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Tiempo para Druso, que miraba a Octavio como si fuese una estatua de oro refulgente. Octavio se puso en cuclillas para estar a su nivel y le acarició la mejilla, suspiró y apartó las lágrimas.

– Mi querido pequeño Druso -dijo, y se dejó caer de rodillas para abrazar al niño-. ¡Serás feliz con nosotros!

– Es mi turno, César -dijo Livia Drusilia, que no soltó a Tiberio-. Ven, Druso, deja que te abrace.

Pero Druso, aferrado a Octavio en busca de consuelo, se negó a ir.

Durante la cena, los asombrados y mucho más tranquilos nuevos padres descubrieron algunas de las razones por las que los chicos habían sobrevivido a Nerón sin imbuirse de su odio. Las revelaciones eran inocentes pero, sin embargo, asombrosas; habían tenido una infancia fría e impersonal y una escasa falta de atención. Su pedagogo estaba considerado el más barato en los libros de Stichus, por esa razón ninguno de los chicos sabía leer o escribir bien. Aunque no les pegaba, había recibido la orden de informar de sus ofensas a su padre, que obtenía un gran placer empuñando el látigo. Cuanto más borracho estaba, peor era la paliza. No tenían apenas juguetes, lo que provocó el desconsuelo de Octavio. Él había estado siempre rodeado de juguetes facilitados por su mimosa mamá; lo mejor de la casa de Filipo era para él.

Hombre frío y desapasionado y al que muchos llamaban frío como el hielo, Octavio, sin embargo, tenía un lado blando que salía a la luz cada vez que estaba con niños. No pasaba un día cuando estaba en Roma que no dispusiese de unos pocos momentos para ver a la pequeña Julia, una encantadora niña que ahora tenía seis años. Si bien no había añorado tener hijos hacerlo hubiese sido poco romano-, siempre había anhelado la compañía de los niños, una característica que compartía con su hermana, cuyo cuarto de los niños era visitado por el tío César, que era divertido, alegre, siempre con ideas para nuevos juegos. Ahora, al ver a sus hijastros durante la cena, podría decirse de nuevo lo afortunado que era. Era obvio que Tiberio pertenecería a Livia Drusilia, que parecía haber perdido todo su malestar por su primer hijo. ¡Ah, pero el querido pequeño Druso! «Tendremos uno cada uno», pensó Octavio, que se sentía tan feliz que creyó que podía estallar. Incluso la cena fue una maravilla para los famélicos niños, que comieron sin darse cuenta de que revelaban que Nerón había racionado tanto la calidad como la cantidad de la comida que les servía. Fue Livia Drusilia quien les advirtió que no se empacharan y Octavio quien los animó a probar un poco de esto, un poco de lo otro. Por fortuna, los párpados se cerraron antes de que llegasen los postres; Octavio llevó a Druso y Burgundino a Tiberio a sus dormitorios, los acomodaron y abrigaron en sus colchones; el invierno todavía hacía sentir su rigor.

– ¿Cómo te sientes ahora, esposa? -le preguntó Octavio a Livia Drusilia mientras se preparaban para irse a la cama.

– Mucho mejor; ¡oh, sí, mucho mejor! -Ella le apretó la mano-. Me avergüenzo de no haber intentado visitarlos más, pero nunca esperé que el odio de Nerón hacia nosotros perjudicase a sus hijos. ¡Qué mal los trató! ¡César, son patricios! Tenía todas las oportunidades para convertirlos en nuestros implacables enemigos, ¿y qué hizo? Los azotó hasta conseguir que lo odiasen. No se preocupó por su bienestar; los mató de hambre, no les hizo caso. Me alegro mucho de que esté muerto y de que podamos cuidar de nuestros chicos adecuadamente.

– Mañana tendré que dirigir su funeral.

Ella le puso una mano sobre su pecho.

– ¡Oh, lo había olvidado! ¿Supongo que Tiberio y Druso tendrán que ir?

– Me temo que sí. Daré la elegía desde la rostra.

– ¿Me pregunto si Octavia tendrá alguna toga negra de niño?

Octavio se rió.

