Octavio frunció el entrecejo.
– ¿Alejandría? ¿Qué estabas haciendo allí?
– Intentaba cobrar el porcentaje que me correspondía del botín armenio a Antonio y a aquella monstruosa cerda, Cleopatra. -Se encogió de hombros-. No tuve éxito. Ni tampoco nadie más.
– La última noticia que tengo -manifestó Octavio, y se sentó en su silla- es que Antonio estaba ocupado en recorrer el sur de Siria, región que no entregó a Cleopatra.
– Mentira -señaló Gallo con una expresión agria-. Estoy seguro de que nadie en Roma sabe todavía que Antonio se llevó hasta el último sestercio del botín armenio a Alejandría, donde celebró un desfile triunfal para deleite de los ciudadanos de Alejandría, con su reina sentada muy alta en un estrado de oro en el cruce de las avenidas Real y Canópica. -Respiró, bebió en abundancia-. Después del triunfo dedicó todo a Serapis: su parte, la de los legados, la de las legiones y la del tesoro. Cleopatra se negó a pagar al ejército, aunque Antonio consiguió convencerla de que las tropas debían ser pagadas, y pronto. Los hombres como yo que éramos de baja condición ni siquiera fuimos invitados a los espectáculos públicos.
– ¡Dioses! -dijo Octavio débilmente, sacudido hasta la médula-. ¿Ha tenido la temeridad de dar aquello que no es suyo?
– Oh, sí. Estoy seguro de que al final todo el ejército cobrará, pero no el tesoro. Me quedé en Alejandría después del triunfo, pero después de que Antonio hiciese aquello que Delio llamó las Donaciones sentí tanta nostalgia de Roma que tuve que venir, sin recompensa alguna.
– ¿Donaciones?
– ¡Oh, una maravillosa ceremonia en el nuevo gimnasio! Actuando con su autoridad como representante de Roma, Antonio proclamó públicamente a Ptolomeo César y gobernante del mundo. Cleopatra fue nombrada reina de reyes, y sus tres hijos con Antonio recibieron la mayor parte de África, el reino parto, Anatolia, Tracia, Grecia, Macedonia y todas las islas en el lado oriental del Mare Nostrum. Sorprendente, ¿verdad?
Octavio se quedó boquiabierto, los ojos como platos.
– ¡Increíble!
– Quizá, pero del todo real. ¡Es un hecho, César, un hecho!
– ¿Antonio le ofreció a sus legados alguna explicación?
– Sí, una muy curiosa. Lo que Delio sabe está más allá de mí; él disfruta de una posición especial. Al resto de nosotros (todos, legados menores) se nos dijo que había prometido el botín a Cleopatra, que su honor estaba involucrado.
– ¿Y el honor de Roma?
– No se encuentra por ninguna parte.
Durante el transcurso de la siguiente hora, Octavio escuchó todo el relato de Cayo, en el meticuloso detalle de alguien que veía su mundo como hacía el poeta. El nivel de la garrafa de vino bajó, pero a Octavio no le importó eso ni la gran suma que le pagaría a Gallo por recibir esa información antes que cualquier otro en Roma. ¡Un fabuloso tesoro! El invierno, aquel año, había llegado antes y había durado mucho; no era de extrañar que hubiese pasado tanto tiempo. El triunfo y las Donaciones habían sido en diciembre, y ahora era abril. Sin embargo, advirtió Gallo, tenía razones para creer que Delio le había escrito a Poplicola con todas esas nuevas por lo menos dos meses atrás.
Finalmente, todo lo que quedaba por explicar era una última curiosidad.
Octavio se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, la barbilla en las manos.
– ¿Ptolomeo César fue proclamado por encima de su madre?
– Cesarión, lo llaman. Sí, lo fue.
– ¿Porqué?
– ¡Oh, la mujer lo mima! Si hablamos comparativamente, sus hijos con Antonio no importan. Todo es para Cesarión.
– ¿Es él el hijo de mi divino padre, Gallo?
– Sin duda -afirmó Gallo-. La imagen de Divus Julius en todos los sentidos. No soy lo bastante viejo como para haber conocido a Divus Julius en su juventud, pero Cesarión tiene el aspecto que me imagino que debió de tener Divus Julius a su misma edad.
– ¿Que es?
– Trece. Tendrá catorce en julio.
Octavio se relajó.
