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Halló a Agripa en Avendo, que se había rendido al ver a las legiones y sus formidables equipos de asedio.

Avendo fue la última rendición pacífica; a medida que las legiones comenzaron a cruzar la cordillera Capella, los bosques resultaron tener una maleza de arbustos demasiado densos para cruzar sin abrir físicamente un sendero.

– No es de extrañar -le comentó Octavio a Agripa- que países mucho más alejados de Italia que Illyricum hayan sido pacificados mientras Illyricum permanece sin ser conquistado. Creo que incluso mi divino padre hubiese empalidecido en este terrible lugar. -Se estremeció-. También desfilamos (si se me permite utilizar la palabra con ironía) con algún riesgo de ataque. La maleza hace imposible reconocer el lugar de una emboscada delante de nosotros.

– Es verdad -asintió Agripa, que esperó ver qué sugería César.

– ¿Ayudaría si enviamos algunas cohortes a las cumbres de las montañas a cada lado de nuestro avance? Podrían tener la oportunidad de avistar a los atacantes cuando crucen un claro.

– Buena táctica, César -manifestó Agripa, complacido.

Octavio sonrió.

– No creías que las tuviese, ¿no?

– Nunca te he subestimado, César. Estás lleno de sorpresas.

El avance de las cohortes en las cumbres evitó varias emboscadas; Terpo cayó, delante estaba Metulum. Aquél era el mayor asentamiento en la zona, con una bien fortificada guarnición en lo alto de una grieta de sesenta metros. Las puertas estaban cerradas, y los habitantes, desafiantes.

– ¿Crees que la puedes tomar? -le preguntó Agripa a Octavio.

– No lo sé; en cambio, sé que tú podrás.

– No, porque no estaré aquí. Tauro tiene un dilema: ¿continuar marchando al este o virar al norte, hacia Panonia?

– Dado que Roma necesita pacificar tanto el este como el norte. Agripa, será mejor que vayas y tomes la decisión por él. Pero ¡te echaré de menos!

Octavio observó Metulum cuidadosamente, y decidió que su mejor línea de ataque era construir un montículo desde el fondo del valle que llegara hasta los muros de troncos, sesenta metros más arriba. Los legionarios cavaron alegremente, apilaron la tierra y las rocas hasta la altura especificada. Pero los metulanos, que habían capturado máquinas y aparatos de asedio de Aulo Gabinio años antes, se apresuraron a utilizar sus magníficas espadas y palas romanas para socavar el montículo; atravesado de túneles, se desmoronó. Octavio lo volvió a construir, pero esta vez no contra los acantilados de Metulum, sino apartado, protegido por todos los lados con gruesas tablas. A su lado se levantó un segundo montículo. Capaces de hacer lo que fuese, los ingeniosos legionarios comenzaron a construir una estructura de madera entre los acantilados de la fortaleza y los dos montículos romanos; cuando la plataforma alcanzara la altura de los muros, se podrían hacer dos puentes de tablas desde cada montículo hasta las paredes. Cada una de esas cuatro pasarelas era lo bastante ancha como para permitir que pasasen ocho soldados en fondo, que prestaría al asalto un gran e inmediato poder de ataque.

Agripa regresó a tiempo para presenciar el ataque a las murallas de Metulum, y observó los trabajos de asedio pensativamente.

– Avaricum a pequeña escala y, con mucho, más débil -opinó.

Octavio pareció destrozado.

– ¿Qué hice mal? ¿No es lo que se necesitaba? ¡Oh, Marco, no vayamos a desperdiciar vidas! ¡Si no está bien lo derribaremos, por favor! Tú pensarás en una manera mejor.

– No, no, está bien -lo tranquilizó Agripa-. Avaricum era una ciudad con murus Gallicus, y la plataforma de troncos de Divus Julius se tardó un mes en construir. Esto bastará para Metulum.

Para Octavio, de esta campaña dependía mucho, incluso por encima y más allá de su importancia política. Habían pasado ocho años desde Filipos, sin embargo, a pesar de la campaña contra Sexto Pompeyo, la gente todavía decía que era un cobarde, demasiado temeroso de enfrentarse a las tropas enemigas. El asma había desaparecido finalmente, y él creía poco probable su recurrencia en lugares como éste, húmedos y boscosos. Creía que el casamiento con Livia Drusilia lo había curado, porque recordaba que el médico egipcio de su divino padre, Hapd'efan'e, había dicho que una feliz vida doméstica era la mejor receta para una cura.

Aquí, en Illyricum, tenía que labrarse una nueva reputación; como un valiente soldado. No como general, sino como alguien que luchaba en las primeras filas con espada y escudo, de la misma manera que había hecho en muchas ocasiones su divino padre. De alguna manera tenía que encontrar la oportunidad de ser un soldado en la primera fila, pero hasta ahora no lo había conseguido. El hecho tenía que ser espontáneo y dramático, visible para aquellos que luchaban a su alrededor; algo verdaderamente notable, digno de ser relatado de legión a legión. Si esto ocurría, se vería libre de la mancha de Filipos. Podría mostrar las cicatrices del combate a todos.

Su oportunidad llegó cuando se puso en marcha el ataque a Metulum en la madrugada del día siguiente al regreso de Agripa. Desesperados por librarse de la presencia romana, los metulanos, sin ser descubiertos, habían perforado un túnel para salir de la ciudadela y emerger en la base de la plataforma en mitad de la noche. Serraron los postes de apoyo principal, pero no del todo; sería el peso de los legionarios, que avanzaban por las pasarelas, lo que provocaría el colapso.

Tres de los cuatro puentes se rompieron y cayeron, los soldados se desplomaron al fondo del valle por docenas. Por un feliz azar, Octavio estaba cerca del puente restante, y cuando sus tropas titubearon y comenzaron a retroceder, cogió un escudo, desenvainó la espada y corrió hasta la vanguardia, a medio camino.

– ¡Adelante, legionarios! -gritó-. ¡César esta aquí, podéis hacerlo!

Verlo obró maravillas; con grandes gritos de guerra a Marte Invicto, las tropas se reagruparon y, con Octavio a la cabeza, avanzaron por la pasarela. Casi lo consiguieron. Ya casi junto a la pared, el puente cedió con un tremendo estrépito; Octavio y los soldados que estaban detrás de él cayeron al valle.

«¡No puedo morir!», continuó repitiendo la mente de Octavio, pero seguía siendo una mente fría. Mientras caía de la estructura se asió al extremo de una viga rota, se sujetó lo suficiente para ver otra por debajo de él, y así fue bajando los sesenta metros en etapas. Notaba el brazo arrancado de la clavícula, sus manos y los antebrazos estaban cubiertos de astillas, y en algún lugar su rodilla derecha recibió un golpe tremendo, pero cuando llegó al suelo cubierto de hierba y acabó sepultado debajo de los maderos, aún estaba vivo.

Los hombres, frenéticos, deshicieron la pila, al tiempo que le gritaban a sus horrorizados compañeros que César estaba herido pero no muerto. Mientras lo sacaban, sujetándole la pierna derecha con toda la suavidad que pudieron, llegó Agripa, pálido.

Octavio miró al círculo de rostros a su alrededor, consumido de dolor, pero dispuesto a no ser un mariquita y mostrarlo.

– ¿Qué es esto? -preguntó-. ¿Qué estás haciendo aquí, Agripa? ¡Construye más puentes y toma de una vez esta maldita fortaleza!

Agripa, que sabía de las pesadillas de Octavio por la cobardía, sonrió.