– Bueno, el triunfo alejandrino y las Donaciones son un punto de partida. Soy muy afortunado de tener un testigo impecable en Cornelio Gallo.
– Pero ¿se quedará a tu lado? -Ella parecía preocupada-. Te abandonó por Antonio hace dos años atrás.
– Resultado de la ambición y la penuria. Ha vuelto escandalizado, y le he pagado bien. Él puede encargarse de la casa de Nerón, otro requisito. Yo creo que sabe dónde está el mejor pan.
– Convocarás al Senado, por supuesto.
– Por supuesto.
– ¿Mandarás a Mecenas y a tus agentes a que le digan a toda Italia lo que ha hecho Antonio?
– Eso no hace falta decirlo. Mi molino de rumores molerá a la reina Cleopatra hasta hacerla polvo.
– ¿Qué hay del muchacho? ¿Hay alguna manera de que podamos desacreditarlo?
– Oppio hace viajes a Alejandría. Que Cleopatra rehúsa verlo no es algo muy conocido. Le diré a Oppio que escriba un panfleto de Cesarión donde diga que no se parece en absoluto a mi divino padre.
– También que es, en realidad, hijo de un esclavo egipcio.
Octavio se rió.
– Quizá debería dejarte a ti que lo escribas.
– Lo haría de haber estado alguna vez en Alejandría. -Sujetó el brazo de Octavio con las dos manos y lo sacudió-. Oh, César, nunca hemos estado en mayor peligro.
– No preocupes a tu preciosa cabeza, amor mío. ¡Soy el hijo de Divus Julius! No habrá ningún otro.
Las noticias del triunfo y las Donaciones sacudieron Roma; muy pocos le dieron crédito al principio, pero, poco a poco, otros como Cornelio Gallo regresaron en persona o escribieron cartas demoradas mucho tiempo por los mares invernales. Trescientos de los senadores de Antonio dejaron sus filas para sentarse como neutrales mientras las invectivas y las acusaciones cruzaban el suelo de la sala. También los senadores-empresarios desertaron en masa. Pero no era suficiente.
De haber hecho Octavio a Antonio el blanco de su campaña podría haber conseguido una mayor victoria, pero era demasiado astuto. Era a la reina Cleopatra a quien lanzaba sus dardos, porque había visto el camino claro: si estallaba la guerra, como parecía inevitable, no sería una guerra contra Marco Antonio, sería una guerra contra Egipto, un enemigo extranjero. A menudo había añorado a alguien como Cleopatra para aplastar a Antonio sin parecer que Antonio fuese su verdadero objetivo. Ahora, al aceptar el botín de Roma y forzar a Antonio para que la coronase a ella y a sus hijos como gobernadores del mundo, Cleopatra aparecía como la enemiga de Roma.
– Pero no es suficiente -le dijo, desconsolado, a Agripa.
– Creo que éste es el primer deslizamiento de piedras en lo que acabará siendo un alud que derribará todo el este -lo consoló Agripa-. Ten paciencia, César. Lo conseguirás.
Gneo Domitio Ahenobarbo y Cayo Sosio llegaron a Roma en junio; ambos serían cónsules al año siguiente, algo parecido a un éxito para Antonio, ya que eran partidarios suyos. Aunque todos sabían que las elecciones estaban amañadas, ambos hombres causaron gran impresión con sus togas blanqueadas especialmente mientras caminaban para pedir votos.
La primera tarea de Ahenobarbo fue leer una carta de Marco Antonio al Senado que hizo con las puertas de la sala abiertas de par en par; era vital que el mayor número posible de visitantes del foro pudiesen escuchar lo que Antonio tenía que decir.