– Entonces todavía es un niño.
– ¡Oh, no, todo lo contrario! Ya está bien avanzado en la pubertad, César, tiene una voz profunda, el aire de un hombre crecido. Tengo entendido que su intelecto es tan profundo como precoz. Él y su madre tienen algunas espectaculares diferencias de opinión, según Delio.
– ¡Ahí -Octavio se levantó, le extendió el brazo a Gallo y le estrechó la mano firme y cálidamente-. Ni siquiera puedo empezar a agradecerte lo mucho que te debo por tu celo, así que dejaré algo más tangible que hable por mí. Ve al banco de Oppio el próximo nundinum y te encontrarás un bonito presente. Es más, ahora que soy el custodio de las propiedades de mi hijastro, te puedo ofrecer la casa de Nerón durante los próximos diez años a un precio ridículo.
– ¿Qué hay del servicio en Illyricum? -preguntó el poeta guerrero, ansioso.
– Por supuesto. No tanto en forma de botín, sino por una muy buena pelea.
La puerta se cerró detrás de un Cayo Cornelio Gallo que flotaba varios centímetros por encima de los adoquines mientras se dirigía a la casa de Virgilio. Octavio se quedó en mitad de su sala de negociaciones, ocupado en clasificar la mina de información en una secuencia que le permitiese evaluarla correctamente. Que Antonio hubiese hecho algo tan estúpido le asombraba, siempre sería para él la parte más intrigante de todo el asunto, pues sospechaba que nunca sabría el porqué. ¿Una promesa? Eso no tenía sentido. Como nunca se había creído su propia propaganda, Octavio se encontró a sí mismo casi inseguro de lo que hacer. Casi. Quizá la arpía había drogado a Antonio, aunque hasta ese momento Octavio había sido escéptico en cuanto a las pócimas capaces de superar las exigencias más básicas de la existencia. ¿Qué era más básico para un romano que Roma? Antonio había vaciado el botín de Roma en la falda de Cleopatra, al parecer, sin siquiera considerar si ella podría ser convencida o no de que pagase a su ejército los porcentajes debidos del botín. ¿Se había puesto de rodillas para suplicar antes que ella consintiese pagar al menos a los soldados rasos? «¡Oh, Antonio, Antonio! ¿Cómo has podido? ¿Qué dirá mi hermana? ¡Qué insulto!»
Sin embargo, había una cosa más importante que todo el resto junto: Ptolomeo César. Cesarión. De alguna manera, Cleopatra había hecho bien al mimar a su hijo mayor. El hecho de que el muchacho fuese la imagen de su padre, incluso hasta en el temprano florecer y en la inteligencia, era una sorpresa. Catorce años de edad en unos meses, sólo a cinco años de la audacia de César, de la inteligencia de César. Nadie sabía mejor que Octavio lo que la sangre Julia podía hacer; él mismo había buscado el poder a los dieciocho, después de todo, ¡v lo había conseguido! Aquel muchacho tenía muchas otras ventajas; estaba habituado al poder, tenía la fuerza de voluntad suficiente para enfrentarse a su madre, sin duda, tan fluido en latín como lo era ella y, por lo tanto, capaz de engañar a Roma y de hacerle creer que era un verdadero romano.
Para el momento en que Octavio abrió la puerta del estudio y fue a buscar a Livia Drusilia, sus prioridades estaban clasificadas. Ella, como siempre, fue directamente al grano.
– ¡Hagas lo que hagas, César, no puedes permitir que Italia o Roma pongan sus ojos en este chico! -exclamó, los puños apretados-. Él anuncia la ruina.
– Estoy de acuerdo, pero ¿cómo lo impido?
– De la manera que puedas. Lo primero y principal es mantener a Antonio en el este hasta que tu supremacía en Roma sea indiscutible. Porque si él viene, traerá a Cesarión con él. Es su jugada lógica. Si la madre es tan devota del chico, no pondrá objeciones a quedarse en Egipto. Su hijo es el Rey de Reyes. ¡Todos los senadores partidarios de Antonio así como el resto, se caerán de espaldas cuando vean la sangre de Divus Julius en su hijo! El hecho de que sea un mestizo y ni siquiera un ciudadano romano no los detendrá, tú lo sabes tan bien como yo. ¡Por lo tanto, debes mantener a Antonio en el este a cualquier precio!