– ¡Muy propio! -gritó con voz estentórea-. César está malherido, pero sus órdenes son tomar Metulum. ¡Venga, muchachos, comencemos de nuevo!
Para Octavio, la batalla se acabó en aquel momento; lo pusieron en una camilla y lo trasladaron hasta la tienda del cirujano, que estaba abarrotada de heridos, tantos que la llenaban y yacían alrededor de la misma.
Algunos estaban inmóviles, otros gemían, aullaban, gritaban. Cuando los camilleros se disponían a apartar a los heridos para que César recibiese atención inmediata, Octavio los detuvo.
– ¡No! -jadeó-. ¡Ponedme donde me corresponda! Esperaré hasta que los cirujanos consideren que mi herida es la siguiente en la lista.
Por mucho que lo intentaron, no pudieron convencerlo.
Alguien vendó fuertemente la herida para detener la hemorragia y se tendió a esperar su turno; los soldados intentaban tocarlo para tener buena suerte, otros, todavía con fuerzas, se arrastraban para coger su mano.
En contra de sus deseos, cuando le llegó su turno fue tratado por el cirujano jefe, Publio Cornelio, que se encargó de la rodilla en persona, mientras un ayudante se ocupaba de quitarle las astillas de las manos y los antebrazos.
Cuando le quitaron el vendaje, Cornelio gruñó:
– Una mala herida, César -manifestó al tiempo que la tocaba delicadamente-. Te has roto la rótula, que se ha destrozado en algunas zonas y ha atravesado la piel. Por fortuna, ninguna de las venas principales se ha perforado, pero hay mucha hemorragia lenta. Tendré que quitar los fragmentos; eso es algo doloroso.
– Tú quita, Cornelio -dijo Octavio con una sonrisa, consciente de que todos los demás ocupantes de la enorme tienda lo miraban y escuchaban-. Si grito, siéntate sobre mí.
De dónde sacó la fortaleza para soportar la hora siguiente, no lo sabía; mientras Cornelio trabajaba en la rodilla, él se mantuvo ocupado charlando con los otros heridos: bromeaba con ellos, como si su propio sufrimiento no fuese nada. De hecho, de no haber sido por el dolor, toda la experiencia era fascinante. «¿Cuántos comandantes habían venido alguna vez a la tienda del cirujano para ver por sí mismos lo que hacía la guerra? -se preguntó-. Lo que he visto hoy es una razón más por la que, cuando sea el indiscutido Primer Hombre de Roma, colocaré en Pelión la Osa para evitar la guerra por la guerra; la guerra para asegurar un triunfo después de una gobernación se ha acabado. Mis legiones cuidarán, no invadirán. Sólo lucharán cuando no haya otra alternativa. Estos hombres son valientes mucho más allá de la obligación que impone el deber, y no se merecen sufrir sin necesidad. Mi plan para tomar Metulum fue malo, no conté con que el enemigo tuviese la inteligencia necesaria para hacer lo que hizo. Eso me convierte en un tonto. Pero un tonto afortunado. Porque he sufrido una grave herida como consecuencia de mi error, los soldados no me acusarán de la equivocación.»
– Tendrás que dar la tarea por acabada y regresar a Roma -dijo Agripa después de la capitulación de Metulum.
Habían reconstruido las pasarelas sobre una estructura más sólida y colocado guardias para asegurarse de que los mineros metulanos no repitiesen su trabajo; el hecho de que César hubiese resultado gravemente herido animó a sus hombres a entrar en Metulum, que ardió hasta el suelo después de que sus habitantes se entregasen al pánico. Ni botín, ni cautivos para ser vendidos como esclavos.
– Me temo que tienes razón -alcanzó a decir Octavio; el dolor ahora era mucho peor que en el momento de recibir la herida. Tiró de las mantas, los ojos hundidos en las órbitas-. Tendrás que continuar sin mí, Agripa. -Se rió con amargura-. ¡Ninguna traba al éxito, lo sé! De hecho, lo harás mejor.
– No te culpes a ti mismo, César, por favor. -Agripa frunció el entrecejo-. Cornelio me dijo que la rodilla se ve inflamada, y me pidió que te convenza de que tomes un poco de jarabe de amapolas para aliviar el dolor.
– Quizá cuando esté fuera del distrito, pero hasta entonces no puedo. El jarabe de amapolas no está disponible para un humilde legionario, y algunos de ellos sufren mucho más que yo. -Octavio hizo una mueca, se movió en su catre-. Si debo reparar lo de Filipos, debo mantener las apariencias.
– Siempre y cuando eso signifique que sobrevivas, César.
– Oh, sobreviviré.
Fueron necesarios cinco nundinae para transportar a Octavio en una litera a Tergeste, y otros tres para llevarlo a Roma vía Ancona. Una infección hizo que atravesase los Apeninos delirante, pero el cirujano asistente que había viajado con él pinchó el absceso que se había formado y, para el momento en que fue llevado a su propia casa, se sentía mejor.