Teniendo en cuenta al autor, la carta era muy larga, cosa que llevó a Octavio (y a algunos a los que Antonio no les caía bien) a creer que su autor había tenido ayuda al redactarla. Naturalmente, tuvo que ser escuchada entera, cosa que significó un montón de ronquidos. Dado que él también había roncado en el pasado, Ahenobarbo era muy consciente de esa tendencia y sabía cómo tratarla. Había leído la carta muchas veces y señalado los pasajes que debían ser escuchados por los hombres bien despiertos. Por lo tanto, leía con voz monótona cuando el contenido carecía de importancia (una gran falta de aquella carta) o contenía términos tautológicos, mientras que en las partes importantes daba berridos que hacían sobresaltar y sacudir a los senadores, y continuaba así hasta el fin de esas partes, gritando con una voz famosa por su volumen. Luego volvía al tono monótono y todos podían disfrutar de una bonita siesta. Tanto los partidarios de Antonio como los de Octavio estaban tan agradecidos por esa técnica, que Ahenobarbo se ganó un montón de amigos.
Octavio estaba sentado en su silla curul de marfil delante de la tarima de los magistrados curules e intentaba con todas sus fuerzas mantenerse despierto. No obstante, ya que todos los senadores dormían, él se sentía moralmente respaldado para poder dormir también. El edificio estaba poco ventilado, a menos que un fuerte viento soplase entre las aberturas del triforio, algo que aquel día no sucedió, ya que era principios de verano. Sin embargo, para él era más fácil mantenerse despierto; tenía mucho en que pensar, y el fondo de suaves ronquidos no era un impedimento. Para él, el principio de la que sería la famosa carta era la parte más interesante.
– El este -decía Antonio (¿o Cleopatra?)-es fundamentalmente ajeno al mos maiorum romano, por lo tanto, no puede ser comprendido por los romanos. Nuestra civilización es la más avanzada del mundo; elegimos libremente a los magistrados que nos gobiernan, y para asegurarnos de que ningún magistrado comience a creerse indispensable, su duración en el cargo está limitada a un año. Sólo en tiempos de grandes peligros internos acudimos a prolongar un gobierno más dictatorial, como es este momento, cuando tenemos tres (perdón, dos, senadores, dos) triunviros para supervisar las actividades de los cónsules, pretores, ediles y cuestores, si no los tribunos déla plebe.
Vivimos bajo el imperio de la ley, cuyo proceso es fórmale imparcial…
Sonaron unas risas en las gradas; Ahenobarbo esperó a que se acabasen los ruidos, y luego continuó como si no hubiese sido interrumpido.
– … y claro en sus penas. No mandamos a la cárcel por cualquier crimen. Los delitos menores son resueltos con una multa, los mayores, incluida hasta la traición, con la confiscación de la propiedad y el exilio a una distancia determinada de Roma.
Ahenobarbo describió meticulosamente el sistema penal, las clases de ciudadano, las clases de gobierno romano en las ramas del ejecutivo y el legislativo, y el lugar de las mujeres en el orden romano de las cosas.
«Senadores, acabo de detallar el mos maiorum y, en efecto, la manera cómo un romano ve el mundo. Imaginaos entonces, si podéis, a un gobernador romano con imperium proconsular que se presenta en alguna provincia oriental como Cilicia, Siria o Pontus. Cree que su provincia piensa como los romanos, y cuando dispensa justicia o redacta edictos piensa en romano.
«Pero -rugió Ahenobarbo- Oriente no es romano, no piensa en romano. Por ejemplo, en ninguna parte sino en Roma los pobres son alimentados a expensas del Estado. Los pobres del este son considerados como una molestia, y se les deja morir de hambre si no pueden permitirse comprar pan. Los hombres y las mujeres están encerrados en terribles mazmorras, algunas veces por ofensas que un romano consideraría dignas de una nimia multa. Aquellos en la autoridad hacen lo que les place, porque las leyes son pocas, y cuando se presentan, a menudo resultan ser que se aplican de una manera diferente, según la posición económica o social del acusado…
– ¡Lo mismo es en Roma! -gritó Mesalla Corvino-. Marco Caco de la Subura pagará un talento en multas por vestir como una mujer y buscar clientes delante de Venus Erucina, mientras Lucio Cornelio Patricio sale indemne en más de una ocasión.