– Está obligada. Enviaré a Burgundino para que pregunte, en cualquier caso. Si ella no tiene un par guardadas, tendrá que comprarlas en el Porticus Margaritaria.

Se acurrucó contra él y le besó la mejilla.

– ¡Debes tener la suerte de Julio, César! ¿Quién hubiese imaginado que nuestros chicos madurarían para que nosotros los cogiésemos? Hoy hemos ganado dos importantes aliados para nuestra causa.

El día después del funeral Octavio llevó a los chicos a conocer a sus primos. Octavia, que había estado en el funeral, estaba ansiosa por darles la bienvenida al seno familiar.

Casi a punto de cumplir los dieciséis y de alcanzar la adultez oficial, Cayo Scribonio Curio debía abandonar las habitaciones infantiles y convertirse en contubernalis. Era un joven pelirrojo y pecoso que quería ser cadete de Marco Antonio, pero éste lo había rechazado. Así que iría con Agripa. El mayor de los dos hijos de Antonio con Fulvia, Antillo, tenía once años y se moría por hacer la carrera militar. El otro hijo, Julio, tenía ocho. Eran unos chicos apuestos: Antillo, con los cabellos rojizos de su padre; Julio, más como el marrón hielo de su madre. Sólo en una casa como la de Octavia podían haberse criado tan bien, porque ambos chicos eran impetuosos, aventureros y belicosos. La mano amable pero firme de Octavia los había mantenido, como dijo ella con un tono risueño, como «miembros de la gens humana».

Su propia hija, Marcela, tenía trece años, ya menstruaba y prometía ser una gran belleza. Morena como su padre, tenía su propia naturaleza: coqueta, altiva e imperiosa. Marcelo tenía once y era otro apuesto niño moreno. Él y Antillo, de su misma edad, no se podían ver el uno al otro, y estaban todo el día como el perro y el gato; nada de lo que inventó Octavia consiguió que se hiciesen amigos, así que, cada vez que el tío César estaba en la ciudad, se le llamaba para que administrara golpes en la palma con una palmeta. En privado, Octavio consideraba a Marcelo como el más agradable de los dos, porque tenía un temperamento tranquilo y una mente más clara que Antillo. Cellina, la hija menor de Octavia con Marcelo Menor, tenía ocho años, los cabellos rubios, los ojos azules y era muy bonita. Había un fuerte parecido entre ella y la pequeña Julia, que era una visitante habitual del cuarto de los niños, porque Octavia y Scribonia eran buenas amigas. Antonia, que tenía cinco años, tema los cabellos rubios y los ojos verdes; no era ninguna belleza porque había heredado la nariz y la barbilla de Antonio. Su naturaleza se había vuelto orgullosa y distante, y consideraba su compromiso con el hijo de Ahenobarbo, Lucio, por debajo de su posición. A menudo se la escuchaba quejarse: «¿Es que no había alguien mejor?» La más joven de todas, Tonilla, tenía los cabellos cobrizos y los ojos ámbar, aunque afortunadamente sus facciones eran de gens Julia más que de gens Antonia. En carácter, era decidida, inteligente y brava.

Julio y Cellina tenían más o menos la edad de Tiberio, mientras que Antonia y Druso cumplirían en poco tiempo seis años.

No importaban las intrigas y disputas que tenían lugar cuando aquella carnada estaba en presencia de Octavia, todos eran educados y alegres. Era evidente que a Druso le gustaba Tonilla mucho más de lo que le gustaba la siempre quejosa Antonia; procedió a tomarla bajo su protección y la hizo su esclava. Las cosas resultaron más difíciles para Tiberio, ya que resultó ser un chico tímido, inseguro de sí mismo e incapaz de conversar. La más bondadosa de las Marcela, Cellina, se hizo amiga de él inmediatamente, al intuir sus inseguridades, mientras que Julio, al descubrir que Tiberio no sabía nada de montar, batirse con una espada de madera o de la historia de las guerras de Roma, lo miraba con visible desprecio.

– ¿Creéis que disfrutaréis con la visita a la tía Octavia? -preguntó Octavio mientras llevaba a los niños a casa por el foro, donde fue saludado desde todos los lados y detenido cada pocos pasos por alguien ansioso por obtener un favor o comunicar un rumor político.