Livia Drusilia lo cubrió con lágrimas y besos, y luego le dijo que dormiría en otra parte hasta que él estuviese totalmente fuera de peligro.
– ¡No! -dijo con voz firme-. ¡No! Todo lo que me ha sostenido es el pensamiento de yacer junto a ti en nuestra cama.
Con tanto deleite como preocupación, Livia Drusilia consintió en compartir el lecho siempre y cuando se colocase un techo de caña curvada sobre la rodilla herida.
– Cecilio Antifanes sabrá cómo curarla -dijo ella.
– ¡Maldito Cecilio Antifanes! -gruñó Octavio con aspecto fiero-. Si he aprendido alguna cosa en esta campaña, querida mía, es que nuestros cirujanos militares son infinitamente mejores que cualquier médico griego en Roma. Publio Cornelio me cedió los servicios de Cayo Licinio, y Cayo Licinio continuará atendiéndome, ¿está claro?
– Sí, Cesar
Ya fuese por los cuidados de Cayo Licinio o porque Octavio, a los veintinueve años, estaba mucho más sano de lo que había estado a los veinte, una vez instalado en su propia cama, con Livia Drusilia a su lado, mejoró rápidamente. Cuando por primera vez se aventuró a salir y bajar al foro romano, lo hizo con dos bastones, pero dos nundinae más tarde se movía fácilmente con un solo bastón, que no tardó en descartar.
La gente lo aclamaba; nadie, ni siquiera los senadores más leales a Antonio, volvieron a hablar de Filipos. La rodilla (un lugar muy cómodo donde llevar una horrible cicatriz, como descubrió) podía ser desnudada para la inspección, y admitía exclamaciones y comentarios al ver que las vendas eran innecesarias. Incluso las cicatrices en sus manos y antebrazos eran impresionantes, porque algunas de las astillas habían sido enormes. Su heroísmo era manifiesto.
Junto con las noticias de su recuperación llegaron las nuevas de que había habido problemas en Siscia, que había tomado Agripa. Había dejado a Fufio Gemino al mando de una guarnición, pero los iapudes atacaron con fuerza. Octavio y Agripa marcharon en su ayuda, y se encontraron con que Fufio Gemino había conseguido contener el alzamiento sin ellos.
Por lo tanto, el día de Año Nuevo las ceremonias pudieron seguir adelante como estaban previstas; Octavio era el primer cónsul, y Agripa, aunque consular, asumió los deberes de edil curul.
De alguna manera, éste iba a ser el año de la mayor gloria de Agripa, porque había comenzado la enorme tarea del abastecimiento de agua y las cloacas de Roma. La reconstrucción del Aqua Marcia estaba terminada y el Aqua Julia trajo un aumento del suministro de agua al Quirinal y al Viminal, que hasta ahora habían dependido en gran medida de los pozos. Maravilloso, sí, pero insignificante con lo que Agripa había emprendido con las inmensas cloacas de Roma. Tres arroyos subterráneos habían hecho posible este sistema de túneles en arco; había tres salidas, una directamente debajo del Trigarium del Tíber, un punto donde el río era limpio y puro para la natación, otra en el puerto de Roma y el tercero, el más grande, donde fluía la Cloaca Máxima, a un lado del puente de Madera. Allí, la abertura (que una vez había sido la salida del río Spinon) era lo bastante grande como para permitir la entrada en la Cloaca Máxima en un bote de remos. Toda Roma se maravillaba de los viajes que Agripa hacía en su bote de remos para trazar los mapas del sistema y tomar nota de los lugares donde las paredes necesitaban refuerzos o reparaciones. No habría, prometió Agripa, más retrocesos de las cloacas cuando el padre Tíber se inundara. Es más, dijo aquel hombre sorprendente, mientras viviese no pretendía entregar la supervisión de las cloacas y el suministro de agua después de abandonar el cargo. Marco Agripa sería como un perro negro de guardia delante de los locales de la compañía de agua y de cloacas, que durante mucho tiempo habían tiranizado Roma. Sólo Octavio conseguía ser la mitad de popular entre la gente. Después de dominar la compañía de agua y de cloacas, Agripa expulsó a todos los magos, profetas, adivinos y charlatanes médicos de Roma. Quitó el polvo de las pesas y medidas y obligó a todos los vendedores de lo que fuese a que las utilizasen, y después se puso a trabajar con los contratistas de obras. Por un tiempo intentó mantener la altura máxima de todos los apartamentos de las ínsulas a treinta metros, pero eso, como no tardó en aprender, era una tarea que incluso superaba a Marco Agripa. Lo que podía hacer -e hizo- fue asegurarse de que las conexiones que salían de las tuberías de agua tuviesen el tamaño adecuado; ¡se acabaría el exceso de agua para los elegantes apartamentos del Palatino y Carinae!