mirada indiferente de los cónsules, Octavio navegó desde Ancona hasta Tergeste, y desde allí cabalgó para unirse a las legiones de Agripa como su comandante en jefe nominal. Illyricum fue toda una sorpresa; habituado como estaba a los espesos bosques, éstos le parecieron más cercanos a los páramos de los bosques germanos que a cualquier otra cosa que pudiesen ofrecer Italia y otros lugares civilizados. Húmedos, umbríos, densos más allá de lo que se podía imaginar, los gigantescos árboles se extendían inmensamente, el terreno escabroso debajo de su follaje tan carente de luz que sólo crecían helechos y hongos. Los habitantes, los iapudes, cazaban ciervos, osos, lobos, gatos monteses y toros, algunos para comer, otros para proteger sus patéticas aldeas. Sólo en unos pocos claros cultivaban la tierra para plantar mijo y escanda, la materia prima de un pan blanquecino. Las mujeres criaban unas pocas gallinas, pero la dieta era monótona y poco nutritiva. El comercio, que fluía a través de un único emporio, Nauportus, consistía en pieles de oso y otros animales, y oro extraído de ríos como el Corcoras y Colapis.