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– Lo que me sorprende -le dijo Livia Drusilia a su marido-, es cómo Agripa hace todo esto y al mismo tiempo realiza su campaña en Illyricum. Hasta este año había creído que tú eras el más infatigable trabajador de Roma, pero pese a todo y lo mucho que te quiero, César, debo decir que Agripa hace más.

Octavio la abrazó y la besó en la frente.

– No me ofendo, meum mel, porque sé la causa. De tener Agripa una esposa tan encantadora como tú en casa no necesitaría trabajar tanto. Lo que hace es buscar cualquier excusa para no estar con Ática.

– Tienes razón -admitió ella con una expresión triste-. ¿Qué podemos hacer?

– Nada.

– El divorcio es la única respuesta.

– Eso tiene que decidirlo él por sí mismo.

Luego, el mundo de Livia Drusilia se puso patas arriba de una manera que ni ella ni Octavio habían esperado. Tiberio Claudio Nerón, que sólo tenía cincuenta años, murió tan repentinamente que fue su mayordomo quien descubrió el cuerpo, todavía inclinado sobre su mesa. El testamento, que Octavio abrió, lo dejaba todo en manos de su hijo mayor. Tiberio, pero no decía qué quería que se hiciese con sus hijos. El joven Tiberio tenía ocho años; su hermano, Druso, nacido después de que su madre se casase con Octavio, sólo tenía cinco.

– Creo, querida, que tendremos que adoptarlos -le dijo Octavio a una asombrada Livia Drusilia.

– ¡César, no! -exclamó ella-. ¡Los han criado para que te odien! Sé que tampoco yo les gusto. ¡Nunca los he visto! ¡Oh, no, por favor, no me hagas esto! ¡No te hagas esto a ti mismo!

Bueno, él nunca se había hecho ilusiones con Livia Drusilia; a pesar de sus protestas en contrario, ella no era maternal. Sus hijos bien podían no haber existido, pensaba en ellos muy poco, y cuando alguien le preguntaba con qué frecuencia los visitaba, ella sacaba la prohibición de Nerón; no era deseada. Había ocasiones en las que él se preguntaba cuánto se esforzaba ella por quedar embarazada, pero su esterilidad no era un pesar para él. ¡Cuan afortunado era! Los dioses le habían dado los hijos de Livia Drusilia. Si la pequeña Julia no tenía hijos, él aún tendría herederos con su nombre.

– Lo haremos -dijo con una voz que informó a su mujer que no cambiaría de opinión-. Los pobres chicos no tienen a nadie salvo, oh, me atrevería a decir que unos primos en el grado más remoto. Los Claudio Nerón y los Livio Druso no son familias afortunadas. Tú eres la madre de estos niños. La gente esperará que los acojamos. -No quiero, César.

– Lo sé. Sin embargo, ya se está en marcha. He enviado a buscarlos y llegarán aquí en cualquier momento. Burgundino está preparando los alojamientos adecuados para ellos: un salón, dos cubículos dormitorios, un aula y un jardín privado.

– Creo que la suite era para el joven Hortensio. Mañana iré personalmente a contratar a un pedagogo para ellos, mientras Burgundino irá hasta la casa de Nerón a recoger sus cosas. Estoy seguro de que habrá juguetes que no querrán perder, como también prendas y libros. No obstante, no aceptaré a su actual pedagogo, incluso si le tienen un gran aprecio. Pretendo acabar con su desagrado hacia nosotros, y eso es mejor hacerlo bajo los auspicios de extraños.

– ¿Por qué no los puedes enviar con Scribonia y la pequeña Julia?

– Porque ésa es una casa de mujeres, una especie a la que no están acostumbrados. Nerón no tenía ni una sola mujer en su casa, ni siquiera una lavandera -dijo Octavio. Fue a besarla, pero ella apartó la cara-. No seas tonta, cariño, por favor. Acepta tu destino con toda la gracia que le corresponde a la esposa de César.

Su mente corría para adelantarse a la de Octavio. ¡Qué extraordinario que él pusiese su corazón en sus hijos! Por qué lo había hecho, eso era patente. Así que, por amarlo y comprender que su futuro dependía de él, se encogió de hombros, sonrió y lo besó.

– Supongo que no necesitaré verlos mucho -dijo.

– Todo lo mucho y lo poco que se le supone a una buena madre romana. Cuando esté fuera de Roma, espero que tú tomes mi lugar con ellos.

Los chicos llegaron tensos y sin lágrimas, sin los ojos hinchados que podrían sugerir que ya se les habían agotado las lágrimas. Ninguno de los dos recordaba a su madre, ninguno de ellos había visto a su padrastro, ni en el foro; Nerón los había encerrado en casa bajo una estricta supervisión.

Tiberio tenía el pelo y los ojos negros, la piel de aceituna y unas facciones muy regulares; era alto para su edad, pero terriblemente delgado. «Como si no hiciese bastante ejercicio», pensó Octavio. Druso era adorable; que llegase al corazón de Octavio fue por su parecido con su madre, aunque sus ojos eran más azules; tenía un aluvión de rizos negros, una boca de labios gruesos y los pómulos prominentes; como Tiberio, era alto y delgado. ¿Acaso Nerón nunca había dejado correr a sus hijos para que pusiesen algo de músculo sobre sus huesos?

– Siento mucho la muerte de vuestro tata -dijo Octavio sin sonreír, en un esfuerzo por parecer sincero.

– Yo no -dijo Tiberio.

– Yo tampoco -dijo Druso.

– Aquí está vuestra madre, chicos -dijo Octavio, perdido.

Ambos se inclinaron, los ojos ocupados en mirarlo todo.

Para Tiberio, aquel hombre y aquella mujer parecían amistosos y relajados, en absoluto lo que se había imaginado después de tantos años de escuchar a su padre hablar de ellos con tanto odio. De haber sido Nerón amable y abierto, sus sentimientos hubiesen calado en el chico mayor; en cambio, eran irreales. Dolorido por una salvaje paliza, ocultando sus lágrimas y sus sentimientos de injusticia, Tiberio había deseado la liberación de su atroz padre, un hombre que bebía demasiado vino y había olvidado que alguna vez había sido niño. Ahora había llegado la liberación, aunque en las pocas horas transcurridas desde que fuera descubierto el cuerpo de Nerón, Tiberio pensó que pasaría de las brasas al fuego. En cambio, descubrió que Octavio era especialmente agradable, quizá por su extraña justicia, por sus enormes y tranquilos ojos grises.

– Tendrás tus propias habitaciones -comentó Octavio con una sonrisa- y un fantástico jardín donde jugar. Tendrás que estudiar, por supuesto, pero quiero que tengas mucho tiempo para corretear. Cuando seas mayor, te llevaré conmigo de viaje; es importante que veas mundo. ¿Te gustará?

– Sí -respondió Tiberio.

– Tu rostro es duro -dijo Livia Drusilia, que lo acercó a ella-. ¿Sonríes alguna vez, Tiberio?

– No -contestó él, que se percató de que su perfume era exquisito y su redondez tremendamente consoladora. Apoyó la cabeza entre sus pechos y cerró los ojos para sentirla mejor y hundirse en aquel perfume a flores.